Recuerda siempre que vienes de aquí, de esta tierra, de esta gente humilde pero honesta. Prométemelo, hija. Prométeme que nunca nos olvidarás. Nunca, mamá, lo prometo. Respondió Mónica, con los ojos también llenos de lágrimas que rodaban por sus mejillas. Volveré cada fin de semana, las llamaré todos los días. Nunca los voy a olvidar. Esto es solo una despedida temporal. Voy a estudiar, voy a tener éxito y voy a darles todo lo que nunca tuvieron. Les voy a comprar una casa nueva con calefacción para que no pasen frío en el invierno.
Le voy a comprar una máquina de coser nueva a mamá, la mejor del mercado. A papá le voy a comprar un auto para que no tenga que caminar tanto. Van a ver. Todo va a cambiar para mejor. Don Roberto, parado un poco más atrás, con las manos en los bolsillos y tratando de mantener la compostura porque los hombres de su generación no lloraban en público, finalmente se acercó. puso su mano pesada y callosa en el hombro de su hija y dijo con voz ronca por la emoción, “Estoy orgulloso de ti, hija.
Siempre lo he estado. Ahora ve y conquista el mundo. Pero recuerda, conquistar el mundo no sirve de nada si pierdes tu alma en el proceso. No olvides quién eres, de dónde vienes y qué es lo que realmente importa en esta vida. Pero las promesas que hacemos con las mejores intenciones en medio de la emoción del momento, a veces se pierden en el silencio del tiempo, se desvanecen como el humo, se erosionan como la piedra bajo la lluvia constante de los días, de las semanas, de los meses que se convierten en años.
Muchos años después, la niña descalsa de San Miguel de Allende se había convertido en la empresaria Mónica Herrera, dueña de una cadena de boutiques de ropa de lujo que se había expandido por todo México. Su empresa, Herrera Fashion Group, tenía tiendas en la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, Cancún y acababa de abrir su primera boutique internacional en Miami. Empleaba a más de 300 personas. Los medios de comunicación la llamaban la reina de la moda mexicana, la empresaria del año, el rostro del nuevo México emprendedor.
Y junto con el éxito vertiginoso, junto con los millones en la cuenta bancaria, junto con las invitaciones a desfiles de moda en París y Milán, junto con las apariciones en revistas de lujo y programas de televisión, vino la distancia. Una distancia que al principio era solo física, geográfica, medida en los 400 km entre la Ciudad de México y San Miguel de Allende, pero que lentamente, insidiosamente se convirtió en algo más profundo, más oscuro, más doloroso, una distancia emocional, espiritual del alma.
Las visitas a San Miguel de Allende disminuyeron gradualmente. Al principio, Mónica volvía cada fin de semana tal como había prometido, tomando el autobús de 4 horas cada viernes por la tarde. Luego fue cada dos semanas porque tenía mucha tarea que hacer. Luego una vez al mes porque tenía que trabajar los fines de semana. Luego cada dos meses porque estaba abriendo nuevas tiendas. Luego solo en Navidad y en el cumpleaños de su madre. Y finalmente ni siquiera eso.
Siempre había una excusa válida, convincente, razonable, una reunión importante con proveedores, un evento de moda al que tenía que asistir, una apertura de tienda que no podía perderse, una junta con inversionistas que había tomado meses coordinar. Las llamadas telefónicas también se volvieron cada vez más raras, más espaciadas, más breves. Doña Esperanza todavía llamaba todos los domingos religiosamente como quien asiste a misa sin falta. marcaba el número que Mónica le había dado. Esperaba mientras sonaba el tono, su corazón lleno de esperanza de que esta vez, esta vez sí, su hija respondería, pero era casi imposible conseguir hablar con ella directamente.
Siempre quien atendía era su yerno Fernando, el esposo de Mónica, un hombre que doña Esperanza había conocido solo dos veces, en la boda elegante en la Ciudad de México, donde ella y Roberto se sintieron completamente fuera de lugar entre tanta gente rica. Y en una visita breve a San Miguel 3 años atrás que duró apenas unas horas. “¡Ah, doña Esperanza”, decía Fernando con una voz educada pero fría. profesional, como si estuviera atendiendo una llamada de negocios y no de su suegra.
Mónica está en una reunión muy importante ahora. Ya sabe cómo es esto del mundo de la moda. No para nunca. Estamos en medio de la temporada alta, pero puede estar tranquila. Yo le doy el mensaje. Cuando tenga un momento libre, le pido que la llame de vuelta. Esa devolución de llamada nunca llegaba. Nunca. Doña Esperanza esperaba todo el domingo sentada junto al teléfono viejo que tenía en la sala, ese teléfono de disco que todavía funcionaba perfectamente. Esperaba el lunes pensando que tal vez su hija estaba muy ocupada el domingo.
Esperaba el martes, repasando mentalmente lo que le diría cuando llamara. esperaba el miércoles. Para el jueves, la esperanza comenzaba a desvanecerse como la neblina matutina. Para el viernes aceptaba que no iba a recibir esa llamada y el domingo siguiente empezaba todo de nuevo, el ciclo de esperanza y decepción que se repetía semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Aún así, a pesar de las decepciones repetidas, a pesar del dolor que le causaba cada silencio, cada promesa incumplida, cada te llamo después que nunca llegaba, doña Esperanza esperaba.
Porque eso es lo que hacen las madres. Esperan. esperan con una paciencia infinita, con un amor incondicional que no conoce límites ni condiciones, que no se cansa ni se agota, que perdona una y mil veces. Todas las noches, antes de irse a dormir, colocaba el teléfono al lado de la cama en la mesita de noche, junto a la foto de Mónica en su graduación y le decía a su marido con una voz que intentaba sonar optimista, pero que no podía ocultar completamente la tristeza.
