Thiago sintió náuseas. Valeria no solo era ambiciosa, era un monstruo. Había abandonado a su propio hijo para mantener su estatus de esposa de millonario. Guardé esto porque sabía que algún día ella intentaría hacerle daño a usted o a los gemelos. Dijo Gabriela. Ella odia a Mateo y a Lucas porque le recuerdan que ella es madre, pero una madre que regaló a su hijo. Ellos son la prueba viviente de su fracaso moral. Señor, ella no lo quiere. Nunca lo quiso.
Thiago guardó los papeles en el bolsillo interior de su chaqueta seca debajo del suéter mojado de Gabriela. miró a la mujer frente a él, una mujer que no tenía nada, pero que acababa de darle el arma más poderosa del mundo, la verdad absoluta. Thiago se inclinó hacia adelante. Por primera vez en meses, sus ojos brillaron con el fuego del tiburón monteayor, el hombre que dominaba los negocios. Pero esta vez el fuego estaba templado por una ternura infinita.
Gabriela dijo él levantando una mano para tocar la mejilla golpeada de ella. Levántate. Ella obedeció confundida. Thiago se quitó la manta de las piernas, puso los pies en el suelo, se agarró de los bordes de la silla de ruedas y con un movimiento fluido y poderoso se puso de pie. Su altura de un 90 met pareció llenar la pequeña parada de autobús. Gabriela jadeó llevándose las manos a la boca, aunque ya sabía que él podía hacerlo. Verlo erguido, fuerte, imponente era diferente.
“Se acabó el juego”, dijo Thiago. “Ya tengo lo que necesitaba. Sé quién es mi enemiga y lo más importante, sé quién es mi compañera.” Thiago se quitó la chaqueta de traje que estaba seca por dentro y se la puso a Gabriela sobre los hombros cubriéndola. “Señor, ¿qué va a hacer?”, preguntó ella temblando. “Vamos a volver”, dijo él mirando hacia la colina donde la mansión se alzaba como un castillo oscuro. “Y voy a limpiar mi casa.” Pero antes de que pudieran dar un paso, unas luces de faros cortaron la oscuridad.
Un autode deportivo negro bajó a toda velocidad por la colina y frenó chirriando frente a la parada de autobús. La ventanilla bajó, era Roberto y a su lado Valeria con una sonrisa desquiciada. “Vaya, vaya!”, gritó Valeria sin ver que Thiago estaba de pie porque él se había sentado rápidamente al ver las luces. “¡Qué imagen tan patética! Parecen ratas ahogadas.” Roberto se rió. Vinimos porque el notario dice que pensándolo bien necesita una huella digital, aunque sea en presencia de testigos externos, para validar el acta de incapacidad de emergencia.
Así que Roberto sacó una pistola de la guantera. O pones la huella por las buenas, o le meto un tiro a la sirvienta aquí mismo y decimos que fue un asalto. Nadie va a investigar la muerte de una pobretona. Valeria se bajó del auto con el documento en la mano, protegiéndose de la lluvia con un paraguas. Última oportunidad, Thiago. Firma o ella muere. Gabriela se interpuso entre el arma y Thiago, abriendo los brazos en cruz. No”, gritó ella, “a él no lo tocan.” Thiago desde la silla sintió que su sangre hervía.
Ya no era un juego de ajedrez, ahora era la guerra. Y ellos acababan de cometer el error fatal de amenazar lo único que a él le importaba. Ahora la lluvia caía con la fuerza de mil látigos sobre el techo de lámina de la parada de autobús, pero el frío metal del cañón de la pistola apuntando al pecho de Gabriela helaba la sangre mucho más que el clima. “Apártate, estúpida!”, gritó Roberto con los ojos inyectados en sangre y alcohol.
