Mój mąż krzyknął: "Wynoś się!" Matka się zaśmiała. Następnego ranka nie mogli uwierzyć własnym oczom...

Los documentos, ropa de abrigo para Lucía, algo de su propia ropa, medicinas, el álbum de fotos que llevaba haciendo desde que nació su hija lo colocó con cuidado encima de todo. La muñeca de Lucía y un par de libros apenas cupieron. “Lucía, cariño, coge los peluches que te quieras llevar”, dijo Elena con la mayor calma posible, aunque por dentro se le revolvía todo al pensar que le estaba diciendo eso a su hija. Lucía miró desconcertada su rincón de la habitación.

Todo un zoológico de peluches la observaba con sus ojos de cristal. Osos, conejos, elefantes, perritos regalados en cumpleaños, Navidades, por portarse bien o porque sí. ¿Todos?, preguntó la niña en voz baja. No, mi vida, solo tus favoritos. Los demás los recogeremos más tarde. Esas palabras le costaron a Elena un esfuerzo sobrehumano. Sabía que ese más tarde podría no llegar nunca. Carlos caminaba nervioso por la habitación, mirando el reloj, como si tuviera una cita importante y ellas la estuvieran retrasando.

La señora Pilar estaba de pie, con los brazos cruzados, observando la escena con una satisfacción indisimulada. Mamá, ¿y mis dibujos? ¿Y dónde vamos a vivir? Lucía miraba a su madre con los ojos muy abiertos. Elena se acercó a la estantería y cogió el bloc de dibujo donde guardaba las obras de arte de Lucía. Flores, un sol, una casita con una chimenea de la que salía humo y un dibujo de mamá, papá y Lucía cogidos de la mano.

Todo irá bien, cariño. Elena le acarició la cabeza intentando infundir en sus palabras una seguridad que no sentía. ¿Te acuerdas de la tía Isabel? Iremos a su casa. Nos está esperando. Era mentira. Elena no había avisado a su amiga, pero en ese momento, a las 10 de la noche con una niña y una caja, no tenía otra opción. Carlos seguía de brazos cruzados, mirando hacia otro lado, como si la despedida de su hija no fuera con él.

Su figura maciza, con un jersey gastado y unos vaqueros viejos, parecía ajena e inexpugnable. Elena se dio cuenta de que no conocía en absoluto a ese hombre con el que había vivido 8 años. En el fondo de su corazón albergaba una pequeña esperanza de que recapacitara, que las detuviera, que dijera que todo era una tontería, un malentendido. Pero Carlos permanecía en silencio. La señora Pilar abrió la puerta de la calle, dando a entender de forma inequívoca que la conversación había terminado.

Del rellano llegaba una corriente de aire frío y olor a humedad. Papá, ¿vrás a vernos? Lucía se acercó a su padre, pero él retrocedió un paso como si temiera contagiarse de algo peligroso. “Vete con tu madre, Lucía. Ya veremos,” soltó él dándose la vuelta. En su voz, Elena creyó percibir algo parecido al arrepentimiento, pero quizás solo era que quería creerlo. La señora Pilar empujó a su nieta hacia la puerta. “Venga, venga, no entretengas a los mayores. Tu madre ya ha dicho que vais a casa de la tía Isabel.” El rellano las recibió con olor a col co cos cocida y la luz tenue de una bombilla mortesina.

La puerta se cerró a sus espaldas con un portazo ensordecedor, como poniendo el punto final a su vida anterior. Elena se quedó en el descansillo con la caja en las manos, su hija pegada a ella y la sensación de que el suelo se abría bajo sus pies. En el bolsillo tenía 200 € todos sus ahorros los guardaba para unas botas de invierno para Lucía, pero ahora era todo el dinero que tenían para vivir. En la calle llovía una lluvia que se estaba convirtiendo en aguananieve.

La parada del autobús estaba a 20 minutos andando. Las paredes del portal, llenas de grafitis y símbolos extraños, la oprimían. El olor a gatos y a humedad le provocaba náuseas. Debajo de la escalera había botellas de cerveza vacías y colillas. Elena pensó que hasta hacía poco se quejaba de los adolescentes que se reunían allí, pero ahora le daba igual. Lo importante era, ¿qué hacer ahora? ¿A dónde ir? Lucía solosaba en silencio, estrujando a su conejo de peluche.

