No tenía escaparate, solo una puerta de cristal oscuro que prometía un mundo de exclusividad y precios exorbitantes. Al entrar, una vendedora alta y delgada, maquillada a la perfección, las recibió con una sonrisa ensayada. “Valeria, querida, qué milagro”, dijo dándole dos besos al aire. Brenda, ¿cómo estás? Te presento a la mamá de Alejandro, se llama Isabel. Buscamos un vestido para la fiesta de compromiso. Algo espectacular. La tal Brenda recorrió a Isabel con una mirada rápida y despectiva, deteniéndose un segundo en sus zapatos cómodos y su bolso sencillo.
Claro que sí. Para la señora tenemos unas cosas preciosas que acaban de llegar de Milán. Síganme. El interior de la tienda era intimidante, vestidos colgados como obras de arte, un silencio sepulcral y una alfombra tan gruesa que parecía que caminaban sobre nubes. Valeria comenzó a sacar vestidos de los percheros con una energía febril. A ver, suegra, pruébese. Este, le entregó un vestido de lentejuelas doradas con un escote pronunciado y una abertura en la pierna que habría hecho sonrojar a una veintañera.
“Valeria, yo no puedo ponerme esto”, susurró Isabel horrorizada. “No sea anticuada. Alejandro la quiere ver moderna, espectacular. Ándele al probador. Isabel se probó el vestido. Se sentía grotesca, una caricatura. Al salir, Valeria y Brenda la miraron y contuvieron una risa. M mmm. No dijo Valeria fingiendo analizarla. Quizás es demasiado juvenil. Le resalta mucho la bueno, la falta de firmeza en los brazos. siguiente. El segundo vestido era todo lo contrario, un diseño de cuello alto y manga larga de un color base tan insípido que parecía una mortaja.
Este es más discreto, más apropiado para su edad, ¿no cree? No queremos que la gente piense que se quiere colgar de la juventud a costa de mi prometido. Isabel se lo probó. Se sentía invisible, borrada. El color la hacía parecer enferma. “Me veo pálida”, dijo mirándose al espejo con desánimo. “Es la luz de la tienda, no se preocupe. A ver, el que sigue.” El tercer vestido era de un terciopelo negro, elegante, pero con un precio que hizo que a Isabel se le revolviera el estómago.
Valeria se aseguró de que Isabel viera la etiqueta. “Uf, este cuesta más que mi primer coche”, comentó en voz alta. ¿Estás segura de que se sentirá cómoda usando algo tan valioso, suegra? Con eso de que a veces le tiembla las manos a ver si no le tira el ponche encima y lo arruina. Sería una tragedia. En ese momento, otras dos clientas, mujeres de la alta sociedad entraron en la tienda y saludaron a Valeria. La humillación de Isabel estaba a punto de volverse un espectáculo público.
Después de probarse otros dos vestidos a cada cual más inadecuado, Valeria suspiró con la fuerza de un huracán, asegurándose de que las recién llegadas la escucharan. “Ay, no puede ser, Brenda”, dijo con un tono de frustración y pena. “Nada parece funcionar. Mi suegra tiene un cuerpo complicado y un gusto muy particular. Creo que cometí un error al traerla aquí. Quizás debamos intentar en una tienda más modesta, ya sabe, una de esas departamentales en el centro donde venden ropa para señoras más sencillas.
Las palabras cayeron como piedras en el silencio de la boutique. Las otras clientas se giraron y miraron a Isabel con una mezcla de lástima y burla. Isabel sintió el calor de la vergüenza subirle por el cuello hasta las orejas. Quería que la tierra se la tragara. Era una humillación calculada, ejecutada a la perfección frente a una audiencia. Quedó expuesta como un raro, la pobretona a la que la nuera rica intentaba sin éxito pulir. El viaje de regreso fue un suplicio.
Isabel miraba por la ventana luchando por contener las lágrimas que le quemaban los ojos. Valeria, en cambio, tarareaba una canción de moda, visiblemente satisfecha con su obra. Al llegar a la mansión, Alejandro las recibió en la entrada. Y bien, ¿encontraron el vestido de la cenicienta? Preguntó sonriente. Ay, mi amor, no tienes idea, respondió Valeria con un suspiro de agotamiento. Recorrimos todas las tiendas de lujo, pero tu mamá no se sintió cómoda con nada. Es muy especialita para su ropa, pero no te preocupes, no me di por vencida.
de una bolsa de plástico sin marca. Sacó un vestido simple, de un poliéster brillante y un corte anticuado. Pasamos por una tiendita en el centro y le encontré este. Es mucho más su estilo, ¿no crees? Sencillito, cómodo, para que no se sienta disfrazada. Para Alejandro, que no entendía de marcas ni de calidades, el gesto parecía una muestra de consideración y cariño. Vio a su prometida, cansada después de un día de compras infructuosas, presentando con orgullo un vestido humilde para su madre.
“Eres un ángel, mi vida, siempre tan considerada”, dijo dándole un beso. Se giró hacia su madre, “¿Verdad, mamá? que es perfecto. Isabel miró el vestido, el símbolo final de su humillación, y luego a su hijo, con los ojos llenos de una felicidad ciega. Asintió, incapaz de hablar. Sí, mi hijo, es perfecto. Subió a su cuarto con el vestido barato en las manos y el peso de una nueva derrota sobre los hombros. Los días siguientes a la desastrosa excursión de compras se volvieron una pesadilla de preparativos.
