Millonario sfingował wypadek, by przetestować swoją dziewczynę i bliźniaki. aż do pracy domowej...

Thiago hizo una señal al jefe de escoltas que esperaba en la puerta. Preparen el auto y avisen al piloto del helicóptero. Nos vamos a San Cristóbal ahora mismo. San Cristóbal, preguntó Gabriela aturdida. Eso está a 4 horas en helicóptero. Son 40 minutos respondió Thiago ayudándola a ponerse de pie. No vamos a esperar ni un minuto más. Tu hija ha esperado dos años. Hoy duerme en casa. El viaje fue una borrosidad de hélices y ruido. Gabriela, sentada frente a Thiago en la cabina de cuero del helicóptero privado, no miraba el paisaje.

Apretó la foto de la niña contra su pecho durante todo el trayecto, rezando en silencio, prometiendo a Dios y a todos los santos que si esto era verdad, daría su vida entera en agradecimiento. Thiago, respetando su trance, no dijo nada, pero no dejó de vigilarla, asegurándose de que la ansiedad no la desmayara. Aterrizaron en un campo deportivo polvoriento en las afueras de un pueblo olvidado. Una camioneta negra blindada, ya los esperaba, enviada por el equipo de seguridad de avanzada de Thiago.

El orfanato, Pequeños Ángeles, era un nombre irónico para un edificio de ladrillo gris. con pintura descascarada y ventanas con rejas oxidadas. El lugar olía a humedad y a sopa hervida. Cuando Thiago entró, con su traje impecable y su aura de poder, el lugar pareció encogerse. La directora, una mujer bajita y nerviosa llamada señora Garcés, salió de su oficina secándose las manos en la falda. Señor Montemayor, es un honor, no esperábamos”, tartamudeó la mujer mirando con miedo a los guardaespaldas armados que flanqueaban la entrada.

“No vengo de visita social, señora Garcés”, cortó Thiago con voz helada. “Vengo por una niña. Ingresó hace 22 meses bajo el nombre de María N. Fue traída por un intermediario de la capital. La mujer palideció. Señor, los expedientes son confidenciales y las adopciones cerradas no se pueden. Thiago sacó un papel doblado de su bolsillo interior. No era una orden judicial, era algo más rápido, un cheque. Esto es una donación para renovar todo este edificio, comprar camas nuevas y comida decente para todos estos niños por 5 años.

Oh, Thiago guardó el cheque y sacó su teléfono. Puedo llamar al gobernador, que es amigo mío, y pedirle que envíe una auditoría fiscal y sanitaria a este lugar ahora mismo. Estoy seguro de que encontrarán muchas irregularidades. Usted elige ayuda o cárcel. La directora tragó saliva ruidosamente. Pasillo tres, cuarto al fondo a la derecha. Le pusimos sol porque porque siempre sonríe aunque nadie la visite. Gabriela no esperó más. Al escuchar la ubicación salió corriendo. Olvidó el dolor de sus costillas.

Olvidó el protocolo. Corrió por el pasillo oscuro donde el llanto de varios bebés creaba una sinfonía de tristeza. llegó a la última puerta. Estaba entreabierta. Dentro, en una habitación con seis cunas de metal, había una niña pequeña de unos 2 años sentada en el suelo sobre una alfombra raída, jugando con un bloque de madera solitario. Tenía el cabello negro y rizado, revuelto, y llevaba un vestido que le quedaba grande. Gabriela se detuvo en el marco de la puerta.

Le faltaba el aire. Su corazón latía tan fuerte que le dolían los oídos. La niña levantó la vista. Tenía unos ojos enormes, oscuros y profundos. Los mismos ojos que Gabriela veía en el espejo cada mañana. Tenía un pequeño lunar en forma de estrella en el cuello, idéntico al que tenía la madre de Gabriela. “Mamá”, balbuceó la niña, aunque no podía saber quién era. Quizás llamaba así a todas las mujeres que entraban, esperando que alguna lo fuera. Gabriela soltó un grito ahogado, un sonido gutural de puro dolor y amor y se lanzó al suelo de rodillas.

Mi amor, mi vida, estás viva. La niña, asustada al principio por el grito, se quedó quieta. Gabriela se acercó arrastrándose y la envolvió en sus brazos. El contacto fue eléctrico. La niña olió el aroma de Gabriela, jabón neutro y lágrimas. Y por un instinto primario que la ciencia no puede explicar, se relajó inmediatamente. Sus manitas pequeñas se aferraron al cuello de Gabriela. Sol, mi sol, lloraba Gabriela, besando su cara, sus manos, sus pies, revisando que estuviera entera, que fuera real.

Perdóname, mi amor. Perdóname por no saberlo. Mamá está aquí. Mamá, vino por ti. Thiago observaba desde la puerta con los ojos húmedos. Había cerrado negocios de mil millones de dólares. Había comprado islas. Había ganado juicios imposibles, pero nada, absolutamente nada, se comparaba con la victoria de ver a esa madre recuperar la parte de su alma que le habían robado. Se acercó lentamente y se arrodilló junto a ellas. Gabriela dijo suavemente. Es hora de irnos. Mateo y Lucas están esperando a su hermana.

Gabriela levantó la vista con el rostro bañado en lágrimas, pero con una sonrisa que iluminaba la habitación lúgubre. “Gracias”, susurró ella. “Le debo la vida, Señor.” “No me debes nada”, respondió él acariciando la cabeza de la pequeña Sol. “Somos familia y la familia se cuida.” La salida del orfanato fue triunfal. Gabriela cargaba a sol como si fuera un trofeo de oro macizo. La niña, agarrada a su madre biológica, miraba todo con curiosidad, sintiéndose segura por primera vez en su corta vida.

