Ramírez, saca a este hombre de mi casa”, ordenó Valeria señalando a Thiago. Se ha vuelto violento, me atacó y llévate a la sirvienta y a los niños con él a la calle. Ramírez parpadeó incrédulo. Miró a Thiago. Pero, señora, es el señor Thiago. Es su casa. Está lloviendo a cántaros afuera. Ya no es su casa. Intervino Roberto acercándose a Ramírez y poniéndole un fajo de billetes en el bolsillo de la camisa. A partir de mañana, yo soy el nuevo administrador y si quieres conservar tu empleo, harás lo que se te ordena, sácalos ahora o tú también te vas a la calle con ellos.
Ramírez dudó, miró el dinero, miró a Thiago postrado en la cama. La codicia y el miedo brillaron en sus ojos. Bajó la mirada. Lo siento, señor Thiago, murmuró Ramírez. Tengo familia que mantener. Thiago asintió levemente con una decepción que le pesó más que la parálisis fingida. No te preocupes, Ramírez, dijo Thiago con voz tranquila, helada. Haz lo que tengas que hacer, pero recuerda este momento. Menos charla y más acción. Ladró Valeria. Cárguenlo si es necesario y quítenle esa silla de ruedas eléctricas.
Esa se queda. Denle la vieja de madera que está en el sótano. Lo que siguió fue una escena de crueldad absoluta. Los guardias, evitando mirar a los ojos a su antiguo jefe, lo levantaron de la cama con brusquedad. Thiago dejó su cuerpo muerto sin ofrecer resistencia. Lo sentaron en una silla de ruedas vieja, oxidada y rígida que trajeron del depósito. Gabriela corrió hacia él tratando de cubrirlo con una manta. “Déjenlo, tengan piedad”, gritaba ella mientras Valeria se reía.
“Esa manta es de Cachemira, déjala ahí”, ordenó Valeria. No se lleva nada de valor. Gabriela, con lágrimas en los ojos, se quitó su propio suéter de lana barata y se lo puso sobre los hombros a Thiago. Luego cargó a Lucas y agarró la mano de Mateo. Vamos, Señor, yo estoy aquí, susurró ella con la voz quebrada. La procesión bajó por las escaleras principales. Valeria y Roberto lo seguían desde la barandilla, copas en mano, disfrutando del espectáculo como emperadores romanos, viendo a los cristianos ir a los leones.
Al llegar a la puerta principal, Ramírez la abrió. El sonido de la tormenta entró con fuerza. El viento ahullaba y la lluvia caía como cortinas de hielo. Fuera. gritó Valeria desde arriba. Y no vuelvan a acercarse a mi propiedad o llamo a la policía por allanamiento. Ramírez empujó la silla de ruedas hasta el final de la rampa de acceso y los dejó allí bajo el aguacero torrencial. “Perdóneme, jefe”, dijo Ramírez antes de correr de vuelta al interior y cerrar la pesada puerta de roble.
El golpe de la puerta cerrándose sonó como un disparo final. Se quedaron solos. La oscuridad de la noche solo era rota por los relámpagos. Thiago, sentado en la silla vieja sentía el agua helada empapar su ropa en segundos. Los gemelos comenzaron a llorar a gritos, aterrados por los truenos y el frío, pero entonces sintió unos brazos rodearlo. No eran los brazos de la derrota, eran los brazos de Gabriela. Ella no corrió a buscar refugio para ella. Lo primero que hizo fue abrazarlo a él y a los niños, creando un escudo humano contra la lluvia con su propio cuerpo frágil.
“No se preocupe, señor Thiago”, dijo ella gritando para hacerse oír sobre el viento. “No dejaré que se enferme. Vamos, hay una parada de autobús bajando la colina. Podemos refugiarnos ahí.” Gabriela se puso detrás de la silla de ruedas. Sus zapatos resbalaban en el asfalto mojado. La silla vieja tenía las ruedas atascadas, pero ella empujó. empujó con una fuerza que nacía del amor puro, no por el millonario, sino por el ser humano. Sus músculos se tensaron, sus pies sangraban dentro de los zapatos baratos, pero no se detuvo.
Thiago, con la cabeza baja para protegerse del agua, sintió una emoción que nunca había experimentado con sus millones. Estaba siendo salvado, realmente salvado. Gabriela intentó decir, “Guarde fuerzas, señor”, le respondió ella jadeando. “Ya casi llegamos.” Llegaron a la pequeña estructura de concreto de la parada de autobús. Estaba sucia y tenía grafitis, pero el techo los protegía de la lluvia directa. Gabriela frenó la silla y corrió a sentar a los niños en el banco de concreto, sacando de su bolsillo unos chocolates que había guardado.
