“¿Lo quieres? Tómalo.” Inclinó el vaso lentamente. El agua cayó. No en la boca de Thiago, sino sobre su pecho, empapando las vendas y las sábanas caras. El agua fría le provocó un espasmo real, pero se aguantó. “Uy, se me resbaló”, dijo Valeria con voz burlona. “Parece que tendrás que dormir mojado. No voy a llamar a Gabriela para que te cambie. A ver si así aprendes a no molestar tanto. ¿Por qué haces es esto?”, preguntó Thiago con voz suave, dejando que la humillación llenara la habitación.
“Porque me das asco, Thiago. Mírate, eres patético.” En ese momento, un pequeño soyozo se escuchó desde la puerta. Los gemelos, que se habían escapado del control de Gabriela en el pasillo, entraron corriendo. Al ver a su padre mojado y a la bruja, como la llamaban en secreto, de pie junto a él, corrieron hacia la cama. “¡Papá, papá!”, gritó Mateo tratando de subir a la cama alta. Valeria giró furiosa. “Otra vez estos mocosos, Gabriela!” Gabriela entró corriendo pálida.
“Lo siento, señora. Se soltaron. Son muy rápidos. Gabriela vio las sábanas mojadas y a Thiago tiritando levemente. Su mirada cambió de miedo a indignación en un segundo. Sin decir una palabra a Valeria, corrió al baño, trajo una toalla seca y comenzó a secar el pecho de Thiago, ignorando la presencia de la esposa. “No toques a mi marido”, gritó Valeria. Alguien tiene que hacerlo porque usted solo lo está torturando, respondió Gabriela sin detenerse. Levantó a los gemelos y los puso sobre la cama al lado seco para que abrazaran a su padre.
Los niños se acurrucaron contra Thiago, dándole el calor que Valeria le negaba. Valeria, roja de ira, agarró a Gabriela del brazo y la jaló con fuerza, casi tirándola al suelo. Estás despedida. Lárgate de mi casa ahora mismo, tú y estos niños del demonio. Thiago sintió que era el momento. Su mano derecha oculta bajo la sábana mojada se cerró en un puño de hierro. Estaba listo para terminar la farsa. Iba a levantarse y echar a esa mujer de su vida para siempre.
Pero entonces recordó algo que su abogado le había dicho. Necesitamos que ella firme la renuncia voluntaria a las capitulaciones matrimoniales, creyendo que tú estás incapacitado o te quitará la mitad por divorcio. Tenía que aguantar un poco más, solo un poco más. Valeria, no la eches”, suplicó Thiago tragándose su orgullo. ¿Quién me va a cuidar? Tú no quieres hacerlo, déjala al menos hasta que firme los papeles mañana. Si la echas hoy, no firmo nada. Valeria se detuvo. Su codicia era más fuerte que su ira.
Lo pensó un momento calculando. Bien, dijo ella, soltando a Gabriela con un empujón. Se queda hasta mañana a las 9 a. En cuanto firmes, ella se va y los niños se van a un internado militar o a la calle, no me importa. Valeria se arregló el vestido, miró con asco la escena familiar de Thiago abrazado a sus hijos y a la sirvienta, y salió de la habitación. Tienes una noche, Thiago, disfrútala. Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió.
Gabriela estaba temblando, pero no lloraba. Señor, voy a buscar sábanas secas. susurró ella. Thiago le agarró la muñeca suavemente. Gabriela, espera. Ella lo miró, sus grandes ojos marrones llenos de preocupación. Si mañana me echan, quiero que sepas que tengo un dinero ahorrado dijo Gabriela rápidamente. No es mucho, pero alcanza para rentar un cuartito. Usted y los niños pueden venir conmigo. Yo los cuido. No dejaré que lo manden a ese asilo ni a la sierra. Thiago sintió una lágrima real rodar por su mejilla.
Hacía años que no lloraba. La sinceridad de esa mujer, ofreciéndole su pobreza para salvarlo de su riqueza vacía, lo rompió por dentro. “Gracias, Gabriela”, dijo él con una voz que ya no sonaba tan débil. “Pero no será necesario mañana. Mañana todo va a cambiar. Solo necesito que confíes en mí. Pase lo que pase cuando llegue el notario, no intervengas hasta que yo te diga. ¿Me lo prometes? Gabriela no entendía, pero asintió. Se lo prometo, señor. Thiago miró hacia la ventana, donde las luces de la ciudad brillaban como monedas de oro en la oscuridad.
