Los sonidos de la noche anterior no la habían dejado dormir bien. Cada crujido de la casa, cada gemido de la madera vieja, la hacía pensar en ese cuarto cerrado y en lo que podría estar escondido detrás de esa puerta. Preparó café en la estufa de leña y salió al pórtico a beberlo mientras los niños todavía dormían. El terreno se veía diferente bajo la luz grisácea de la mañana, más salvaje, más abandonado. Los árboles que rodeaban la propiedad eran enormes y retorcidos, con ramas que se extendían como dedos artríticos hacia el cielo.
La maleza llegaba hasta las ventanas de la casa. En la distancia podía ver el camino de terracería que conectaba la propiedad con la carretera principal. Estaba tomando el último sorbo de café cuando vio el coche, el mismo Mercedes negro que las había seguido al despacho del notario. Se detuvo en el camino a unos 50 m de la casa, pero no apagó el motor. Los vidrios polarizados hacían imposible ver quién estaba adentro, pero Isabela sabía con certeza absoluta que era Rodrigo Mendoza.
El coche permaneció ahí durante 5 minutos eternos, solo observando, solo esperando. Luego, tan silenciosamente como había llegado, dio la vuelta y se alejó levantando una nube de polvo rojizo. Isabela sintió un nudo de miedo en el estómago. Ese hombre no se iba a rendir y ella estaba sola aquí con seis niños en una casa que apenas se sostenía en pie. Cuando los niños despertaron, Isabela los mantuvo ocupados con tareas de limpieza y arreglos menores. Emiliano ayudó a reparar una ventana rota usando cartón y cinta adhesiva.
Los gemelos sacaron más maleza del jardín. Lucía y Carmen barrieron el pórtico. Incluso pequeño Gael ayudaba recogiendo ramitas y poniéndolas en un balde. Pero la mente de Isabela estaba en otra parte. Estaba en ese cuarto cerrado, en el candado oxidado, en la inscripción tallada en el marco, en los sonidos que había escuchado durante la noche. Lo que proteges con tu vida te protegerá a ti. ¿Qué significaba eso? ¿Qué había allí dentro que necesitaba protección o que podía protegerla a ella?
Cerca del mediodía, cuando la lluvia finalmente comenzó a caer, llegó una visita inesperada. Una camioneta blanca se detuvo frente a la casa y de ella bajó doña Estela, vestida con ropa simple pero elegante, cargando una canasta grande cubierta con una manta. “Vine a ver cómo están instalados”, dijo la millonaria mientras subía al pórtico, esquivando las tablas más torcidas y a traerles algunas cosas. La canasta contenía comida, pan recién horneado, queso, jamón, frutas, leche y hasta un pollo asado completo.
Los niños se amontonaron alrededor con los ojos brillantes de emoción. Isabela sintió que las lágrimas amenazaban con desbordarse. “Señora, no tenía que sí tenía que, interrumpió doña Estela con firmeza. Y no me llames, señora. Llámame Estela. Ya no trabajas para mí. Ahora eres una amiga. La palabra quedó suspendida en el aire, extraña y nueva para ambas, pero también verdadera. Doña Estela entró a la casa y la recorrió con ojo crítico. Cuando llegó al pasillo que conducía a la puerta cerrada, se detuvo.
Su rostro se puso serio. “¿Ya intentaste abrirla?”, preguntó sin apartar la mirada de la puerta. No tengo la llave y el candado está muy viejo. Necesitaría herramientas para romperlo. Doña Estela metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una llave pequeña oscurecida por el tiempo. La sostuvo frente a Isabela como si estuviera entregando algo sagrado. Esta es la llave, dijo con voz suave. Pero antes de que abras esa puerta, necesito explicarte algunas cosas. Podemos hablar a solas.