“Miren, mis amores, es una aventura”, les dijo a los gemelos secándoles las caritas con sus manos frías. “Coman esto, todo va a estar bien.” “Papá está aquí.” “Yo estoy aquí.” Luego se giró hacia Thiago, se arrodilló frente a él en el suelo sucio, tomándole las manos heladas entre las suyas para darle calor. “Señor”, dijo ella mirándolo a los ojos con el rímel corrido por la lluvia, pero con una mirada de acero. “Necesito decirle algo, algo que debí decirle antes.” Thiago la miró.
El momento de la verdad había llegado, pero no era él quien iba a hablar primero. El ruido de la lluvia golpeando el techo de lámina de la parada de autobús creaba una burbuja de aislamiento acústico. El mundo de lujos, traiciones y mentiras había quedado atrás, allá arriba en la colina, dentro de la mansión iluminada. Aquí abajo, en la oscuridad y el frío, solo existía la verdad. Thiago miró a Gabriela. Estaba empapada hasta los huesos. Su uniforme azul estaba pegado a su cuerpo y temblaba violentamente, pero no soltaba sus manos.
Estaba transfiriendo el poco calor corporal que le quedaba a él. ¿Qué pasa, Gabriela?, preguntó Thiago. ya no usó su voz de enfermo. Habló con su voz normal, firme y profunda. Pero Gabriela, curiosamente no pareció sorprenderse. Gabriela respiró hondo, bajó la mirada hacia las manos de Thiago y luego volvió a subirla a sus ojos. “Señor, yo sé que usted no está paralítico”, soltó ella. El mundo de Thiago se detuvo por un segundo. El trueno que retumbó a lo lejos pareció insignificante comparado con esa confesión.
¿Qué? Preguntó él genuinamente sorprendido. Había engañado a los mejores médicos con sobornos, a su esposa, a sus socios. ¿Cómo podía saberlo ella? Lo sé desde hace tres días”, continuó Gabriela hablando rápido, como si necesitara sacar el secreto de su pecho. La noche que volvió del hospital, entré a su cuarto a limpiar cuando pensé que dormía. Lo vi mover las piernas, lo vi estirarse. Al principio me asusté, pensé que era un milagro, pero luego luego lo vi mirando una foto de la señora Valeria con una expresión de de tristeza y cálculo.
Gabriela apretó las manos de él con más fuerza. Entendí que usted estaba probándola, que estaba buscando algo que el dinero no puede comprar, la verdad. Por eso no dije nada. Por eso le seguía el juego cuando la señora Valeria lo insultaba. Por eso le daba las medicinas falsas que usted escupía en la servilleta cuando creía que nadie lo veía. Yo las tiraba a la basura para que ella no las encontrara. Thiago se quedó mudo. Sintió una opresión en el pecho, pero esta vez era de gratitud pura.
Todo este tiempo él pensaba que estaba solo en su trinchera, observando al enemigo, pero no estaba solo. Tenía un aliado en las sombras, un ángel guardián con guantes amarillos. ¿Por qué?, preguntó Thiago con la voz ronca por la emoción. ¿Por qué no me delataste? Valeria te habría pagado una fortuna por esa información. Podrías haberte ido de aquí, haber ayudado a tu madre. Gabriela negó con la cabeza. Una sonrisa triste pero digna apareció en sus labios. El dinero de la traición es dinero maldito, señor.
Se acaba rápido y deja el alma sucia. Además, Gabriela miró hacia el banco donde los gemelos, Mateo y Lucas, comían sus chocolates ajenos al drama de los adultos. Es por ellos, por los niños. Gabriela metió la mano dentro de su ropa, sacando un sobre de plástico hermético que había mantenido pegado a su piel para protegerlo de la lluvia. Hace un mes antes de su accidente, la señora Valeria estaba hablando por teléfono. Estaba borracha. Dejó caer esto. Gabriela le entregó el sobre.
Son los resultados de una prueba de ADN que ella se hizo a escondidas. Thiago tomó el sobre con manos que ya no fingían debilidad. Lo abrió bajo la luz tenue de la farola de la calle. Era un documento oficial de un laboratorio genético. Resultado de paternidad. Excluido. Madre. Valeria Montemayor. Padre desconocido. Thiago frunció el seño. Confundido. No entiendo, Gabriela. Mateo y Lucas son mis hijos biológicos. Mi primera esposa murió en el parto, pero yo sé que son míos.
Siga leyendo, Señor”, dijo Gabriela suavemente. Thiago pasó la página. Había otro documento, una prueba de maternidad, resultado de maternidad, excluido. Thiago levantó la vista atónito. “¿Qué significa esto? Esos papeles no son de Mateo y Lucas, señor”, explicó Gabriela. Esos papeles son de un embarazo que la señora Valeria tuvo hace dos años, justo cuando nacieron los gemelos. Ella le dijo a usted que perdió al bebé, ¿recuerda, pero no lo perdió. El bebé nació, pero como no era de usted, sino de su amante Roberto, ella lo dio en adopción ilegalmente para que usted nunca se enterara de su infidelidad.
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