había cambiado. Ya no lo besaba con entusiasmo. Pasaba horas en el celular, se reía sola y Sofía. Sofía ya no se molestaba en fingir que lo toleraba. Una noche escuchó una conversación entre ellas mientras fingía dormir. Ya está hecho. ¿Para qué seguir fingiendo? En cuanto regresemos vendemos todo y nos largamos. Y si se da cuenta es lento, ni lo va a notar. Y si lo nota, que se joda. Total, la vieja ya va a morirse. ¿Quién la va a defender?
Eulalia desde México comenzó a moverse con precisión. Visitó una oficina del banco, solicitó los estados completos, los imprimió y los guardó en sobres. Luego fue al registro público a preguntar si había propiedades a su nombre que ella no recordara haber firmado. Allí descubrió algo aún peor. Julián había intentado registrar su casa como una propiedad de inversión compartida usando documentos alterados. No lo logró por un error técnico, pero lo había intentado. Ese día, Eulalian no volvió directo a su casa.
Caminó hasta una vieja iglesia al fondo del barrio. No para rezar. solo para sentarse en la banca y mirar al altar. Dame paciencia, Dios, no para perdonarlo, sino para no destruirlo con mis propias manos. El silencio la envolvió. Cuando regresó, encendió la radio, puso un bolero y comenzó a tejer. Pero lo que tejía no era ropa, era venganza. Las semillas de la ingratitud ya estaban sembradas y estaban germinando. Faltaba poco para la cosecha. Eulalia lo sabía. Lo sentía en los huesos, en la manera en que el viento entraba por las rendijas de la puerta, como si viniera a avisarle que todo lo que fue enterrado en silencio pronto brotaría.
Las madrugadas le pesaban menos. El frío ya no la molestaba, solo contaba los días, pero no con ansiedad, con estrategia, con calma, como quien afila un cuchillo sin prisa, sabiendo que lo usará en el momento exacto. Una mañana, mientras barría la sala de su casa con la escoba de varas que tanto había resistido, decidió mover el sillón para limpiar. Debajo había tierra, papelitos, una pluma seca y un sobre blanco roto, mal dobdoblado, metido en una bolsa de plástico reciclada.
Iba a tirarlo todo sin mirar, pero algo en su interior le gritó que revisara. Primero abrió la bolsa. Dentro había un documento. Lo leyó dos veces, sin entender completamente lo que decía. Dio su nombre completo, su dirección y una firma parecida a la suya. Luego leyó el encabezado testamento. Sintió que algo le apretaba el pecho. Se sentó en el piso con el documento extendido en las piernas y volvió a leer. Era un testamento donde ella supuestamente le cedía su casa y sus ahorros a Julián en caso de muerte.
Y al final una firma, su firma, falsificada. Sintió el silencio de la casa como si pesara más que nunca. Solo el tic tac del reloj y el ladrido lejano de un perro rompían la quietud. No lloró, no se sorprendió, pero esta vez sí se lebró algo adentro. No era la traición, era la confirmación. Marcó a Benjamín. Ven. ¿Qué pasó? Encontré lo que necesitabas ver. Dos horas después, Benjamín estaba sentado en su cocina con el documento en mano.
Lo leyó con detenimiento. Movía la cabeza en negación. Esto no solo es ilegal, es peligroso. Si lo hubiera registrado, podrías haber perdido la casa sin enterarte. ¿Crees que fue él? Benjamín guardó silencio. Dejó el papel sobre la mesa. Esta no es tu firma, Lala. Y tú no tienes idea de cómo se arma un testamento. Es obvio que no es tuyo. Lo más grave es que esto es un borrador y si hay un borrador puede haber un intento real de registrarlo.
Eulalia se quedó mirando sus propias manos arrugadas, manchadas por los años, pero aún firmes. Recordó el día que finalmente pagó la última mensualidad de la casa. 30 años de esfuerzo, de comida recalentada, de zapatos rotos, de trabajar en los días más calurosos, de limpiar vómito de otros, de aguantar gritos de patrones, todo para tener algo propio, algo que no pudiera quitarle nadie. “Me quería matar en papel”, dijo sin levantar la voz. Benjamín levantó la mirada. No sabía si había sido una metáfora o una verdad literal.