Cuando subieron al helicóptero para volver, Sol se quedó dormida en el regazo de Gabriela en cuestión de minutos. Thiago miró a Gabriela a través de la cabina. Mañana mis abogados iniciarán el proceso para cambiarle el nombre legalmente y también el tuyo, si quieres. El mío, preguntó Gabriela. Sí, creo que Gabriela de Montemayor suena bastante bien. Gabriela se sonrojó bajando la mirada hacia su hija. Señor, no diga esas cosas. No lo digo por decir. Valeria firmó el divorcio hace meses en un documento que ella creía que era un seguro de vida.

Solo falta mi firma y cuando esa mujer esté tras las rejas de por vida, voy a necesitar una socia, alguien en quien confíe ciegamente, alguien que ame a mis hijos como si fueran suyos. Thiago le sostuvo la mirada. Pero antes de pensar en el futuro, tenemos que cerrar el pasado. Hay una parada más que debo hacer mañana y quiero que vengas conmigo. Necesito que ella te vea. Necesito que vea que no ganó. El sonido de las rejas de acero cerrándose a sus espaldas resonó como un disparo de cañón en los oídos de Thiago.

El centro de readaptación social femenil era un lugar gris, frío y desesperanzador, el polo opuesto exacto a la vida de Mármoliseda que Valeria había disfrutado hasta hace 48 horas. Caminaban por un pasillo largo, iluminado por luces fluorescentes que parpadeaban. El olor a desinfectante barato y a humanidad asinada era penetrante. A su lado, Gabriela caminaba con la cabeza en alto, llevando un traje sastre azul marino que Thiago le había comprado. Ya no parecía la empleada doméstica, parecía la dueña del mundo.

Su hija Sol estaba segura en casa con los gemelos y una niñera de confianza supervisada por tres guardias de seguridad. La interna se niega a comer, señor Montemayor”, informó la directora del penal, una mujer severa que no se dejaba impresionar por apellidos famosos. Dice que la comida es veneno para ratas y exige hablar con su abogado cada 5 minutos. Pero su abogado renunció esta mañana cuando vio las pruebas de ADN y los videos. No me sorprende”, dijo Thiago sin detenerse.

Valeria siempre tuvo talento para alejar a la gente. Llegaron a la sala de visitas especiales. No era la zona común con teléfonos y vidrios. Era una sala pequeña de interrogatorios con una mesa de metal atornillada al suelo y tres sillas. Valeria ya estaba allí esposada a la mesa. La imagen era impactante. La reina de la sociedad, la mujer que gastaba $,000 en cremas faciales, estaba irreconocible. Llevaba el uniforme gris reglamentario que le quedaba grande y áspero. Su cabello rubio, siempre perfecto de peluquería, estaba grasoso y enmarañado.

Sin maquillaje. Su rostro mostraba una palidez enfermiza y unas ojeras profundas que delataban noche sin dormir. Sus uñas, antes largas y esculpidas, estaban rotas. Cuando la puerta se abrió y vio entrar a Thiago, sus ojos se iluminaron con una chispa de esperanza delirante. “Thiago, mi amor”, chilló ella, intentando levantarse, pero las cadenas se lo impidieron. “Sabía que vendrías. Sácame de aquí. Es un error terrible. Mira cómo me tienen. Me obligaron a bañarme con agua fría.” Luego su mirada se posó en Gabriela, que estaba de pie junto a Thiago.

La sonrisa de Valeria se transformó en una mueca de odio puro. ¿Qué hace ella aquí? Escupió Valeria. Trajiste a la sirvienta para que me vea así. ¿Es eso? ¿Te divierte humillarme? Thiago se sentó frente a ella con una calma absoluta. Gabriela permaneció de pie a su derecha como una estatua de la justicia. Gabriela no está aquí como sirvienta, Valeria”, dijo Thiago con voz suave. “Está aquí como víctima y como madre.” Valeria soltó una risa nerviosa. “Madre, por favor, Thiago, no empieces con el melodrama de la niña muerta.” “No está muerta”, interrumpió Gabriela.

Su voz era firme, resonante. Por primera vez miraba a Valeria no con miedo, sino con una lástima profunda. La encontré, Valeria. Encontré a Sol, en el orfanato donde la tiraste como si fuera basura. El color abandonó el rostro de Valeria, abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Esa era la pieza del rompecabezas que pensó que nunca encontrarían. El secuestro de un menor y la falsificación de documentos médicos eran delitos federales que no tenían fianza. Tengo los testimonios del médico, de la enfermera y de la directora del orfanato.

Continuó Thiago sacando una copia del expediente y poniéndolo sobre la mesa. Todos cantaron, Valeria. En cuanto les ofrecí inmunidad parcial a cambio de tu cabeza, se pelearon por ser los primeros en delatarte. Valeria empezó a temblar. Las lágrimas, esta vez reales de terror puro, empezaron a brotar. Thiago, por favor”, suplicó cambiando de táctica. Estaba desesperada. Tenía miedo de perderte. Lo hice por nosotros. Quería darte una familia. Por nosotros. Thiago se inclinó hacia delante. Me fuiste infiel con mi socio.

Planeaba robarme todo. Intentaste venderme a mis hijos y robaste a la hija de una mujer inocente para cubrir tus mentiras. No hay un solo átomo de amor en tu cuerpo, Valeria. Eres un agujero negro. Roberto me obligó, gritó ella. Él planeó todo. Yo soy una víctima de violencia de género. Él me amenazaba. Thiago negó con la cabeza cansado. Roberto dice lo contrario. Dice que fue idea tuya y los videos de seguridad de la casa donde te ríes mientras planeas mi muerte confirman su versión.

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