Tres patrullas y una ambulancia frenaron bruscamente bloqueando la carretera. Los oficiales bajaron con las armas desenfundadas, confundidos por la escena, un hombre en traje empapado pisando a otro, una mujer rica llorando en el suelo y una empleada doméstica protegiendo a dos niños en una parada de autobús. “Policía, manos arriba!”, gritó un sargento. “¡Ayúdenme!”, chilló Valeria poniéndose de pie de un salto y corriendo hacia los policías con una actuación digna de un Óscar. Oficiales. Gracias a Dios, ese hombre está loco.
Es mi esposo. Tuvo un brote psicótico. Intentó matarnos a mí y a mi socio. “¡Miren, tiene un arma”, señaló la pistola quecía en el suelo lejos de Thiago. Los policías, viendo a una mujer rubia, elegante, aunque despeinada y aparentemente indefensa, giraron sus armas hacia Thiago. “Señor, levante las manos y aléjese del sujeto en el suelo”, ordenó el sargento. Thiago no levantó las manos, simplemente giró la cabeza y miró al sargento con una calma que desconcertó a la autoridad.
Sargento Méndez, baje el arma”, dijo Thiago con voz firme. “Soy Thiago Montemayor y le sugiero que revise quién es el dueño de la comisaría que acaban de remodelar con donaciones privadas antes de apuntarme.” El sargento entrecerró los ojos bajo la lluvia, reconoció el rostro. era el hombre de las revistas de negocios, el filántropo más poderoso de la ciudad, pero se suponía que estaba paralítico. Señor Montemayor, pero el reporte decía, “El reporte está desactualizado, interrumpió Thiago. Ese hombre en el suelo es Roberto Castillo, mi socio, y esa mujer es Valeria, mi esposa.
Ambos están bajo arresto ciudadano por intento de homicidio, extorsión, secuestro de menores y fraude. El arma es de ellos. Mis huellas no están en el gatillo, pero las de ellos sí. Valeria intentó intervenir de nuevo agarrando el brazo del sargento. Miente. Es un inválido. Está delirando por los medicamentos. Mírenlo. Está de pie. Es un milagro falso. Seguramente nos atacó. Cállese, gritó Gabriela. Fue un grito tan desgarrador que todos guardaron silencio. Gabriela avanzó cojeando, mostrando el costado de su uniforme sucio de lodo y sangre, donde Valeria la había pateado.
Ellos iban a matar a los niños. El señor Thiago solo nos defendió. Miren a los niños. Pregúntenles quién les apuntó con la pistola. El sargento miró a los gemelos. Lucas señaló con su dedo tembloroso a Roberto, que seguía gimiendo en el suelo. “El señor malo quería hacer puma mi hermano”, dijo el niño con inocencia brutal. Esa fue la sentencia. La palabra de un niño no se puede comprar. Espósenlos”, ordenó el sargento a sus hombres, cambiando su actitud al instante.
“No, no saben con quién se meten”, gritaba Valeria mientras un oficial le ponía las esposas frías en las muñecas. “Soy Valeria Montemayor. Tengo abogados.” Thiago, diles que paren. Era una broma. Solo queríamos asustarte para que firmaras. No íbamos a disparar de verdad. Thiago se acercó a ella mientras la subían a la patrulla. Se inclinó para que solo ella pudiera escucharlo. La broma se acabó, Valeria, y te prometo que te vas a reír muy poco en la prisión federal de mujeres.
Mientras se llevaban a Valeria y a Roberto, quien lloraba pidiendo un médico, los paramédicos atendieron a Gabriela. Señor, tiene dos costillas fisuradas y múltiples contusiones. Le informó el paramédico a Thiago. Necesita ir al hospital. Thiago asintió, pero Gabriela negó con la cabeza agarrando la mano de Thiago. No, no quiero ir al hospital y dejar a los niños. No me sepó la mano con ternura. Nadie te va a separar de nosotros nunca más, Gabriela. Pero necesitas atención médica.
Iremos todos. Thiago se giró hacia el sargento Méndez. Sargento, quiero que escolten la ambulancia al hospital privado Santa María y quiero que mande una unidad a mi mansión. Tengo grabaciones de seguridad en la nube que muestran todo lo que pasó dentro de la casa antes de que nos echaran. Quiero que aseguren esa evidencia antes de que el personal de seguridad corrupto intente borrarla. A la orden, señor Montemayor. Thiago subió a la ambulancia junto con Gabriela y los gemelos.
Mientras el vehículo arrancaba, alejándose de la lluvia y la oscuridad, Thiago miró a Gabriela. Ella estaba pálida, dolorida, pero sonreía al ver a los niños seguros. En ese momento, Thiago supo que su vida anterior, la vida de lujos vacíos y apariencias, había muerto en esa parada de autobús y algo nuevo, algo real estaban haciendo. Pero primero tenía que terminar de limpiar la basura. Todavía quedaba una cuenta pendiente. Ramírez y los guardias que los habían traicionado. Gabriela dijo Thiago mientras el médico le vendaba el torso a ella.
Descansa ahora. Mañana cuando salgamos de aquí vamos a volver a casa y tú vas a entrar por la puerta grande, no como empleada, como dueña. Gabriela lo miró confundida y abrumada. Señor, yo no quiero ser dueña de nada. Solo quiero que usted y los niños estén bien. Por eso mismo, respondió él, porque eres la única que no quiere nada. te mereces todo. La mañana siguiente amaneció con un sol radiante, como si la tormenta de la noche anterior hubiera lavado la maldad de la ciudad.
Pero dentro de la mansión Montemayor el ambiente era fúnebre. Ramírez, el jefe de seguridad, caminaba nervioso por el vestíbulo de mármol. Había intentado llamar a Valeria y a Roberto toda la noche, pero nadie contestaba. Los rumores decían que la policía había estado en la carretera, pero no había confirmación. Seguro se fueron de viaje a celebrar y apagaron los teléfonos, le dijo uno de los guardias jóvenes tratando de calmarse. El jefe, digo, el exjefe, el inválido. Seguro murió de frío o está en algún albergue.
Ya hicimos lo que nos pidieron. nos van a dar el bono y listo. En ese momento, el gran portón de hierro de la entrada principal se abrió lentamente. No entró el Deportivo de Roberto. Entró una limusina negra blindada, seguida por dos patrullas de policía. Ramírez sintió un nudo en el estómago. El coche se detuvo frente a la escalinata. El chóer, un hombre nuevo que Ramírez no conocía, corrió a abrir la puerta trasera. Primero bajaron los niños corriendo y riendo con ropa nueva y juguetes en las manos.
Luego bajó Gabriela. No llevaba su uniforme de sirvienta. Llevaba un vestido sencillo, pero elegante de color crema, que Thiago había ordenado traer al hospital. Y aunque caminaba con dificultad por las vendas en sus costillas, llevaba la cabeza alta y finalmente bajó él. Ramírez sintió que las piernas le fallaban. Thiago Montemayor bajó del auto caminando sin silla de ruedas, sin bastón, con un traje gris impecable hecho a medida y unas gafas de sol que ocultaban sus ojos, pero no su expresión de sentencia.
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