Wdowa przyjęła od swojej gospodyni krzywy dom jako zapłatę — ale powód, dla którego była nieuczciwa...

Luego siguió corriendo cada vez más cerca del borde. “Sebastián, detente”, insistió Isabela ahora con urgencia en la voz. Pero el niño se agachó junto al agua, fascinado por algo que flotaba en la superficie. Isabela estaba a 5 m de distancia cuando vio lo que iba a pasar una fracción de segundo antes de que sucediera. Sebastián se inclinó demasiado, perdió el equilibrio. Sus brazos se agitaron en el aire, buscando algo de qué sostenerse, y luego cayó al agua con un chapuzón que resonó en el silencio del atardecer como un disparo.

Isabela no pensó, no calculó, no dudó ni por un instante. se lanzó al lago con todo y ropa, con todo y zapatos, con todo el peso del mundo sobre sus hombros. El agua estaba helada y más profunda de lo que parecía. Se hundió hasta el fondo, sintiendo el lodo frío bajo sus pies antes de impulsarse hacia arriba. Sus ojos ardían por la suciedad del agua, pero logró ver la figura pequeña de Sebastián hundiéndose, sus bracitos agitándose débilmente, su boca abierta en un grito silencioso.

Isabela nadó hacia él con toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo. agarró al niño por la cintura, justo cuando él estaba a punto de rendirse, lo jaló hacia su pecho y pateó con las piernas, luchando contra el peso del agua que empapaba su ropa y la jalaba hacia abajo. Cada movimiento era una agonía. Sus pulmones gritaban por aire, sus músculos temblaban de agotamiento, pero no se rindió. Emergió a la superficie con Sebastián en brazos, tosiendo y escupiendo agua.

El niño lloraba aterrorizado, aferrándose a ella con una fuerza sorprendente para alguien tan pequeño. Isabela nadó hacia la orilla, cada abrazada más difícil que la anterior, hasta que finalmente sus manos tocaron el césped. Se arrastró fuera del lago con el niño todavía pegado a su pecho, temblando violentamente, empapada hasta los huesos. Sebastián tosía y lloraba, pero estaba vivo. Estaba respirando. Isabela lo recostó sobre el pasto y le revisó la boca para asegurarse de que no tuviera agua atrapada.

El niño la miraba con ojos enormes, llenos de lágrimas y miedo. “Ya pasó”, le susurró Isabela, acariciándole el cabello mojado. “Ya estás a salvo, ya pasó todo.” Los gritos llegaron un momento después. Doña Estela corría desde la casa con una velocidad que Isabela no habría creído posible en una mujer de su edad. Detrás de ella venían Javier y Valeria con las caras descompuestas por el pánico. “Sastián!”, gritó Valeria, cayendo de rodillas junto a su hijo y arrancándoselo de los brazos a Isabela.

“Mi bebé, mi bebé.” Javier se arrodilló también, revisando a su hijo con manos temblorosas. Doña Estela, en cambio, miró directamente a Isabela. Sus ojos grises estaban llenos de lágrimas. “Tú lo salvaste”, susurró la millonaria. “Tú lo salvaste.” Isabela no pudo responder. De repente, toda la adrenalina que la había sostenido se evaporó y comenzó a temblar incontrolablemente. Doña Estela envolvió en su propio chal y la ayudó a levantarse. “¡Rosa!”, gritó doña Estela hacia la casa. trae mantas y agua caliente rápido.

Esa noche, después de que Sebastián fue llevado al hospital como precaución y regresó con un certificado de buena salud después de que Isabela se cambió de ropa y bebió té caliente hasta que dejó de temblar, doña Estela llamó a su despacho. La millonaria estaba sentada detrás de su escritorio de caoba con las manos entrelazadas y la mirada perdida en algún punto de la pared. Cuando Isabela entró, doña Estela levantó la vista. Tenía los ojos rojos como si hubiera estado llorando.

“Siéntate”, dijo suavemente. Isabela obedeció sintiéndose extrañamente nerviosa. Doña Estela respiró hondo, como reuniendo valor para algo muy difícil. “Isabela, tú arriesgaste tu vida por mi nieto, un niño que ni siquiera conocías. Te lanzaste al agua sin pensarlo, sin pedir nada a cambio. Y eso, su voz se quebró. Eso es algo que nunca voy a poder olvidar, ni mucho menos pagar. “Shan no tiene que pagarme nada, señora,” respondió Isabela con honestidad. Cualquier persona habría hecho lo mismo. No, dijo doña Estela con firmeza.

No cualquier persona. La mayoría de la gente habría gritado pidiendo ayuda. Habría dudado. Tú no dudaste ni un segundo. Se puso de pie y caminó hacia la ventana. Durante meses te he observado, Isabela. He visto cómo trabajas sin quejarte. Cómo te humillas frente a las chismosas del pueblo con la frente en alto. Cómo amas a tus hijos con cada fibra de tu ser. Y hoy confirmaste lo que ya sabía. Eres una mujer extraordinaria. Isabela sintió que las lágrimas amenazaban con desbordarse, pero las contuvo.

