MATÓN WYLAŁ PIWO NA GŁOWĘ ESCOBARA, NIE WIEDZĄC, KIM JEST. DO DZIŚ TEGO ŻAŁUJE...

Aquellas imágenes mostraban una faceta diferente del hombre que el mundo conocía como el criminal más buscado. Finalmente llegaron a una oficina espaciosa con grandes ventanales que ofrecían una vista panorámica de la hacienda. Detrás de un escritorio de caoba maciza estaba sentado Pablo Escobar, vestido con ropa casual, jeans y una camiseta blanca.

fumaba un cigarrillo mientras revisaba unos documentos. A su lado, de pie, permanecían dos de sus hombres de confianza, ambos con expresiones impasibles. El hombre que había guiado a Rodrigo se retiró cerrando la puerta tras de sí. Pablo levantó la vista y observó a Rodrigo durante varios segundos sin decir palabra. Luego hizo un gesto señalando una silla frente al escritorio.

“Siéntate”, ordenó con voz tranquila pero firme. Rodrigo obedeció sintiendo como el sudor corría por su espalda a pesar del aire acondicionado que mantenía la habitación fresca. Pablo apagó su cigarrillo en un cenicero de cristal y se reclinó en su silla entrelazando las manos sobre su abdomen.

Rodrigo Mendoza, también conocido como el toro, comenzó Pablo demostrando que ya había investigado sobre él. 32 años, nacido en el barrio popular de Medellín, hijo de Ramón Mendoza, quien murió en una riña de bar hace 10 años y de Lucía Mendoza, costurera, tienes antecedentes por lesiones personales, alteración del orden público y extorsión menor.

Trabajas como cobrador para algunos comerciantes del sector usando la intimidación física como tu principal herramienta. ¿Es correcto? Rodrigo asintió débilmente, impresionado por la cantidad de información que Pablo había recopilado en menos de 12 horas. “Sí, señor”, logró articular.

Pablo se inclinó hacia delante apoyando los codos sobre el escritorio. Anoche, en un momento de estupidez monumental, derramaste cerveza sobre mi cabeza en un bar público. ¿Tienes idea de las consecuencias que normalmente tendría ese acto? Rodrigo tragó saliva con dificultad. Sí, señor, lo siento mucho. Estaba borracho y no lo reconocí. Fue el error más grande de mi vida.

Pablo sonrió levemente, pero no era una sonrisa amigable. El error más grande de tu vida hasta ahora. Déjame explicarte algo, Rodrigo. Yo podría hacer que desaparecieras sin dejar rastro. Podría hacer que sufrieras de maneras que ni siquiera puedes imaginar. Podría hacer que tu madre pasara el resto de sus días preguntándose qué fue de su hijo.

Todo eso estaría dentro de mis posibilidades y según las reglas del mundo en el que vivimos, estaría justificado. Rodrigo sintió que el pánico se apoderaba de él. Comenzó a temblar visiblemente. Por favor, don Pablo, le ruego que tenga piedad. Mi madre no tiene a nadie más. Yo haré lo que sea, lo que usted me pida. Trabajaré para usted sin cobrar.

Seré su esclavo si es necesario, pero por favor no me mate. Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Rodrigo. Toda su fachada de hombre duro se había desmoronado completamente. Pablo observó aquella demostración de vulnerabilidad con expresión inescrutable. Después de un silencio que pareció eterno, habló nuevamente.

Levántate, ordenó. Rodrigo obedeció torpemente, poniéndose de pie con dificultad. Pablo también se levantó y caminó hacia la ventana dándole la espalda. Voy a contarte algo que muy poca gente sabe. Cuando yo era joven, más o menos de tu edad, también cometí errores estúpidos. Una vez insulté sin querer a un hombre poderoso en Medellín, alguien que podría haberme eliminado fácilmente. Pero ese hombre, en lugar de matarme, me dio una oportunidad.

me dijo que todos merecemos una segunda oportunidad para demostrar de qué estamos hechos realmente. Pablo se dio la vuelta para mirar directamente a Rodrigo. Voy a darte esa misma oportunidad, pero con condiciones muy claras. A partir de hoy trabajarás para mí, no como esclavo, sino como empleado. Recibirás un salario justo.

Tu trabajo consistirá en tareas de seguridad básica, nada relacionado con el negocio principal. Serás uno más de los muchos hombres que cuidan mis propiedades y mis intereses legítimos. Pero escúchame bien. Si alguna vez me traicionas, si hablas de más, si cometes otro error de juicio como el de anoche, no habrá segunda oportunidad. ¿Entendido? Rodrigo no podía creer lo que estaba escuchando.

Esperaba una sentencia de muerte y, en cambio, recibía una oferta de empleo. Sí, señor, entendido. Le juro por la vida de mi madre que no lo defraudaré. Seré el empleado más leal que haya tenido. Pablo asintió. Eso espero. Ahora uno de mis hombres te explicará tus funciones y te llevará a conocer las instalaciones. Empiezas mañana.