¿Quién sabe si mañana llama? Roberto. La niña debe estar muy cansada, debe estar trabajando muchísimo. Seguro que mañana nos llama. Don Roberto, acostado a su lado en la cama que habían compartido durante más de 40 años, solo asentía en silencio, con una mirada triste que reflejaba su propio dolor. Quería decirle a su esposa que dejara de esperar, que dejara de lastimarse con falsas esperanzas, pero no podía porque él también esperaba. Él también mantenía viva la esperanza de que un día su hija recordaría, su hija volvería, su hija sería nuevamente la niña que conocían y amaban.
Nunca imaginaron en sus peores pesadillas que el éxito de su hija. Ese éxito que un día fue motivo de tanto orgullo, ese éxito por el cual habían sacrificado todo, sería el comienzo del mayor sufrimiento de sus vidas. Nunca imaginaron que la educación que le habían dado con tanto esfuerzo, vendiendo sus posesiones más preciadas, trabajando horas extras, pasando hambre para que ella pudiera comer, sería el vehículo que la llevaría lejos de ellos, no solo geográficamente, sino emocionalmente. El tiempo pasó volando, como solo el tiempo puede hacerlo cuando estamos ocupados, cuando estamos distraídos con nuestras propias vidas.
Mónica, ahora graduada con honores con un máster en administración de empresas, comenzó a trabajar en una empresa de moda en la Ciudad de México. Desde el principio quedó claro que era diferente. Era talentosa, extraordinariamente talentosa. Tenía un ojo para las tendencias, para entender qué querían las mujeres, para combinar elegancia con accesibilidad, pero más que su talento para la moda, tenía algo más raro, más valioso, una ambición que parecía no caber dentro de ella, que la devoraba desde adentro, que la impulsaba a trabajar 16 horas al día, 7 días a la semana.
Era dedicada hasta el punto de la obsesión. Dormía en la oficina más noches de las que dormía en casa. Comía en su escritorio. Su vida se había convertido en su trabajo y su trabajo se había convertido en su vida. Tenía una ambición feroz, una necesidad profunda de demostrar algo, aunque ella misma no sabía exactamente qué o a quién. Tal vez necesitaba demostrarse a sí misma que había valido la pena todo el sacrificio de sus padres. Tal vez necesitaba demostrarles a las niñas que se habían burlado de ella en la escuela, que se habían equivocado.
Tal vez necesitaba demostrarle al mundo que una niña pobre de San Miguel de Allende podía llegar tan alto como cualquiera. Tal vez en algún nivel más profundo que ni siquiera ella entendía, estaba tratando de llenar un vacío, de compensar por algo que sentía que le faltaba, de huir de los recuerdos de pobreza que todavía la perseguían en sus sueños. En pocos años, solo 5 años después de graduarse, creó su propia empresa, Herrera Fashion Group. Comenzó con una pequeña boutique en la colonia Roma, vendiendo ropa que ella misma diseñaba por las noches después de su trabajo regular.
Luego abrió una segunda tienda, después una tercera. En 3 años tenía 10 tiendas, en 5 años tenía 30. Su marca se volvió sinónimo de elegancia accesible de moda mexicana con clase internacional. Los medios se dieron cuenta. Los medios siempre se dan cuenta cuando hay una buena historia. Y la historia de Mónica era perfecta. Niña pobre convertida en millonaria por esfuerzo propio. El sueño mexicano hecho realidad. La entrevistaban constantemente en periódicos, revistas, televisión, radio, blogs de moda. Todos querían un pedazo de Mónica Herrera.
Las revistas de negocios publicaban reportajes con titulares sensacionalistas. La mexicana que conquistó el mundo de la moda de San Miguel de Allende a las pasarelas internacionales. La historia de Mónica Herrera, la empresaria que está redefiniendo la moda latinoamericana. Mónica, la niña de San Miguel, la niña que había estudiado con velas cuando cortaban la luz, que había usado zapatos rotos, que había pasado hambre. Ahora vivía en un penhouse de lujo en Polanco, la zona más exclusiva de la Ciudad de México.
No era solo un apartamento, era una obra de arte. Ocupaba todo el último piso de una torre de 40 pisos con ventanales del piso al techo que ofrecían vistas panorámicas de toda la ciudad, con una terraza que parecía flotar sobre las nubes, con una cocina que probablemente costaba más que toda la casa donde había crecido, con baños más grandes que su antigua habitación. tenía personal de servicio, una cocinera, un chóer, no uno, sino dos, para asegurarse de que siempre hubiera alguien disponible cuando lo necesitara.
tenía una asistente personal, luego dos, luego un equipo completo de cinco personas que gestionaban cada minuto de su día, que coordinaban sus reuniones, que respondían sus correos, que organizaban sus viajes internacionales y a su lado, siempre a su lado, estaba Fernando. Fernando era un hombre guapo, objetivamente atractivo, del tipo de belleza que hacía voltear cabezas en cualquier lugar. alto, de complexión atlética, con ese cabello perfectamente peinado hacia atrás que le daba un aire de sofisticación. Vestía siempre trajes de diseñador, aunque nunca demasiado llamativos.
Era inteligente, muy inteligente. Tenía un título en finanzas de una universidad prestigiosa. Hablaba inglés perfecto con acento americano. Entendía de inversiones, de estrategias de negocio, de cómo mover dinero para que se multiplicara. Lo había conocido en un evento de networking para emprendedores 5 años atrás. Él trabajaba para una firma de inversiones que financiaba startups prometedoras. Se habían sentado en la misma mesa durante la cena. Habían conversado sobre negocios, sobre sueños, sobre ambiciones. Habían intercambiado tarjetas de presentación.
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