Todas las personas como usted lo hacen, juegan a ser normales un rato y luego regresan a sus vidas. Y si mi vida está vacía, entonces llénela con algo real, no con nosotros, con no somos un proyecto de caridad. El golpe fue certero. Valentina recogió sus cosas. Tienes razón. Lo siento, Valentina. No, tienes razón. Estoy jugando a algo que no entiendo. Se dirigió a la puerta. La voz de Sofía la detuvo. Ya te vas. Sí, pequeña. ¿Vas a volver?
Miró a Diego. Su expresión era clara. No lo hagas. No lo sé. Sofía corrió hacia ella algo en la mano. Toma, para que no estés sola. Era un dibujo nuevo. Valentina en su oficina, pero las ventanas mostraban a Sofía y Diego saludando. Así podemos estar contigo aunque estés lejos. Valentina salió antes de que vieran sus lágrimas. En su carro miró el dibujo. Sofía había escrito algo atrás con su letra de niña para la tía, ¿vale? De tu amiga Sofía.
PD. Papá también es tu amigo, pero no lo dice. Su teléfono sonó. Un mensaje de Laura. Urgente. El consejo convoca reunión extraordinaria mañana. Tema, su estabilidad emocional postalo. Rodrigo, tenía que ser él. Miró hacia el lobby. Diego cargaba a Sofía dormida. Por primera vez en su vida, el mundo corporativo podía esperar. Mañana pelearía con el consejo. Esta noche solo quería recordar que alguien la había dibujado sonriendo. El consejo está preocupado por su comportamiento errático. Manuel Sánchez, el principal inversionista, no ocultaba su desdén.
Errático por ser asaltada, errático por desaparecer de reuniones, por estar distraída, por visitar edificios de seguridad a medianoche. Valentina mantuvo la compostura. Tres semanas habían pasado desde que comenzó a visitar a Diego durante sus turnos nocturnos. Tres semanas de café malo y conversaciones reales. Mi desempeño no ha bajado, pero su enfoque sí. Rodrigo nos compartió sus preocupaciones. Rodrigo no es parte de esta empresa, pero entiende la importancia de la imagen. Usted aparentemente no. La reunión terminó con advertencias veladas.
Valentina salió furiosa. Esa noche llegó a Torre Ejecutiva a las 11, como había hecho cada tercer día. Café terrible para la señora. Diego ya la esperaba con dos vasos, el mejor café terrible de la ciudad. Se sentaron en su rincón habitual del lobby donde las cámaras no alcanzaban. Diego tenía su laptop abierta, cursos de administración en la pantalla. ¿Cómo va la clase? Complicada, pero Sofia me ayuda con la computadora. Podrías estudiar tiempo completo. Podría conseguirte una beca, Valentina.
Ya sé, ya sé. Nada de caridad. Exacto. Pero sonríó. Mejor cuéntame sobre la junta directiva de hoy. ¿Cómo sabes? Tienes arruga entre las cejas. Solo aparece cuando lidias con ellos. El hecho de que conociera sus gestos la desarmó. Quieren que sea un robot. Que no sienta que no se detuvo. Están molestos porque vengo aquí. Saben de mí, saben que visito el edificio. No saben por qué. Deberías dejar de venir. ¿Quieres que deje de venir? Diego tardó en responder.
No. Entonces el consejo puede irse al lenguaje. Soy padre de una niña impresionable, rieron. Era fácil reír con él. Hablando de Sofía, me pidió que te diera esto. Sacó un sobre decorado con calcomanías. ¿Qué es la invitación para el festival del día del padre en su escuela? Insiste en que vengas, Diego. No soy. Le dije que estarías ocupada. Valentina abrió el sobre. Sofía había escrito para ti vale. Porfa, ven. Papá necesita alguien que lo aplauda además de mí.
Es manipuladora. Aprendió de la mejor. Su madre era experta en conseguir lo que quería con una sonrisa. Cuéntame de ella. Era la primera vez que lo pedía. Diego cerró su laptop. Carmen era maestra de primaria. La conocí cuando fui a dar una plática sobre seguridad escolar. Me corrigió tres veces frente a todos sus alumnos. Me cae bien. Te hubiera caído mejor conociéndola. Era luz. Todo lo hacía brillar. Cuando se enfermó, intentó protegernos. Fingía que no le dolía.
¿Cuánto tiempo estuvo enferma? Dos años. Los últimos seis meses fueron Suó. Vendí todo, pedí prestado, hice turnos dobles. El día que murió estaba haciendo un turno extra para pagar el tratamiento que no funcionó. Valentina tomó su mano. Él no la retiró. No fue tu culpa. Lo sé, pero el saberlo no quita el dolor. Por eso estudias administración. Quiero darle a Sofía más opciones. No quiero que tenga que elegir entre estar con sus seres queridos y sobrevivir. Es un buen padre.
Hago lo que puedo. Apretó su mano antes de soltarla. Y tú, ¿por qué una mujer exitosa pasa sus noches con un guardia de seguridad? Porque el guardia de seguridad no quiere nada de mí. Eso no es verdad. El corazón de Valentina se aceleró. ¿Qué quieres? Quiero que dejes de castigarte por el fracaso de tu matrimonio. Quiero que veas lo que todos ven. Una mujer brillante que construyó un imperio. Quiero Se detuvo. ¿Qué? Nada que pueda pedir. El silencio se extendió cargado de palabras no dichas.