Mañana Valeria se llevaría la sorpresa de su vida y Gabriela, Gabriela recibiría lo que merecía. Pero ninguno de los dos sabía que Valeria tenía un as bajo la manga. Mientras bajaba las escaleras, sacó su teléfono y marcó un número. “Hola, mi amor”, dijo Valeria con una voz dulce y perversa. “Ven a la casa. El estúpido de mi marido está incapacitado en la cama. Podemos celebrar por adelantado. Y trae al notario corrupto. No vamos a esperar a las 9.
Lo haremos esta misma noche. Suscríbete para ver como la llegada del amante de Valeria desató el caos y la reacción impensable de Thiago cuando intentaron sacarlo de su propia cama a la fuerza. El sonido del timbre resonó en la mansión como una sentencia de muerte. Apenas habían pasado 30 minutos desde que Valeria hizo la llamada y el destino de Thiago parecía sellado. “Debe ser Roberto. Y trae el champán”, dijo Valeria con una sonrisa maliciosa, alisándose el vestido frente al espejo de cuerpo entero, ignorando deliberadamente a su esposo postrado en la cama.
Trata de no babear cuando lo veas, Thiago. Roberto es todo lo que tú ya no eres. Un hombre de verdad, fuerte, viril y pronto muy rico. Thiago no respondió. Mantuvo los ojos cerrados, regulando su respiración. Cada fibra de su cuerpo le pedía saltar de esa cama y estrangularla, pero la disciplina que lo había llevado a construir un imperio desde la nada era la misma que ahora lo mantenía inmóvil. Paciencia. Se repitió mentalmente, “Déjala que se confíe. Déjala que muestre todas sus cartas”.
La puerta de la habitación se abrió de par en par sin llamar. Entró Roberto, un socio menor de la firma de Thiago, un hombre que Thiago siempre había considerado un parásito adulador, pero inofensivo. Qué equivocado estaba. Roberto vestía un traje italiano impecable y traía una botella de don pereguiñón en una mano y dos copas en la otra. “Buenas noches, bella durmiente”, exclamó Roberto riendo mientras entraba y besaba apasionadamente a Valeria en los labios. Justo frente a los pies de la cama de Thiago.
¿Cómo está el vegetal más caro de la ciudad? Igual de inútil que siempre, respondió Valeria, devolviéndole el beso con una lascibia exagerada, asegurándose de que Thiago lo viera. Pero no te preocupes, mi amor, mañana será historia, o mejor dicho, esta misma noche, en cuanto llegue el notario. Thiago abrió los ojos lentamente. Ver a su amigo y socio besando a su esposa en su propia habitación mientras planeaban robarle su fortuna era una tortura psicológica diseñada al milímetro. Roberto”, murmuró Thiago con voz rasposa, fingiendo dificultad para hablar.
“Tú eras mi amigo. Te di trabajo cuando nadie”. Roberto soltó una carcajada y se acercó a la cama inclinándose sobre Thiago. El olor a colonia barata y alcohol golpeó la nariz del millonario. “Negocios son negocios, Thiago. Tú estás acabado. Mírate. Eres un peso muerto. Valeria merece a alguien que pueda satisfacerla en la cama y en el banco. Además, siempre te odié. Siempre tan perfecto, tan moral. Me enfermas. Roberto se giró y le sirvió una copa a Valeria.
brindaron haciendo chocar el cristal fino justo encima de la cabeza de Thiago. Por el nuevo dueño de Industrias Montemayor, brindó Valeria, y por la libertad, respondió Roberto. En ese momento, Gabriela entró en la habitación con una bandeja. Traía sábanas limpias y un poco de sopa caliente para Thiago, tal como había prometido. Al ver a Roberto y la escena del brindis se detuvo en seco, horrorizada. ¿Qué? ¿Qué está pasando aquí? Preguntó Gabriela apretando la bandeja contra su pecho.
