Elena no sabía quién era realmente aquella mujer, pero algo dentro de ella se había roto al verla atada en medio del campo, tratada como un objeto. Doña Mercedes abrió los ojos lentamente. Parpadeó varias veces desorientada. Durante unos segundos pareció no reconocer dónde estaba. Sus pupilas recorrieron el techo, las paredes, la ventana, hasta detenerse en el rostro joven que la observaba con una mezcla de preocupación y ternura. “Ya se fueron”, susurró con voz casi inexistente. Elena se inclinó un poco más hacia ella.
Sí, respondió suavemente. Ya no está en el campo, está a salvo. La anciana cerró los ojos con esfuerzo. Una lágrima se deslizó lentamente por su mejilla, perdiéndose entre las arrugas profundas que el tiempo había dibujado en su rostro. “Pensé que ahí me iba a quedar”, murmuró. “Pensé que el sol me iba a llevar.” Elena apretó su mano con más fuerza, conteniendo el llanto. “Yo la escuché”, dijo. No sé cómo, pero la escuché. Doña Mercedes respiró hondo, como si esas palabras le devolvieran un poco de fuerza.
“Dios la mandó, susurró, “Si no fuera por usted, no terminó la frase, no hizo falta.” En el pasillo, Alejandro observaba la escena desde la distancia. No se atrevía a cruzar la puerta. Sentía que no tenía derecho. Su pecho estaba apretado por una sensación desconocida, una mezcla de culpa, confusión y un recuerdo antiguo que no lograba definir. Había algo en el rostro de aquella anciana que lo inquietaba profundamente. El médico de la hacienda llegó poco después. Examinó a doña Mercedes con seriedad.
revisó sus signos vitales, las marcas en sus brazos, la deshidratación, el agotamiento extremo. Cada gesto suyo era grave. “Ha estado expuesta al sol demasiado tiempo”, dijo finalmente. “Está muy débil.” Lo miró con angustia. “¿Va a estar bien?” El médico asintió lentamente. Si hubiera pasado unas horas más allí afuera, no. Pero ahora con cuidado, agua, descanso, puede recuperarse. Alejandro bajó la cabeza. Las palabras le pesaron como piedras. Esto no debió pasar, dijo en voz baja. El médico lo miró con firmeza.
No debió, repitió, pero pasó. Cuando el médico se fue, la tensión volvió a apoderarse de la casa. Verónica apareció en el pasillo con los brazos cruzados. Sus tacones resonaban con fuerza sobre el piso, rompiendo la calma. “Esto es una exageración”, dijo. “Están haciendo un drama innecesario.” Alejandro la miró por primera vez, no con cariño, sino con distancia. “Una mujer estuvo atada bajo el sol”, respondió. “Eso no es un drama, es una crueldad.” Verónica frunció los labios. Esa mujer siempre fue problemática, replicó.
No obedecía, se escapaba. Solo se intentó mantener el orden. Elena, que escuchaba desde la puerta, sintió como algo se endurecía dentro de su pecho. No habló, pero su silencio fue más fuerte que cualquier acusación. Esa noche Elena decidió no irse. Se quedó junto a doña Mercedes, sentada en una silla sencilla, vigilando su respiración, pasando un paño húmedo por su frente cada tanto. No había reloj que importara, no había cansancio que pesara más que la responsabilidad que sentía.
En medio de la noche, doña Mercedes volvió a abrir los ojos. ¿Cómo se llama usted?, preguntó Elena. La anciana sonrió apenas. Gracias, Elena. Hacía mucho que nadie me cuidaba así. Elena sintió un nudo en la garganta. Usted no está sola respondió. No, mientras yo esté aquí. Yo me llamo Mercedes, dijo la anciana. Doña Mercedes. El nombre quedó suspendido en el aire y sin saber por qué, Elena sintió que ese nombre cargaba una historia larga. dolorosa, importante. En otra habitación, Alejandro no podía dormir.
Caminaba de un lado a otro, con la mente llena de recuerdos difusos, una voz cantándole de niño, unas manos suaves acomodándole el cabello, una figura femenina que siempre estaba presente hasta que dejó de estarlo. No puede ser, susurró. Pero el rostro de doña Mercedes no se iba de su mente y mientras la hacienda dormía, una verdad demasiado grande comenzaba a abrirse paso, lenta pero imparable. La mañana siguiente amaneció pesada, como si la hacienda entera hubiera despertado con un nudo en la garganta.
El sol volvió a imponerse temprano, iluminando los pasillos amplios, los jardines cuidados y las fachadas impecables que desde afuera seguían dando la imagen de orden y prosperidad. Pero dentro algo había cambiado. El silencio ya no era tranquilo, era tenso, expectante, cargado de preguntas que nadie se atrevía a formular en voz alta. Elena no se había movido del lado de doña Mercedes en toda la noche. Había dormitado sentada con la cabeza apoyada contra la pared, despertando cada vez que la anciana cambiaba levemente de posición o respiraba con dificultad.
Cuando los primeros rayos de sol entraron por la ventana, Elena abrió los ojos y lo primero que hizo fue tomarle la mano, comprobando que seguía allí, que seguía viva. Doña Mercedes abrió los ojos poco después. Parecía confundida, como si el recuerdo del maizal aún se mezclara con la seguridad momentánea de la cama. ¿Sigo aquí?, preguntó con un hilo de voz. Sí, respondió Elena enseguida. Está a salvo. La anciana asintió lentamente. Sus ojos se llenaron de una tristeza profunda, no por el dolor físico, sino por algo más antiguo, más pesado.
No todos creen eso, murmuró. No todos quieren verme aquí. Elena no respondió, pero entendió perfectamente a qué se refería. En la otra ala de la casa, Alejandro caminaba de un lado a otro de su despacho. No había podido concentrarse en nada desde la noche anterior. Los documentos sobre el escritorio permanecían intactos. Su mente volvía una y otra vez a la misma imagen. El cuerpo frágil de la anciana atada en medio del campo, el sol golpeándola sin piedad.
Los cuervos rondando como testigos mudos de algo que jamás debió ocurrir. Intentaba encontrar una explicación lógica, algo que hiciera que todo tuviera sentido, pero no la había y eso era lo que más le inquietaba. Esto no puede haber pasado sin que nadie lo notara, se dijo en voz baja. Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Pase”, dijo. Era uno de los capataces. Habló con tono inseguro, evitando mirarlo directamente. “Señor, la gente está comentando cosas.
Dicen que anoche trajeron a una anciana del campo.” Alejandro apretó la mandíbula. ¿Y qué dicen exactamente? Que que estaba atada. Pero algunos creen que es exageración. Otros dicen que fue una puesta en escena, una broma. Alejandro sintió una punzada de rabia. No fue ninguna broma, respondió con firmeza. Y quiero que eso quede claro. El capataz asintió, pero su expresión dejaba ver que no todos pensaban igual. Mientras tanto, en la cocina, Verónica tomaba café con total calma. Su postura era relajada, casi indiferente, como si nada extraordinario hubiera sucedido.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