Iré al festival. No tienes que Quiero ir. Por Sofía. Por Sofía, repitió él, pero sus ojos decían otra cosa. El viernes del festival, Valentina llegó a la escuela pública en la Doctores. Su Mercedes desentonaba grotescamente entre los coches viejos y las motos. Viniste. Sofía corrió hacia ella, su uniforme escolar impecable a pesar de ser de segunda mano. No me lo perdería. Papá está allá. Está nervioso. Diego estaba con otros padres, su uniforme de seguridad reemplazado por la única camisa formal que tenía.
Se veía incómodo. Hey, Valentina tocó su brazo. Viniste de verdad. Dije que vendría. Señora Morales, qué gusto verla. La maestra de Sofía se acercó. Oh, no soy es mi tía Sofía intervino, la hermana de mi mamá del cielo. La mentira inocente los tomó por sorpresa. Ah, qué bonito que Sofía tenga familia que la apoye. La maestra se alejó. Sofía, es que todos tienen mamás menos yo, pero ahora tengo una tía. Valentina parpadeó rápidamente. Diego Tosió también emocionado.
El festival fue hermoso en su simplicidad. Los niños cantaron, bailaron, leyeron poemas. Sofía recitó uno sobre superhéroes que no usan capas, sino uniformes de trabajo. Es sobre papá, le susurró a Valentina, pero también sobre ti. Durante el convivio después, Valentina sirvió agua de Jamaica y partió pastel como si hubiera hecho esto toda su vida. Las otras madres la miraban con curiosidad, pero no hostilidad. Te ves natural aquí, Diego comentó. Me siento natural aquí. Eso me da miedo.
¿Por qué? Porque cuando te das cuenta que perteneces a otro mundo, ¿y si ya no pertenezco a ese mundo? Y si nunca pertenecí, Valentina, papá, tía. Vale, vamos a jugar fútbol padres contra hijos. La tarde se convirtió en risas y carreras. Valentina jugó descalza, su traje de diseñador lleno de pasto. Diego la atrapó cuando casi cae, sosteniéndola un segundo más de lo necesario. “Gracias”, susurró ella, “por atraparte, por dejarme entrar. Esa noche en la torre el ambiente era diferente, más íntimo, más peligroso.
Sofía está feliz”, Diego dijo. “Yo también. Ese es el problema. ¿Por qué tiene que ser un problema? Porque sé cómo termina esto. Te conozco, Valentina. He pasado tres semanas memorizando cada gesto tuyo. Diego. Sé que tocas tu collar cuando estás nerviosa. Sé que tu risa real es más grave que la falsa. Sé que odias el café, pero lo tomas porque te mantiene ocupada para Sé que estás tan sola como yo, y sé que esto, lo que sea que estamos haciendo, va a doler.
Entonces, ¿por qué seguimos? Porque soy masoquista. Porque prefiero tenerte tres horas cada tercer día que no tenerte. Se miraron. El lobby vacío pareció encogerse. E si yo siento lo mismo. Entonces somos dos tontos. Dos tontos tomando café horrible. El mejor café horrible del mundo. Se inclinaron el uno hacia el otro. El momento perfecto para un beso. El teléfono de Valentina explotó en llamadas. Laura, el consejo. Rodrigo. La realidad. Regresando. Contesta. Diego se alejó. Era Laura. Señora urgente, hay fotos suyas en el festival de hoy.
Alguien las vendió a un blog de chismes. El titular es CEO millonaria. Se mezcla con la pleve. El consejo está furioso. Valentina miró a Diego. Ya sabía. Lo siento articuló ella. Yo también, respondió él. El mundo real acababa de encontrarlos y como siempre llegó a destruir todo. Papá, ¿por qué tía Vale no vino a mi partido? Sofía miraba el campo vacío donde acababan de ganar 32. Debe estar ocupada, princesa. Prometió venir. Diego no tenía respuesta. Después del escándalo de las fotos, Valentina había venido una vez más, distante y formal.
Eso fue hace una semana. Esperen. Una voz familiar los hizo voltear. Valentina corría hacia ellos, tacones en mano, su traje ejecutivo desarreglado. Lo siento. La junta se extendió y el tráfico viniste. Sofía la abrazó. Ganaron. Metí dos goles. Dos goles. Eso merece celebración. ¿Podemos ir por el lado? Sofía miró a Diego esperanzada. Sofia, yo invito. Valentina intervino, por favor, para compensar llegar tarde. Durante el helado, Sofía narró cada jugada. Valentina escuchaba con atención genuina, haciendo preguntas, celebrando cada detalle.
Diego las observaba, algo calentándose en su pecho. “Voy al baño, Sofía”. Anunció y desapareció. Gracias por venir, Diego dijo. Casi no llego. El consejo está no tienes que explicar. Sí tengo. Te debo una explicación. Después de las fotos. Entiendo. Tu mundo y el mío no se mezclan bien. No es eso. Entonces, tengo miedo. La honestidad lo sorprendió. ¿De qué? De esto. De sentir, de que Sofía me vea como de que tú me veas como como ¿Qué? Como alguien que podría quedarse, Diego tomó su mano sobre la mesa.
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