se dirigió a los rosales que estaban convenientemente cerca de la terraza de la alberca y se puso a podar las flores secas agachada, usando el sombrero y el follaje como camuflaje. Era una apuesta arriesgada, pero era la única que tenía. Y la suerte, por primera vez estuvo de su lado. A los pocos minutos, Valeria apareció en la terraza vestida con un bikini de diseñador y unas enormes gafas de sol. se tumbó en un camastro y, como Isabel había previsto, sacó su celular y llamó a su amiga Brenda.
Puso el altavoz, demasiado arrogante para preocuparse de que alguien pudiera escucharla. Amiga, no sabes el drama de anoche, comenzó Valeria, su voz goteando diversión. La vieja nos cachó planeando su exilio a Villa Serenidad. Tiró una bandeja, hizo un escándalo, pero Ale se lo tragó todo como siempre. Cree que su mami ya está chocheando. Brenda soltó una carcajada al otro lado de la línea. Villa Serenidad. Qué nombre tan elegante para el basurero ese. De verdad se lo creyó completito.
Le hice un folleto falso, amiga, con fotos de otro lado. Quedó divino. Él cree que la manda a un spa de lujo. Cuando vaya a visitarla y vea la posilga inmunda que es en realidad, le voy a decir que la administración nos engañó con la publicidad, que es una estafa. Lloraré un poquito, me indignaré y le diré que ya es muy tarde, que los contratos están firmados por un año y que sacar a la vieja nos costaría una millonada en penalizaciones.
¿Qué te parece mi actuación? Isabel, escondida entre las rosas, sintió que el aire le faltaba. La frialdad del plan era monstruosa. Con manos que se negaban a quedarse quietas, sacó su celular del bolsillo de su delantal. abrió la aplicación de la grabadora de voz y rezando a todos los santos, presionó el botón de grabar. “Eres diabólica, vale”, dijo Brenda entre risas. “¿Y después qué?” Después, el paraíso, amiga, una vez que nos casemos, empieza la segunda fase del plan.
Haré que Alejandro me ponga como beneficiaria principal en todas sus cuentas y propiedades. Usaré la excusa de que es para proteger el patrimonio de la familia por si algo le pasa. Es tan noble y tan trabajador y tan menso. Se cree cualquier cosa que le digo envuelta en un discurso de amor y protección. A veces hasta me da un poco de lástima, pero se me pasa rápido cuando veo el estado de cuenta de su tarjeta. Isabel tuvo que morderse el labio para no ahogar un soy de dolor al escuchar como se refería a su hijo.
Y con la vieja, ¿qué harás?, preguntó Brenda. Una vez que esté bien encerrada en ese hoyo y yo tenga el control del dinero, las visitas se irán espaciando. Al principio iremos cada fin de semana para que Alejandro no sospeche. Luego, una vez al mes, le diré, tenemos mucho trabajo, mi amor. Salió un viaje de negocios inesperado, mi vida. Luego las visitas serán en Navidad y en su cumpleaños. Y finalmente, ni eso, la dejaremos ahí, que se pudra sola hasta que se muera.
Será mi verdadero regalo de bodas, una vida sin su sombra, sin su olor a naftalina, sin su cara de reproche. Libertad total. La conversación continuó, pero Isabel ya había grabado suficiente. Tenía el veneno, la prueba, la conspiración completa en un pequeño archivo de audio. Con un cuidado infinito, detuvo la grabación y guardó el teléfono. Justo en ese momento, Valeria terminó la llamada, se levantó del camastro y se estiró como una gata satisfecha. Su mirada barrió el jardín.
Por un segundo se detuvo en los rosales. ¿Quién anda ahí? Gritó su voz de repente afilada. Isabel se quedó inmóvil. Su corazón se detuvo. Sintió que todo se había acabado, pero de detrás de unos arbustos cercanos apareció uno de los jardineros, un hombre mayor llamado Ramiro. Perdón, señorita, solo estaba quitando la mala hierba. Con su permiso, Valeria lo miró con sospecha por un largo instante, pero finalmente lo despidió con un gesto de fastidio. Pues hágala en silencio, que me molesta el ruido.
Se dio la vuelta y entró en la casa. Isabel esperó a que el jardinero se alejara y, sintiendo que las piernas apenas la sostenían, se escabulló de regreso a la casa por la puerta de servicio. Subió a su cuarto y se encerró. sacó el teléfono y se puso los audífonos. Presionó Play. La voz de Valeria, clara y cruel llenó sus oídos, detallando cada paso de su plan diabólico. Lo tenía. Tenía la bomba que podía destruir a Valeria.
