“Esto no puede seguir así, señora. Lo que hizo. Eso no fue un accidente. Yo lo vi. Lo sé, Lucia. Yo también lo sé. Pero, ¿qué podemos hacer? El miedo en los ojos de Lucia era profundo. Si yo hablo, me pone en la calle en menos de un minuto. Le inventará a don Alejandro que le robé algo, que le insulté, cualquier cosa. Y él le va a creer a ella. Yo tengo dos hijos en la escuela, señora. Mi mamá está enferma.
Este trabajo es todo lo que tengo. Lo entiendo, Lucia. No te preocupes. No diré que viste nada. No voy a meterte en problemas. La alianza entre ellas se solidificó en ese momento. Una alianza forjada en el miedo compartido y la impotencia. Isabel tenía una testigo, una aliada, pero era una aliada silenciada por la necesidad, tan prisionera como ella en esa jaula de oro. A la mañana siguiente, el sol entraba por la ventana del cuarto de Isabel, pero ella no sentía su calor.
Se miró el brazo en el espejo, una mancha amoratada, grande y oscura, se extendía desde el codo hasta la muñeca. Un mapa violáceo del odio de Valeria. era un recordatorio físico y doloroso de su vulnerabilidad. Se puso con cuidado una blusa de manga larga, esperando que la tela pudiera ocultar la evidencia de la agresión. El dolor era sordo y constante, pero el dolor del alma era mucho más profundo. Se sentía completamente sola, atrapada en una red de mentiras de la que no veía escapatoria.
Decidió bajar a la biblioteca, el único lugar de la casa donde Valeria rara vez entraba. por considerarlo aburrido. Estaba sentada en un sillón de cuero intentando concentrarse en las letras de un libro cuando Alejandro entró. No traía la prisa de siempre, ni el celular en la mano. Su rostro mostraba una calma que Isabel no le había visto en semanas. Hola, mamá. Interrumpo. No, mijo. Claro que no. Pasa, siéntate. Él se sentó en la mesita de centro frente a ella.
una cercanía que la tomó por sorpresa. “Quería pedirte perdón”, dijo en voz baja. “He estado tan metido en el trabajo y en los preparativos de la fiesta que casi no he pasado tiempo contigo. Me siento un mal hijo.” Las palabras de Alejandro fueron un bálsamo para el corazón herido de Isabel. No digas eso, Alejandro. Yo entiendo que estés ocupado. Estoy muy orgullosa de todo lo que has logrado, pero nada de eso importa si mi mamá no es feliz, respondió él con una sinceridad que la desarmó.
Cuéntame algo. Cuéntame de cuando vivíamos en la casa de la colonia Roma. ¿Te acuerdas del vecino que tenía el perro que ladraba toda la noche? Isabel sonró, un recuerdo genuino aflorando. Don Ramiro, claro que me acuerdo. Y tú le tenías un miedo terrible a ese perro. Comenzaron a hablar, a recordar viejos tiempos. Por un momento, la mansión, Valeria y el miedo desaparecieron. Volvieron a ser ellos dos, madre e hijo, conectados por un lazo de amor y de historia compartida.
Isabel sintió una oleada de esperanza. Él estaba ahí escuchándola, siendo su Alejandro de siempre. Quizás este era el momento. Quizás ahora, en esta burbuja de intimidad, él podría escucharla, podría creerle. Mientras hablaban, él se acercó para tomarle la mano en un gesto de cariño. Al hacerlo, la manga de la blusa de Isabel se deslizó hacia arriba, revelando el borde del horrible moretón. La sonrisa de Alejandro se desvaneció al instante, reemplazada por una expresión de alarma. “Mamá, por Dios, ¿qué es esto?”, exclamó apartando la manga con cuidado para ver la magnitud del golpe.
“¿Qué te pasó en el brazo? Está horrible. El momento había llegado. Era ahora o nunca.” El corazón de Isabel comenzó a latir con una fuerza brutal. Se le secó la boca. miró a los ojos preocupados de su hijo, reunió todo el valor que le quedaba en el cuerpo y abrió la boca para decir la verdad, para pronunciar el nombre de su verdugo. Hijo, yo tengo que decirte algo muy importante. Lo que pasó fue Valeria. Las palabras estaban a punto de salir, suspendidas en el aire, cargadas con el peso de semanas de sufrimiento.
Pero en ese preciso instante, la puerta de la biblioteca se abrió de golpe con una fuerza que hizo que ambos se sobresaltaran. Era Valeria, con el rostro encendido de una euforia desbordante, agitando un sobre en la mano. Mi amor, mi amor, no lo vas a creer. Tienes que ver esto. Gritó corriendo hacia ellos, ignorando por completo la tensión en el ambiente. Alejandro, desconcertado, se giró hacia ella. ¿Qué pasa? Vale, ¿qué es tanto escándalo? El club campestre, mi vida, el que estaba en lista de espera por 2 años.