Isabela le pidió a Emiliano que cuidara de sus hermanos y siguió a doña Estela al pórtico. Se sentaron en las escaleras torcidas mientras la lluvia caía con fuerza, creando un manto de privacidad a su alrededor. Doña Estela respiró hondo antes de hablar. Mi abuelo, Cornelio Mendoza, construyó esta casa hace más de 90 años. Era un hombre muy rico, pero también muy cauteloso. No confiaba en los bancos, no confiaba en nadie en realidad. Así que decidió guardar su fortuna de una manera particular.
Isabela escuchaba en silencio, con el corazón latiendo más rápido. Durante años, mi abuelo fue acumulando objetos de valor, arte colonial, esculturas religiosas antiguas, joyas de la época de la revolución, monedas de plata de las minas de Zacatecas, documentos históricos, libros raros, cosas que hoy valen fortunas. lo guardaba todo en ese cuarto y el peso de tantos objetos después de décadas fue lo que hizo que la casa se inclinara de esa forma. Isabela sintió que el mundo se detenía a su alrededor.
El sonido de la lluvia se volvió distante. Su voz apenas era un susurro cuando habló. Está diciendo que que dentro de ese cuarto hay una fortuna, completó doña Estela. una fortuna que mi abuelo dejó en herencia a mi abuela, que luego pasó a mi padre, que luego pasó a mí, pero yo nunca la saqué de ahí, nunca la vendí. La dejé en ese cuarto todos estos años porque sabía que si mi familia se enteraba del verdadero valor de lo que había dentro, me matarían para quedárselo.
Pero sus sobrinos, Rodrigo y Fernanda, ellos no saben. Saben que la casa existe, saben que está abandonada y chueca, pero creen que solo es una propiedad vieja sin valor. Mi abuelo fue muy astuto, nunca registró el contenido del cuarto en ningún inventario oficial. Para el mundo, esas cosas no existen y yo mantuve ese secreto durante más de 20 años. Isabela sintió un mareo repentino. Esto no podía estar pasando. No podía ser real. ¿Por qué? Preguntó con voz temblorosa.
¿Por qué me está contando esto? ¿Por qué me dio la casa con todo lo que hay dentro? Doña Estela la miró con esos ojos grises penetrantes, pero esta vez había ternura en ellos y tristeza profunda. Porque no tengo a nadie más en quien confiar. Mi esposo murió hace 22 años. Mi hijo vive en Monterrey y solo me visita por obligación. Sus sobrinos solo esperan que me muera para repartirse lo poco que creen que tengo. Estoy sola, Isabela, completamente sola.
Su voz se quebró. Pero luego te vi trabajar. Te vi soportar las humillaciones con dignidad. Te vi amar a tus hijos con una fuerza que yo nunca tuve. Y cuando te lanzaste al lago sin pensarlo para salvar a mi nieto, supe que eras la persona correcta, la única persona que merecía esto. Yo no no puedo aceptar esto dijo Isabela levantándose bruscamente. Es demasiado. Yo solo hice lo que cualquier persona decente habría hecho. No merezco una fortuna por eso.
No es por eso insistió doña Estela también poniéndose de pie. es por quién eres, por cómo has vivido tu vida incluso en la peor adversidad y porque sé que vas a usar esa fortuna para algo bueno, para tus hijos, para darles la vida que merecen. Isabela quería discutir, quería negarse, pero las palabras no salían porque en el fondo de su corazón sabía que esta oportunidad era un milagro, una segunda oportunidad que la vida le estaba dando después de tanto sufrimiento.
Doña Estela puso la llave en la palma de su mano y cerró los dedos de Isabela alrededor de ella. Abre el cuarto cuando estés lista. Tómate tu tiempo. No tienes que decidir nada ahora, pero quiero que sepas que todo lo que hay ahí dentro es legalmente tuyo. Las escrituras de la casa incluyen el contenido. Está protegido por leyes de herencia que nadie puede tocar, ni siquiera mis sobrinos, aunque lo intenten. Y usted, usted no necesita nada de eso.
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