Mamá, ¿y si papá cambia de idea? ¿Y si la abuela nos deja quedarnos? Elena respiró hondo, intentando tragar el nudo que tenía en la garganta. No podía derrumbarse. Tenía que ser fuerte por su hija. Vámonos, pequeña. Elena cogió a su hija de la mano. Nos espera un gran viaje. Y sabes una cosa, todo va a salir bien, te lo prometo. No se creía sus propias palabras, pero tenía que decirlas. por Lucía, por ella misma, por la vida que tendrían que construir de nuevo.

Lentamente, abrazando la caja con sus cosas y sujetando con fuerza la mano de su hija, Elena empezó a bajar por la destartalada escalera hacia lo desconocido. Al salir del portal, Elena se detuvo un instante, sin saber qué dirección tomar. La lluvia arreciaba, convirtiéndose en un aguananieve punzante. El viento de noviembre le alborotaba el pelo sin piedad y se colaba bajo su chaqueta fina. Había olvidado el gorro, pero volver era imposible. Sería como admitir la derrota. La pesada caja le cansaba los brazos y Lucía, con la mano libre metida en el bolsillo de su abrigo, intentaba no llorar.

Mamá, ¿y si volvemos a casa? Le diré a papá que me portaré muy bien y que ayudaré a la abuela. Hasta me comeré la sopa. De verdad. La voz de la niña temblaba de frío y de pena. Elena dejó la caja en un banco junto al portal y se agachó frente a su hija, mirándola a los ojos. La cara de Lucía estaba mojada por la lluvia y las lágrimas. Su naricilla respingona estaba roja y de debajo del gorro de lana asomaban mechones rebeldes de pelo castaño.

Mi vida no es por tu culpa. Tú no has hecho nada malo. Es que a veces los mayores no pueden vivir juntos, pero tú y yo siempre estaremos juntas, te lo prometo. Y ahora tenemos que llegar a casa de la tía Isabel. ¿Recuerdas que fuimos a su cumpleaños en verano? Tenía un gatito muy gracioso que se llamaba Kiko. Lucía sonrió débilmente al recordar al gatito pelirrojo que perseguía divertido un trozo de papel. Esa sonrisa le dio fuerzas a Elena.

Se levantó, cogió la caja y caminó con decisión hacia la parada del autobús. Los patios interiores estaban mal iluminados. Las farolas funcionaban de forma intermitente, tiñiendo los charcos de un amarillo morte. Desde una ventana entreabierta de un primer piso llegaba la voz de una cantante famosa. Vivir así es morir de amor. Elena sonrió con amargura, pensando en lo acertada que era la canción para su situación. El barrio era antiguo, construido en los años 70. Bloques de cinco pisos, chopos, parques infantiles con columpios torcidos y carruseles oxidados.

20 años atrás, aquí bullía la vida. Había una fábrica donde trabajaba la mayoría de los vecinos, un cine en España donde los fines de semana ponían estrenos, un centro cultural con talleres para niños y adultos. Ahora la fábrica había cerrado. El cine se había convertido en una tienda de electrodomésticos y el centro cultural albergaba otro supermercado de una gran cadena. “Mamá, tengo frío”, se quejó Lucía. Apretándose más contra su madre, Elena se detuvo, dejó la caja en el suelo y sacó de ella un anorac más grueso para la niña.

La ayudó a cambiarse allí mismo en la calle, intentando no mojar la ropa. En su bolso encontró unas manoplas viejas que no eran de su talla, pero no estaba en situación de elegir. “Aguanta un poco, pequeña. Enseguida subiremos al autobús y allí hará calor. Y luego llegaremos a casa de la tía Isabel. Nos dará un chocolate caliente con bizcochos.” El chocolate caliente era la debilidad de Lucía. Le gustaba tanto que podía comerse la tableta entera si no la vigilaban.

Elena recordó como en la casa de campo de su suegra recogían moras y luego hacían mermelada. Eso fue hace 3 años. La señora Pilar todavía la trataba con normalidad. Entonces, le enseñaba a hacer conservas, le explicaba cómo debía ser una buena ama de casa. Una mujer hija debe saber cuidar de su marido, de sus hijos y de su despensa. La parcela era el orgullo de su suegra. Allí cultivaba de todo, desde patatas hasta uvas. Huertos separados por caminos de ladrillo, una casita coqueta con porche, una pequeña piscina que Carlos había construido con sus propias manos.

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