Acaban de llamarme. Hubo una cancelación y nos ofrecieron la fecha que tanto queríamos para la boda. El primer sábado de junio nos casamos en menos de dos meses. Es una señal del destino. La noticia cayó en la habitación como un rayo de sol. La expresión de preocupación de Alejandro se transformó en una de pura e incrédula alegría. Se puso de pie de un salto, olvidándose por completo del brazo de su madre, de su pregunta, de todo. ¿Estás hablando en serio?
El primer sábado de junio? No lo puedo creer. Es la fecha perfecta. Levantó a Valeria en brazos, dándole vueltas en el aire mientras ella reía a carcajadas. La biblioteca, un remanso de paz momentos antes, se llenó de sus gritos de felicidad. Se besaron, un beso largo y apasionado, sellando la promesa de su futuro. Isabel los observaba desde el sillón, invisible, olvidada. El valor se le escurrió del cuerpo, reemplazado por una resignación amarga y pesada. La oportunidad se había esfumado, se había cerrado la ventana.
¿Cómo podía ella? En medio de tanta felicidad, soltar una bomba de veneno y de verdad. ¿Cómo podía ser el monstruo que le arrebatara a su hijo el momento más feliz de su vida? No podía, simplemente no podía. Después de la celebración, Alejandro, todavía con una sonrisa de oreja a oreja, pareció recordar de pronto el asunto pendiente. Qué notición. Tenemos que empezar a planear todo ya. Oye, mamá, con tanta emoción, ya ni me dijiste. ¿Qué te pasó en el brazo?
¿Estás bien? La pregunta ahora sonaba lejana, una nota discordante en una sinfonía de alegría. Isabel bajó la manga de su blusa, ocultando de nuevo la evidencia. La mentira le salió con una facilidad que la asustó. No fue nada, mi hijo. No te preocupes. Ayer con tanto ajetreo de las cajas para la fiesta, me tropecé yo sola en el pasillo y me pegué contra la pared. Pura torpeza mía. Ya sabes cómo soy. Estoy bien de verdad. Alejandro, ansioso por volver a los brazos de su prometida y a los planes de su boda, aceptó la explicación sin dudar.
Bueno, pero ten más cuidado. Sí, no me des estos sustos. Ahora ven, vamos a abrir una botella de champaña para celebrar. Valeria, que había observado todo el intercambio con ojos de halcón, se acercó a Isabel mientras Alejandro iba a la caba. Le dio un abrazo que se sintió como el de una boa constrictor. Ay, suegrita, casi me mata del susto. Tiene que fijarse más por dónde camina. dijo en voz alta. Y luego, en un susurro que solo Isabel pudo oír, leiceó al oído.
Muy buena decisión. La felicito por su inteligencia. Parece que después de todo, sí aprende. Se apartó sonriendo y fue a reunirse con su prometido, dejando a Isabel sola con su mentira, su dolor y la certeza aplastante de que había perdido su última oportunidad. La mentira sobre el moretón fue un punto de inflexión. Para Valeria fue la prueba definitiva de que tenía el control total. Había humillado a Isabel en público y en privado, la había agredido físicamente y la anciana no solo no había dicho nada, sino que había mentido para protegerla.
Esta sumisión envalentonó a Valeria de una manera aterradora. Se sintió invencible, intocable. Isabel ya no era una amenaza a la que había que neutralizar, sino un ratón con el que podía jugar antes de darle el golpe de gracia. Comenzó una campaña de tortura psicológica sutil y constante. Le escondía las gafas de leer a Isabel y luego la acusaba de ser olvidadiza cuando no las encontraba. Si Isabel estaba viendo su telenovela, Valeria entraba y cambiaba de canal sin querer.
Empezó a sembrar en la mente de Alejandro la idea de que su madre estaba perdiendo sus facultades. “Mi amor, me preocupa mucho tu mami”, le decía con el seño fruncido. El otro día me preguntó tres veces la misma cosa y anda dejando las llaves en cualquier lado. Creo que la edad le está empezando a pesar. Un día, Valeria estaba en la terraza hablando por teléfono con su amiga Brenda, la dueña de la boutique. Se quejaba amargamente. Es que no la soporto más, amiga.
Es como un fantasma que se arrastra por la casa, siempre con su cara de víctima. Arruina la energía de mi hogar. Te juro que a veces quisiera que desapareciera mágicamente. Brenda, desde el otro lado de la línea, soltó una risa frívola. Ay, vale, no seas tan dramática. Si tanto te estorba, pues métela en un asilo y ya. Hay unos muy monos en Cuernavaca. La sugerencia, hecha en tono de broma, se encendió como una bombilla en la mente de Valeria.
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