POTAJEMNIE SPOTYKAŁEM SIĘ Z BOGATĄ NAJLEPSZĄ PRZYJACIÓŁKĄ MOJEJ MATKI, VIVIAN SHAW, PRZEZ PIĘĆ LAT.

Me levanté, aboné la cuenta y salí. La lluvia había parado, pero las calles seguían mojadas, reluciendo con el brillo de las luces. De vuelta a casa, decidí que esa sería la última vez que reaccionaba a un detalle suyo, incluso en mi mente. No merecía tanto lugar en mis recuerdos. Esa noche arrojé las flores al basurero. Los pétalos estaban frescos todavía, como si se negaran a ajarse. Igual que las falsedades que me había dicho. Por primera vez no sentía ñoranza, solo un agotamiento hondo y una paz rara, la misma que surge cuando se acepta que algo concluyó de veras.

La mañana siguiente, a desechar las flores, me desperté más ligero, no alegre, no transformado, pero menos agobiado, como si al fin hubiera sellado una ventana por donde siempre entraba el frío. Llegué a la oficina minutos antes de lo usual. Aún no se oían las teclas ni los susurros del resto del grupo. Me serví un café en la cocinita y me senté ante la pantalla intentando chequear emails sin evocar a Vivian, a Leo, a mamá. Pero ahí estaba todo oculto en cada asunto del buzón como un virus que no se elimina fácilmente.

Fue entonces cuando la vi por primera vez. Una mujer de unos 25, tal vez 26 años, piel morena clara, cabello rizado, recogido en una cola alta, ojos grandes y expresivos, llevaba una carpeta llena de papeles y una mochila colgando de un hombro solo. Sonreía para sí como si llevara una melodía interna. se paró frente a mi escritorio. “¿Tú eres, Evan?” “Sí.” Sofía extendió la mano. Me asignaron al nuevo equipo de logística. Su apretón fue firme, cálido. No había nada provocador ni confuso.

Era directo, sincero. Le indiqué dónde estaba el puesto asignado. Durante el resto del día cruzamos frases breves. Me sorprendió lo natural que era charlar con ella. No necesitaba calibrar mis palabras ni decifrar significados ocultos. Cuando reía, lo hacía con todo el cuerpo, sin ese matiz reprimido y distante que me habitué a tolerar con Vivian. En el receso del almuerzo nos topamos en la cocina. Ella comía yogur y leía algo en su móvil. ¿Eres de aquí? Le pregunté.

No, de Córdoba, respondió sin dejar de sonreír. Me mudé hace poco. Necesitaba reiniciar. Escapando de alguien, se rió. No, todos lo hacemos. Me reí también por instinto, pero esa frase me quedó resonando. Durante los días siguientes empezamos a comer juntos, a veces en el comedor de la empresa, otras en una cafetería cercana. Hablábamos de temas simples, películas malas, clientes insoportables. El tiempo, con ella el tiempo se sentía distinto. No pasaba lento ni rápido, solo fluía. Una tarde al salir del trabajo me ofreció llevarme en su auto.

Era un coche viejo con una pegatina de “No me toques que me rompo.” En el vidrio trasero subí y el interior olía a menta y papel. “¿No te molesta si pongo música?” Tale. Puso una lista de canciones que iban desde jazz hasta Roca argentino de los 80. Cantaba bajito, sin preocuparse por entonar. De repente me di cuenta de que la observaba. No por deseo, era otra cosa. Me atraía su presencia plena. No necesitaba aprobación. No buscaba foco, solo existía y eso era lo más extraño y bello que había visto en años.

Me dejó frente a casa. Antes de bajar me miró con seriedad por primera vez. Evan, no sé qué cargas encima, pero cuando hablas a veces parece que temés que el mundo se derrumbe si respiras muy hondo. La miré sin saber qué decir. No te lo digo por mal, pero si alguna vez querés descargarte eso, no me molesta oírte. Asentí. Ella sonrió y luego agregó, “Mientras tanto, te presto mi playlist. Eso también alivia un poco.” Se fue. Me quedé ahí parado con el teléfono vibrando entre las manos.

Había compartido su lista conmigo. Abrí la app. La primera canción era Algo contigo de Charlie García. Reí solo. Era el tipo de detalle que no estaba habituado a recibir, uno que no ocultaba un propósito ni aguardaba una respuesta exacta. Esa noche no soñé con Vivian. Tampoco pensé en Leo, ni siquiera en mamá. Pensé en una playlist, un auto viejo y una mujer que sin intentarlo me había recordado que aún existía algo similar a la dulzura. Los días con Sofía se volvieron pequeños alientos.

Nada extraordinario había ocurrido entre nosotros, pero esa era justamente la diferencia. No había apuro, ni tensión oculta, ni ese juego tóxico de adivinar qué sentía el otro. Ella era una presencia constante, pero sin exigencia. Y sin embargo, como todo lo bueno en mi vida, duraba hasta que el pasado resolvía irrumpir. Una tarde, mientras salía de la oficina, recibí un mensaje inesperado de Vivian. Solo decía, “Necesito verte solo una vez, por favor.” Me quedé mirando la pantalla con una sensación rara.

No era enojo, no era melancolía, era una mezcla de curiosidad y cierre pendiente. Respondí, “Está bien, una vez decime dónde.” Me citó en un restaurante discreto lejos del centro. Lo conocía. Habíamos ido una vez cuando aún nos ocultábamos hasta de nosotros mismos. Fui puntual. Ella también llevaba un vestido beige, simple, sin maquillaje excesivo. Su cabello rubio estaba recogido en una trenza que le caía sobre el hombro. No parecía la bibian ejecutiva e inalcanzable de siempre. Parecía más humana o quizás solo más agotada.

“Gracias por venir”, dijo con voz suave. No es una cortesía, es solo que prefiero comprender las cosas antes de dejarlas atrás del todo. Se quedó en silencio con los dedos entrelazados sobre la mesa. El mesero trajo agua, pero ninguno pidió comida. No sé por dónde empezar, confesó bajando la mirada. ¿Por qué no empiezas por decirme si alguna vez fuiste honesta? Me miró. Sus ojos verdes no estaban fríos, estaban húmedos. Lo fui, pero no siempre al mismo tiempo.

¿Qué significa eso? Significa que te quise cuando podía y me escondí cuando no, que deseé tenerte cerca, pero no estaba lista para asumir lo que eso implicaba. Que tu madre, que el mundo, que yo misma. Suspiró. Me asustó lo que eras para mí porque eras alguien real. No eras una ilusión, Evan. No eras un capricho y por eso me costaba más dejarte entrar. Pero igual lo hiciste, igual me tuviste como un secreto, como una sombra. Ella asintió.

Fui cobarde y eso no se borra con flores ni con cartas. La observé por primera vez. No sentí que quería abrazarla ni insultarla. Solo la veía como alguien que había hecho lo que podía con las herramientas equivocadas. Y Leo, Leo apareció en un momento en que yo ya había perdido lo que tenía contigo. Nunca fue una rivalidad, solo fue más simple. Me reí sin gracia. Yo no era simple, claro. Yo te pedía cosas reales. Ella asintió. Sus ojos seguían húmedos.

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