Roberto se giró mirándola de arriba a abajo con una mueca de desagrado. ¿Y esta quién es? La famosa sirvienta que defiende al liciado. Valeria, me dijiste que era una mosca muerta, pero tiene buenos atributos. Roberto dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio. Oye, bonita, cuando este se muera o lo tiremos al asilo, podrías quedarte. Necesitamos a alguien que limpie nuestras fiestas. Gabriela retrocedió. Sus ojos lanzaban chispas de indignación. Tenga respeto. El señor Thiago está enfermo, no muerto.
Salgan de aquí, por favor. Necesita descansar. Valeria se acercó rápidamente y le dio un manotazo a la bandeja. El plato de sopa salió volando y se estrelló contra el suelo, salpicando el uniforme de Gabriela y la alfombra persa. “Tú no das órdenes en mi casa, estúpida!”, gritó Valeria. Limpia eso ahora mismo y prepárate, porque cuando llegue el notario vas a ser testigo. Quiero que veas cómo tu querido señor firma su propia sentencia y te deja en la calle.
Thiago vio como Gabriela se arrodillaba para recoger los trozos de cerámica rota. Sus manos temblaban, pero no de miedo, sino de impotencia. podía ver en sus ojos que estaba calculando, pensando en cómo salvarlo. “No hagas nada, estúpido, Gabriela”, pensó Thiago. “No te pongas en peligro por mí.” “¿Y qué van a hacer con los niños?”, preguntó Gabriela desde el suelo, sin levantar la vista, mientras recogía los vidrios. Roberto y Valeria intercambiaron una mirada cómplice y cruel. “¡Ah! A los bastardos, dijo Roberto tomando un sorbo de champán.
Tengo un contacto en la frontera, un orfanato, digamos, no oficial. Pagan bien por niños sanos rubios. Nos quitamos el problema y sacamos un dinero extra para la luna de miel. El corazón de Thiago se detuvo por un segundo y luego comenzó a latir con la fuerza de un martillo neumático. Iban a vender a sus hijos. Ya no se trataba solo de dinero, eran unos monstruos. La furia que sentía era tan intensa que sus dedos se clavaron en las palmas de sus manos hasta sangrar bajo las sábanas.
Gabriela se levantó de golpe con un trozo de cerámica afilado todavía en la mano. Sobre mi cadáver, gritó ella, olvidando su papel de empleada su misa. Ustedes no van a tocar a esos niños. Son del señor Thiago. Roberto se rió como si estuviera viendo a un chihuahua ladrarle a un lobo. Qué tierna. ¿Crees que puedes detenernos? Roberto miró su reloj. El notario llega en 10 minutos. Después de la firma nos encargamos de ti y de los mocosos.
Valeria llama a seguridad para que tengan el auto listo. Esta noche limpiamos la casa de basura. Thiago cerró los ojos. 10 minutos. tenía 10 minutos para prepararse mentalmente. Si actuaba ahora, Roberto podría atacarlo. Y aunque Thiago podía caminar, estaba débil por los medicamentos que había estado fingiendo tomar y que secretamente escupía, pero que lo tenían algo mareado. Necesitaba que el notario estuviera presente. Necesitaba que el delito fuera flagrante con testigos legales para hundirlos en la cárcel de por vida.
Gabriela la llamó Thiago suavemente. Déjalo. Limpia esto y vete con los niños a su cuarto. Ciérrate con llave. Pero, Señor, Gabriela lo miró con desesperación. Haz lo que te digo”, ordenó él poniendo un énfasis especial en sus palabras, tratando de transmitirle un mensaje con la mirada. “Confía en mí.” Gabriela sostuvo su mirada unos segundos. Entendió que había un plan o al menos una petición desesperada. Asintió tragándose sus lágrimas y salió de la habitación casi corriendo. Valeria se rió y se sentó en el regazo de Roberto en el sofá.
frente a la cama. ¿Ves, Thiago? Hasta tu fiel perra faldera sabe cuándo ha perdido. Disfruta el espectáculo. Cariño, es tu última noche bajo un techo de lujo. Suscríbete ahora para ver el enfrentamiento brutal en la cocina y el momento exacto en que Thiago decide que ya ha visto suficiente. Gabriela bajó las escaleras con el corazón en la garganta. No fue al cuarto de los niños inmediatamente. Sabía que cerrar la puerta con llave no detendría a dos hombres como Roberto y los guardias de seguridad comprados.
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