Ahora solo tenía que encontrar el momento y el valor para detonarla. Los días que siguieron a la grabación fueron una tortura de espera y tensión. La fiesta de compromiso era el sábado y la mansión era un caos de preparativos. Isabel se aferraba a su teléfono como si fuera un amuleto sagrado, esperando el momento perfecto para mostrarle la grabación a Alejandro. Pero ese momento nunca llegaba. Su hijo vivía en un torbellino de reuniones, llamadas y decisiones de último minuto.
Cuando estaba en casa, Valeria no se le despegaba ni un segundo, colgándose de su brazo, interrumpiendo cualquier intento de conversación privada. Isabel se sentía como una francotiradora, esperando un tiro limpio que nunca se presentaba. Mientras tanto, Valeria, ignorante del arma que Isabel poseía, intensificaba su guerra psicológica. Sabía que el tiempo se agotaba y necesitaba consolidar la imagen de Isabel como una anciana senil antes de enviarla al asilo. Le cambiaba de lugar sus cosas personales, el libro que estaba leyendo, su chaltejido, para luego ayudarla a encontrarlas en lugares absurdos.
Suegra, por Dios, ¿qué hacen sus lentes en el azucarero? Decía con falsa sorpresa frente a Alejandro. De verdad que cada día me preocupa más. Isabel tuvo que soportar la humillación, sabiendo que protestar solo reforzaría la narrativa de Valeria. La crueldad de su futura nuera llegó a un nuevo nivel cuando Isabel recibió una llamada de consuelo. Una de sus comadres de toda la vida. Valeria, que estaba cerca, le arrebató el teléfono de la mano. Hola. Ah, Consuelo. ¿Cómo está?
Habla Valeria, la prometida de Alejandro. Sí, aquí está su comadre, pero la verdad es que ahorita no está muy lúcida. Pobrecita, anda diciendo cosas raras. No, no, no se preocupe, la estamos cuidando mucho. Yo le doy su recado. Ándele, que esté bien. Colgó el teléfono cortando el último lazo de Isabel con su mundo exterior. No queremos que ande esparciendo sus locuras con sus amigas, ¿verdad?, dijo devolviéndole el teléfono con una sonrisa venenosa. La confirmación de sus peores temores llegó a través de Lucia.
La leal empleada la buscó en la biblioteca con el rostro pálido por el miedo. “Señora, tengo que advertirle algo”, susurró mirando hacia la puerta. Escuché a la señorita Valeria hablando con el chóer. Le dio instrucciones muy claras. Le pidió que tuviera el coche listo mañana. Viernes a las 9 de la mañana en punto, le dijo que sería para un viaje largo fuera de la ciudad y le especificó que viniera solo sin el otro escolta. Le dijo que iban a trasladar un paquete muy delicado y frágil.
Isabel y Lucia se miraron. No hacían falta más explicaciones. El paquete delicado era ella. El viaje sin retorno estaba programado para la mañana siguiente. Le quedaban menos de 24 horas. Esa noche la tensión en la casa era casi irrespirable. Alejandro, agotado, se fue a dormir temprano. Isabel sabía que esa noche era su última oportunidad. esperó a que las luces se apagaran y con el teléfono en la mano se dirigió al cuarto de su hijo. Pero al llegar al pasillo, la puerta de la habitación de huéspedes se abrió y Valeria salió.
¿Se le perdió algo, suegra?, preguntó bloqueándole el paso. Iba a darle las buenas noches a mi hijo. Su hijo está durmiendo. Tuvo un día muy pesado y usted también debería irse a dormir. Mañana tiene un viaje muy importante. La confrontación final había llegado. Valeria la siguió hasta su cuarto. Isabel entró y al darse la vuelta vio que Valeria sostenía una maleta. Era una maleta vieja de plástico barato y con un cierre roto. La arrojó sobre la cama de Isabel con un gesto de desprecio.
“Es hora de empacar”, anunció su voz desprovista de toda emoción. Isabel intentó ganar tiempo fingiendo una confusión que no sentía. “Empacar. ¿Para qué viaje? Alejandro no me dijo nada.” Valeria sonrió. una sonrisa de superioridad y sadismo. Por supuesto que no le dijo nada. Él es demasiado bueno. No tiene el estómago para estas cosas. Pero yo sí. Mañana por la mañana, un día antes de mi fiesta de compromiso, usted se va a ir a su nuevo y maravilloso hogar.
Había serenidad hizo una pausa saboreando el momento. Alejandro y yo lo visitamos el fin de semana pasado. A él le pareció un poco rústico. Tuvo sus dudas, pero yo le expliqué que la belleza está en la sencillez. Le recordé que usted viene de un entorno humilde y que tanto lujo aquí la abruma. Lo convencí de que en ese lugar tranquilo y modesto usted se sentiría como en casa. le va a fascinar. Abrió la maleta barata sobre la cama.
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