“No tengo paciencia para jugar al héroe. Si no te mueves en 3 segundos, te juro que te vuelo la cabeza y luego obligo al inválido a firmar con tu sangre.” Thiago, sentado en la silla de ruedas, sintió como el instinto asesino se apoderaba de cada músculo de su cuerpo. Sus piernas, tensas bajo la manta empapada estaban listas para catapultarlo hacia adelante. Calculó la distancia, 2 m. Si saltaba, Roberto podría disparar por reflejo. La bala podría darle a Gabriela o peor aún a uno de los gemelos que lloraban aterrados en el banco de cemento detrás de ella.
Tenía que esperar el error. Tenía que esperar a que se acercaran. No le haga daño! Suplicó Gabriela con la voz ahogada por el llanto, pero sin moverse ni un milímetro. Sus brazos seguían extendidos, formando una cruz humana entre el arma y Thiago. Él firmará, pero bajen el arma, por favor. Hay niños presentes. Valeria, protegida bajo su paraguas de diseñador, soltó una risa nerviosa y cruel. Se acercó a Thiago, aprovechando que Gabriela estaba paralizada por el arma de Roberto.
“Escucha a tu sirvienta, cariño”, susurró Valeria al oído de Thiago, agarrándole la mano izquierda con violencia. “Ella es más lista que tú. Ahora dame ese dedo. Valeria sacó una almohadilla de tinta del bolsillo de su abrigo. La lluvia amenazaba con arruinar todo, así que se inclinó sobre él cubriendo el papel con su propio cuerpo. “Roberto, mantén el arma fija”, ordenó ella. Thiago dejó la mano muerta, flácida. Necesitaba que se confiaran. Necesitaba que creyeran que estaba derrotado. Valeria presionó el pulgar de Thiago contra la tinta negra y luego, con fuerza bruta lo estampó contra el documento que tenía apoyado en una carpeta rígida.
“Ahí está!”, gritó Valeria triunfante, levantando la hoja para verificar la huella bajo la luz tenue de la farola. “Es perfecta. Todo es mío, todo es nuestro, Roberto. Pero en ese instante de distracción, mientras Valeria celebraba su victoria y Roberto bajaba el arma unos centímetros para mirar el papel, Gabriela vio su oportunidad. No era una luchadora, no sabía de artes marciales, pero era madre en todo, menos en sangre, y una madre defiende. Gabriela se agachó rápidamente, agarró un puñado de grava y lodo del suelo y se lo lanzó con todas sus fuerzas a la cara de Roberto.
perra, aulló Roberto soltando el arma por un segundo para llevarse las manos a los ojos, cegado por la tierra y el dolor. La pistola cayó al asfalto mojado, resbalando hacia la carretera. “El arma, agárrala, Valeria”, gritó Roberto tropezando a ciegas. Valeria, reaccionando por puro instinto de supervivencia, soltó el documento que salió volando, llevado por el viento y la lluvia hacia la oscuridad y se lanzó hacia la pistola. Pero Gabriela fue más rápida, o al menos lo intentó.
Se lanzó sobre el asfalto, raspándose las rodillas, tratando de alcanzar el metal frío antes que la esposa del millonario. Sus dedos rozaron la empuñadura. No”, gritó Valeria. Valeria, furiosa por haber perdido el documento millonario, le propinó una patada brutal a Gabriela en las costillas. El sonido sordo del impacto hizo que Thiago cerrara los ojos por un microsegundo, sintiendo el dolor de ella como propio. Gabriela soltó un gemido agudo y rodó por el suelo, quedándose sin aire, incapaz de alcanzar el arma.
Valeria recogió la pistola, se puso de pie temblando, empapada, con el maquillaje corrido haciéndola parecer un payaso diabólico. Ya no apuntaba con firmeza. Sus manos temblaban por la adrenalina y el frío, lo que la hacía aún más peligrosa. Se acabó, chilló Valeria, apuntando indiscriminadamente entre Gabriela, que se retorcía de dolor en el suelo, y Thiago. Me has arruinado la vida por última vez, sirvienta del demonio. Perdí el papel. El viento se lo llevó. Ahora tengo que matarlos.
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