La mansión era un hervidero de gente, floristas, banqueteros, decoradores. Valeria estaba en su elemento dando órdenes con la precisión de un general, su voz un eco constante y metálico en los amplios salones. Para Isabel, cada rincón de la casa se había convertido en territorio enemigo. Intentaba hacerse invisible. buscando refugio en los lugares más tranquilos como la biblioteca o el rincón más alejado del jardín. Pero incluso allí sentía la presencia de Valeria, una sombra que la vigilaba y la juzgaba.
Una tarde, mientras la sed la obligaba a aventurarse en la cocina, se encontró con Lucia. La empleada estaba terminando de limpiar, su rostro cansado, pero sus ojos siempre alertas. Al ver a Isabel, su expresión se suavizó. Buenas tardes, señora Isabel. ¿Se le ofrece algo? Solo un vaso de agua, Lucia. Gracias. Lucia no solo le sirvió el agua, sino que de un pequeño envoltorio de papel sacó un pan de dulce, un polvorón de nuez, todavía tibio. Guarde este.
Lo aparté para usted del pan que nos dan. Con tanto ajetreo, a lo mejor ni ha comido bien. El gesto, tan pequeño y tan significativo, conmovió a Isabel hasta las lágrimas. Gracias, Lucia. Eres muy buena. Hay que cuidarse, señora. Susurró la empleada, mirando nerviosamente hacia la puerta. Tenga mucho cuidado hoy. La señorita Valeria anda como un torbellino. Está muy alterada porque los candelabros que pidió no han llegado. Cuando se pone así, se desquita con quien se le ponga enfrente.
La advertencia de Lucia resultó ser profética. Un par de horas más tarde, Isabel estaba en el pasillo del segundo piso, dirigiéndose a su cuarto, cuando Valeria le interceptó. Usted, justo a quien buscaba, dijo su voz afilada, ya que no está haciendo absolutamente nada útil, venga a ayudarme. En el cuarto de Trevejos del ala oeste hay unas cajas con mantelería que necesito revisar. Venga conmigo. No era una petición, era una orden. El ala oeste de la mansión era la más antigua y la menos utilizada.
El pasillo que conducía al cuarto de Trevejos era largo, estrecho y estaba pobremente iluminado. Una de las bombillas del techo parpadeaba intermitentemente, creando un ambiente tétrico. “Camine más rápido, suegra, que no tengo todo el día”, apremió Valeria caminando delante de ella con pasos impacientes. Isabela siguió cargando una de las cajas más pequeñas que Valeria le había endilgado. El pasillo terminaba en una pequeña y empinada escalera de servicio que descendía a un nivel inferior. Era un rincón oscuro y peligroso de la casa.
Justo cuando se acercaban al primer escalón, Valeria se detuvo en seco. “¡Ay, mi zapato, creo que se me atoró el tacón”, exclamó. se agachó fingiendo revisar su tobillo y en un movimiento que pareció torpe y accidental, se tambaleó hacia atrás, chocando con todo el peso de su cuerpo contra Isabel. El impacto fue brutal y sorpresivo. Isabel, que no se lo esperaba, perdió el equilibrio. Al instante soltó la caja, que rodó por las escaleras con un estrépito y lanzó un grito ahogado mientras sus pies se enredaban y su cuerpo se precipitaba hacia el vacío de la escalera.
En un acto reflejo, extendió los brazos y sus dedos lograron aferrarse a la barandilla de hierro forjado en el último segundo. Se quedó colgando con el corazón desbocado y la mitad de su cuerpo sobre el abismo. El tirón le provocó un dolor agudo en el brazo y el hombro, y su piel se raspó con fuerza contra la pared de yeso áspero. “Señora Isabel!” La voz de Lucia resonó desde el otro extremo del pasillo. Alertada por el estruendo de la caja, había venido corriendo.
Llegó justo a tiempo para ver la escena. Isabel, suspendida precariamente, con el rostro pálido por el terror, y Valeria de pie junto a ella, mirándola no con alarma, sino con una expresión de fría decepción, como si estuviera molesta porque la caída no se había completado. Al ver a Lucia, la máscara de Valeria cambió en una fracción de segundo. “Suegra, por Dios santo, casi se me mata”, gritó con una angustia perfectamente actuada. Qué torpe soy. Me tropecé y casi la tiro.
Discúlpeme, por favor. Lucia corrió y junto con una Valeria que ahora fingía un pánico desmedido, ayudó a Isabel a recuperar el equilibrio y a ponerse de pie. Isabel temblaba de pies a cabeza, no solo por el susto, sino por la certeza de que aquello no había sido un accidente. Sus ojos se encontraron con los de Lucia. En la mirada de la empleada vio la misma certeza. Lucia había visto había visto la fracción de segundo de maldad en el rostro de Valeria antes de que comenzara el teatro.
Y Valeria, a su vez las observaba las dos y en su mirada había una advertencia helada, un mensaje claro para Lucia. Tú no viste nada. Lucia, ignorando la presencia amenazante de Valeria, pasó un brazo por los hombros de Isabel. Venga, señora, la llevo a su cuarto. Necesita sentarse y tomar un poco de agua con azúcar. ¡Qué susto tan terrible! Mientras se alejaban, Valeria la siguió con la mirada, una sonrisa casi imperceptible dibujándose en sus labios. El plan no había salido a la perfección, pero el mensaje había sido enviado.
Una vez en la seguridad del cuarto, Lucy ayudó a Isabel a sentarse en la cama. La anciana todavía temblaba. Está bien, señora. No se lastimó. El brazo. Me duele el brazo, susurró Isabel sobándose donde se había raspado contra la pared. Lucaminó el brazo y vio la piel enrojecida y raspada, una herida que al día siguiente se convertiría en un moretón oscuro y delator. “Esa mujer es el diablo”, dijo Lucia en voz baja, su rostro una mezcla de ira y miedo.
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