Doña Estela regresó al escritorio y sacó un folder de uno de los cajones, lo abrió y extrajo varios documentos. ¿Recuerdas la casa chueca que te mostré hace dos semanas? Isabela asintió confundida. Esa casa es tuya. Ahora te la voy a dar como muestra de mi gratitud. Las escrituras están aquí. Mañana iremos con el notario para hacer el traspaso oficial. Isabela se quedó sin palabras. La casa chueca. Esa estructura inclinada, vieja, abandonada, no era mucho, pero era infinitamente más de lo que ella tenía.

“Señora, yo no sé qué decir.” “No digas nada”, interrumpió doña Estela con una sonrisa. “Solo acéptala. Es tuya y lo que hay dentro también. Esas últimas palabras quedaron flotando en el aire como un secreto sin revelar. Isabela abrió la boca para preguntar qué significaban, pero doña Estela ya había guardado los documentos y caminaba hacia la puerta. “Ahora vete a casa con tus hijos”, dijo la millonaria. “Mañana hablaremos de los detalles.” Y Isabela se detuvo en el umbral y la miró por última vez.

Gracias. Gracias por salvar lo único en este mundo que todavía me importa de verdad. Isabela regresó a su pequeña casa rentada esa noche caminando como en sueños. Una casa. Doña Estela le había dado una casa chueca, vieja, abandonada, pero una casa al fin, un lugar propio. El primer paso hacía una vida mejor para ella y sus hijos. Pero había algo en las palabras de doña Estela que no dejaba de resonar en su mente. Y lo que hay dentro también.

¿Qué había dentro de esa casa chueca? ¿Qué secreto ocultaba que hacía que se inclinara de esa manera tan extraña? ¿Y por qué doña Estela había sonreído con esa mezcla de tristeza y alivio cuando le dijo que todo era suyo? Las respuestas estaban ahí, esperándola en esa casa inclinada. Y cuando finalmente las descubriera, Isabela comprendería que el rescate de Sebastián no había sido solo un acto de heroísmo. Había sido la llave que abriría la puerta hacia un destino que cambiaría su vida y la de sus seis hijos para siempre.

Pero antes de eso, antes de la mudanza y el descubrimiento, tendría que enfrentarse a algo que no esperaba. La furia de los sobrinos de doña Estela, Rodrigo y Fernanda, quienes acababan de enterarse de que su tía acababa de regalar una de sus propiedades a una simple sirvienta y ellos no iban a permitir que eso quedara así. La noticia se esparció por la Moreno como un incendio en época de sequía. Isabela Ramírez, la viuda pobre que limpiaba pisos ajenos, ahora tenía una propiedad a su nombre.

Las lenguas venenosas del pueblo trabajaban sin descanso. En el mercado, en la plaza, en las puertas de la iglesia, el chisme crecía y se deformaba con cada repetición. Dicen que sedujo al hijo de la millonaria, murmuraba doña Remedios a un grupo de comadres. Por eso le dieron la casa. Seguro tiene algo con él. Sas no. Yo escuché que el niño se cayó al lago a propósito. Agregaba otra. Todo fue un plan para sacarle dinero a doña Estela.

Isabela escuchaba los rumores cuando iba a comprar tortillas o cuando recogía a sus hijos de la escuela y cada palabra era como una bofetada, pero ya no le importaba tanto como antes. Tenía algo más importante en que concentrarse. Sus seis niños finalmente tendrían un techo propio, aunque ese techo estuviera torcido. El miércoles por la mañana, doña Estela llegó a buscarla en su camioneta. Isabela subió nerviosa con el estómago hecho un nudo. Iban al despacho del notario Villarreal, un hombre serio de lentes gruesos y bigote canoso que había manejado los asuntos legales de la familia Mendoza por más de 30 años.

Mientras doña Estela manejaba por las calles empedradas del centro, Isabel anotó un coche negro que la seguía a cierta distancia. Era un Mercedes oscuro con vidrios polarizados. Algo en ese vehículo le produjo un escalofrío de advertencia. El despacho del notario estaba en una casona antigua de dos pisos con balcones de hierro forjado y puertas de madera labrada. Cuando entraron a la oficina principal, Isabela se sorprendió al encontrar a dos personas más esperando, Rodrigo y Fernanda Mendoza, los sobrinos de doña Estela.

Rodrigo era un hombre de unos 40 años con el cabello engominado hacia atrás. y traje caro que no podía ocultar su mirada calculadora. Fernanda, su hermana menor, tenía 35 años y un rostro que habría sido hermoso de no ser por la expresión amarga que parecía permanente en sus labios pintados de rojo oscuro. “Tía Estela,” dijo Rodrigo con voz melosa que no coincidía con el hielo en sus ojos. “Qué sorpresa encontrarte aquí. No sabíamos que tenías cita con el notario.

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