El silencio entre los dos fue tan largo que el hervor del café en la estufa se convirtió en el único sonido en la cocina. ¿Y ahora qué vas a hacer? Eulalia sonrió. La misma sonrisa que Julián no supo leer a tiempo. Ahora sí lo voy a enterrar. Pero despierto. No habían pasado ni tres días desde ese hallazgo cuando recibió una llamada inesperada del Dr. Gutiérrez, el internista del centro de salud donde Ualia se hacía chequeos ocasionales. Necesito que venga, señora Eulalia, hoy si puede.
Sintió que le temblaban las piernas. Caminó al centro médico con la misma dignidad con la que había enfrentado todo en su vida. Entró al consultorio con su ropa de siempre. El reboso bien amarrado y la libreta donde anotaba cada pastilla. El doctor la recibió con amabilidad, pero no con esperanza. En su mirada había una compasión que huele a despedida. Hicimos nuevos análisis de sangre y los resultados no son buenos. Ella no respondió, solo lo miró esperando lo que ya sabía.
Tiene leucemia, señora. en una fase avanzada. Me duele decírselo así, pero no hay tiempo para rodeos. Su sistema inmunológico está comprometido. Estimamos que tiene 6 meses. Eulalia se quedó inmóvil. Miraba un punto fijo en la pared. Una manchita de humedad en forma de ave. Ni una lágrima, ni una pregunta. ¿Entiende lo que le estoy diciendo? Entiendo cuánto me cuesta morirme dignamente. El doctor se removió en su asiento incómodo. Hay opciones. Podemos empezar quimioterapia, pero no es seguro que responda.
El tratamiento es agresivo y costoso. ¿Me quita la vida más rápido? No necesariamente. Entonces, no. No me gusta que la muerte me agarre en bata. El doctor no supo qué decir. Nunca había visto a alguien tomar la noticia de su propia muerte con esa templanza. Eulalia se levantó, tomó su bolsa y antes de salir del consultorio se giró hacia él. 6 meses es suficiente. Para lo que tengo que hacer basta y sobra. Regresó caminando, no porque no pudiera pagar el transporte, sino porque necesitaba sentir la ciudad.
Quería que cada paso la devolviera a sus raíces, a su historia, a su propósito. Cruzó la calle donde una vez casi la atropellan mientras llevaba a Julián al kinder. Pasó frente al mercado donde trabajó limpiando baños por 40 pesos el día. Saludó con un gesto a don Teodoro, el señor del puesto de jugos, que ya no tenía dientes, pero sin memoria. Al llegar a casa, fue directo a su cuarto. Sacó una caja de madera escondida bajo la cama.
dentro su libreta con apuntes, recortes, recibos, cartas no enviadas y un viejo sobre donde guardaba la única foto que tenía de Julián de niño cuando todavía se dormía abrazado a su pierna. La miró largo rato, luego prendió la estufa, puso agua a hervir y mientras el vapor subía, murmuró para sí, ahora sí se acabaron los rezos. Empieza el trabajo. Lo primero que hizo fue ir con Benjamín a registrar una denuncia preventiva, no como madre, sino como ciudadana.
Reportaron la falsificación de firma, el intento de apropiación de propiedad y anexaron pruebas. Luego solicitaron el congelamiento temporal de la cuenta bancaria de la cual Julián había extraído el dinero. Para lograrlo usaron una cláusula que permitía detener movimientos y se sospechaba de abuso patrimonial a adultos mayores. No era fácil, pero Benjamín conocía las chutas. Él había perdido la fe en la ley hacía años, pero por Eulalia estaba dispuesto a desempolvar su oficio. ¿Estás lista para lo que viene?, le preguntó mientras firmaban los papeles.
Yo nací lista, no más que no lo sabía. Después de eso, Eulalia fue al mercado, compró un cuaderno nuevo forrado en rojo y empezó a escribir lo que sería su última bitácora. No una para llorar, una para dejar constancia. En la primera página escribió a mi hijo Julián, “Te quité del vientre con dolor, te entregué la vida con amor y tú me arrancaste la dignidad sin parpadear. Esto no es venganza, es justicia. Y justicia es lo único que me queda para morir tranquila.” Mientras tanto, en Roma, Julián y Pamela seguían fingiendo ser felices.
Subían fotos diarias, hacían videos con filtros, mostraban platos de comida que ni sabían pronunciar, pero la atención era cada vez más evidente. Pamela ya no compartía la cama. Sofía pasaba todo el tiempo con el teléfono y Julián sentía que había algo que se le escapaba, como una alarma interna que no dejaba de sonar. Una noche, mientras buscaba en el correo electrónico una confirmación de vuelo, encontró una carpeta escondida. Era un respaldo automático de mensajes de Pamela con otra persona.
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