Y Rodrigo, una cosa más. Deja de beber. Un hombre que no controla sus vicios es un hombre débil y yo no empleo hombres débiles. Rodrigo fue escoltado fuera de la oficina. todavía procesando lo que acababa de suceder, había entrado a la hacienda Nápoles esperando morir y salía con un nuevo empleo y una nueva oportunidad de vida.

Pero también sabía que acababa de entrar en un mundo del cual sería muy difícil salir. Los primeros meses de Rodrigo trabajando para Pablo Escobar fueron una revelación completa sobre cómo funcionaba realmente el imperio del narcotraficante más famoso del mundo. fue asignado a un equipo de seguridad que vigilaba una de las propiedades urbanas de Pablo en Medellín, un edificio de apartamentos en el exclusivo barrio El poblado.

Su jefe inmediato era un hombre llamado Gustavo, veterano de la organización con más de 10 años de servicio. Gustavo era un tipo serio, de pocas palabras, pero justo en su trato con los subordinados. El primer día, Gustavo le explicó las reglas básicas. Aquí hay tres principios fundamentales: lealtad, discreción y eficiencia. Si cumples con esos tres, tendrás una vida tranquila y bien remunerada.

Si fallas en cualquiera de ellos, las consecuencias son definitivas. No hay términos medios. Rodrigo tomó aquellas palabras muy en serio. Había dejado de beber completamente, tal como Pablo le había ordenado. Cada mañana se levantaba temprano, desayunaba con su madre, quien estaba feliz de verlo más responsable y con un trabajo estable, aunque no sabía exactamente para quién trabajaba su hijo.

Rodrigo le había dicho simplemente que era seguridad privada para un empresario importante. Su rutina consistía en turnos de 8 horas vigilando el edificio, controlando el acceso de visitantes, realizando rondas periódicas y reportando cualquier actividad sospechosa. El salario era considerablemente mejor que lo que ganaba antes como matón de barrio.

Por primera vez en su vida, Rodrigo podía ayudar económicamente a su madre de manera significativa, pagar las cuentas a tiempo e incluso ahorrar algo de dinero. Pero lo más importante era que estaba aprendiendo disciplina y responsabilidad. Durante esos meses, Rodrigo tuvo varias oportunidades de observar a Pablo Escobar en su vida cotidiana.

El narcotraficante visitaba ocasionalmente el edificio para reuniones con socios o simplemente para verificar que todo funcionara correctamente. Rodrigo notó que Pablo era meticuloso en los detalles. Preguntaba por el bienestar de sus empleados. Recordaba nombres y circunstancias personales. Era un líder que inspiraba lealtad, no solo por miedo, sino también por respeto.

Una tarde Pablo llegó al edificio acompañado de sus hijos, Juan Pablo y Manuela, para recoger algunos documentos. Los niños jugaban en el lobby mientras su padre atendía asuntos. Rodrigo observó cómo Pablo interactuaba con ellos. Era cariñoso, paciente, un padre devoto. Aquella imagen contrastaba dramáticamente con la reputación del hombre como criminal despiadado.

Era una dualidad que Rodrigo encontraba fascinante y perturbadora al mismo tiempo. En otra ocasión, Rodrigo presenció como Pablo manejaba un conflicto entre dos de sus empleados que habían tenido un desacuerdo. En lugar de resolver el problema con violencia, Pablo los sentó a ambos, escuchó sus versiones y me dio una solución justa que satisfizo a ambas partes.

La violencia es el último recurso, no el primero. Le dijo Pablo a los empleados. Somos una organización, no una pandilla callejera. Rodrigo también aprendió sobre las actividades legítimas de Pablo. El narcotraficante había invertido millones en negocios legales, bienes raíces, equipos de fútbol, construcción de viviendas para los pobres.

El famoso barrio Pablo Escobar en Medellín, donde había construido cientos de casas para familias sin hogar, era un ejemplo de cómo Pablo cultivaba su imagen de benefactor social. Para muchos colombianos pobres, Pablo no era un criminal, sino un héroe que les había dado lo que el gobierno nunca les dio. Un techo digno. Sin embargo, Rodrigo no era ingenuo. Sabía perfectamente que detrás de aquella fachada de filantropía existía un negocio brutal que había causado miles de muertes.

Aunque su trabajo no lo involucraba directamente en el narcotráfico, era imposible ignorar la realidad. Los rumores circulaban constantemente. Cargamentos interceptados, rivales eliminados, políticos asesinados, jueces amenazados. El imperio de Pablo se sostenía tanto sobre actos de generosidad como sobre ríos de sangre. Un día, Gustavo le confió a Rodrigo durante una pausa.

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