¿Y estuvo con él la noche en que ocurrió el incidente con el señor Bower? Preguntó el hombre sentado a un lado. Laura dudó un instante. Sabía que tenía que ser cuidadosa, pero también honesta. No toda la noche, pero sí lo vi entrar a la mansión en la hora exacta en que dicen que estaba golpeando al señor Bauer en ese almacén. no pudo haber estado en los dos lugares al mismo tiempo. Los dos funcionarios intercambiaron miradas. La mujer tomó nota.
“Entiende que su testimonio podría cambiar la dirección del caso,”, dijo ella. “Y también entiende que se enfrentará a mucha presión, incluso amenazas. ¿Está preparada para eso?” Laura respiró hondo. Quiso decir que no, que no estaba preparada para nada de esto, que apenas podía dormir y que su vida nunca había sido complicada hasta ahora, pero no podía retroceder. Estoy lista, respondió. Solo quiero decir la verdad. La mujer cerró la carpeta. Bien. En unos minutos era llamada para declarar.
Mientras esperaban, Laura tomó su celular para avisarle a su madre que estaba bien. Tenía varias llamadas perdidas y mensajes de texto sin leer. ¿Dónde estás, Laura? Contesta. Acabo de ver algo en las noticias. Por favor, dime que no hiciste una locura. Suspiró. Su madre siempre había sido protectora, pero ahora iba a estar peor. Mandó un mensaje corto. Estoy bien, te explico luego. En cuanto presionó enviar, la puerta se abrió y entró el juez Elías con gesto serio.
Los funcionarios se levantaron de inmediato. “Señorita Neris”, dijo él. “Necesito hablar con usted en privado antes de permitirle declarar.” Laura se levantó sin saber si eso era algo bueno o malo. Siguió al juez a su despacho. Era un lugar sobrio, con pocos adornos, apenas una estantería y un escritorio lleno de papeles. Él cerró la puerta y la observó con detenimiento. No voy a permitir que esto se convierta en un circo advirtió. Si usted miente, si inventa algo o si tiene motivos ocultos, sepa que enfrentará consecuencias graves.
No estoy mintiendo, respondió Laura. Yo vi a Alejandro entrar a la casa. Lo vi con mis propios ojos. El juez entrecerró los ojos. No solo basta con verlo entrar. El fiscal argumenta que él salió después, que pudo ir al almacén y regresar. Puede asegurar que eso no ocurrió. Laura tragó saliva. Yo creo que puedo dijo dudando. Creé, preguntó el juez con dureza. Necesito certeza, señorita Neris. Ella apretó los puños. Las cámaras de la casa estaban apagadas, pero yo sé quién las apagó.
No fue Alejandro. El juez levantó la mirada sorprendido. ¿Quién entonces? No estoy 100% segura, pero hubo movimientos extraños la semana del incidente. Entradas que no coincidían con las horas del personal, archivos borrados, un técnico que nadie contrató oficialmente. Tengo pruebas. El juez la observó con atención renovada, como si empezara a verla no solo como una empleada, sino como una pieza clave. Si esto es cierto, deberá mostrarlo mañana con evidencia. La tiene Laura asintió. Sí. O puedo conseguirla esta noche.
Si como sea, tendrá que presentarla, dijo el juez. Ahora vaya, necesito ordenar el retorno de la audiencia. Laura salió del despacho con la adrenalina a tope. Su pecho subía y bajaba con rapidez. Sentía que todo el mundo giraba demasiado rápido, como si ella hubiera iniciado una avalancha sin quererlo. Mientras regresaba al área de espera, su celular vibró otra vez. Pensó que era su madre, pero no. Era un número desconocido. Dudó en contestar, pero finalmente deslizó el dedo.
“Hola”, dijo. “Nada. ¿Quién habla?” El silencio al otro lado era inquietante. Laura estaba a punto de colgar cuando una voz distorsionada, casi susurrante, pronunció unas palabras que la helaron. “Aléjate del caso o lo lamentarás.” Laura sintió que el aire se le escapaba. Su mano tembló. Giró para ver si alguien la miraba desde lejos, pero no, solo había gente caminando de un lado a otro. ¿Quién eres?, preguntó con un hilo de voz, pero la llamada se cortó. Un nudo se formó en su garganta.
No sabía si debía contarlo o guardarlo para después, pero en ese momento su corazón latía tan rápido que casi le dolía. Se obligó a respirar profundo. No podía retroceder. No. Ahora un guardia apareció para guiarla de regreso al tribunal. Al entrar, los reporteros volvieron a atacarla con flashes y preguntas. ¿Qué relación tiene con Alejandro Estévez? ¿Está mintiendo para protegerlo? ¿Está recibiendo dinero? ¿Es cierto que usted fue testigo clave? Ella bajó la mirada y siguió caminando. Sentía la presión mediática caerle encima como un peso gigante.
No estaba acostumbrada a esto. Su vida siempre había sido discreta. sin complicaciones ni cámaras persiguiéndola por un pasillo. Mientras avanzaba, una voz conocida la detuvo. Tú aquí. No lo puedo creer. Laura se giró. Era una de las empleadas de la mansión, una mujer llamada solo la otra trabajadora, que la había mirado con recelo desde hacía meses. No pensé que fueras capaz de meterte en algo así, dijo ella. Si yo fuera tú, no me pondría al frente de un hombre con tantos enemigos.
Solo vine a decir la verdad, respondió Laura. La verdad, repitió la otra trabajadora con burla. Pues más vale que tengas pruebas, porque todas vamos a salir salpicadas por esto. Laura no respondió. No tenía fuerzas para pelear con nadie. Siguió caminando hasta que un guardia la llevó junto a la puerta de entrada a la sala principal. Ahí esperaba Alejandro con las manos esposadas, flanqueado por dos oficiales. Sus miradas se cruzaron. Él parecía agotado, preocupado, pero al verla su expresión cambió un poco.
No debiste hacer esto le dijo en voz baja. Tenía que hacerlo respondió ella. No quiero que te pase nada por mi culpa. No me va a pasar nada”, dijo Laura, aunque ni ella misma lo creía del todo. “Tú sabes que no fuiste culpable.” “Yo también lo sé y voy a probarlo.” Alejandro intentó decir algo más, pero los oficiales lo apresuraron. El juez pidió orden mientras la sala volvía a llenarse. Laura sintió como su corazón golpeaba su pecho.
Era su turno. Cuando el juez la llamó para declarar, dio un paso adelante. El murmullo del público se apagó por completo. Alejandro la miró con nerviosismo. Sergio Landeros, sentado al fondo, la observaba con una sonrisa casi imperceptible, una sonrisa que parecía decir, “No vas a llegar lejos. Laura se colocó frente al estrado, levantó la mano para jurar decir la verdad y en ese instante supo que ese paso cambiaría su vida para siempre. Laura sintió como el estrado se veía muchísimo más alto desde donde estaba parada.
A pesar de que trataba de mantener la calma, sus dedos se apretaban entre sí. El juez Elías la observó fijamente, como si quisiera descifrar cada pensamiento que ella tenía antes de que siquiera lo dijera. Señorita Neris, comenzó el juez. Declare su nombre completo y su ocupación. Laura Neris, trabajo como empleada de limpieza en la casa del señor Alejandro Estéz, respondió tratando de que su voz sonara firme. Un murmullo recorrió la sala. Algunos no podían creer que una mujer de limpieza fuera la pieza clave de un juicio tan mediático.
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