Isabel, que recogía su plato para llevarlo a la cocina, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía lo que venía. Valeria no la siguió de inmediato. En su lugar, sacó su celular y marcó un número, hablando en voz lo suficientemente alta para que Isabel desde el umbral de la cocina pudiera escucharla perfectamente. Brenda, amiga, no sabes. Alejandro acaba de dejarme una tarjeta sin límite. Sí, sin límite. No, claro que no. La necesito para comprar unas cositas para la casa y quizás un bolso nuevo, el que vimos en la boutique.
Oye, ¿nos vemos para comer? Necesito un descanso de esta casa. Sí, es que es un fastidio tener que estar entreteniendo a la momia todo el día. Sí, a su mamá. Ay, es un caso perdido, amiga. Pero bueno, todo sea por asegurar el futuro, ¿no crees? Te veo a la una. Besos. Cada palabra fue un dardo envenenado. Momia. Asegurar el futuro. Isabel entró en la cocina con el corazón martillándole en el pecho. Fue directamente a su pequeño rincón, su santuario, buscando la normalidad de su café soluble y sus galletas.
Necesitaba ese pequeño ritual para anclarse, para recordar quién era. Valeria entró en la cocina. segundos después, moviéndose con una arrogancia depredadora, se recargó en el marco de la puerta cruzada de brazos. “Sabe Isabel”, dijo, “su voz era ahora un látigo. He decidido que ya ni siquiera la voy a llamar suegra. Es un título de respeto y cariño, y usted y yo no tenemos ni lo uno ni lo otro. Usted no se ha ganado ese derecho para usted.
Soy la señora de la casa y usted es la invitada permanente. Se acercó a la encimera donde Isabel preparaba su café. Miró la taza despostillada, el frasco de vidrio barato. De verdad que no entiendo cómo Alejandro pudo salir de tanta miseria. Esto toma esta basura. Preguntó señalando el café. Antes de que Isabel pudiera reaccionar, Valeria tomó el frasco de café, lo abrió y con una expresión de profundo asco, vació todo el contenido sobre el suelo de mármol blanco recién pulido.
Los gránulos oscuros se esparcieron como tierra sucia. Esto huele a pobreza, a conformismo, dijo mientras caminaba hacia el bote de basura y dejaba caer el frasco de vidrio vacío que produjo un sonido hueco y triste. Odio el conformismo y odio la suciedad. Isabel la miró horrorizada. Pero, ¿por qué haces eso? Era mi café, era basura, gritó Valeria, su rostro contorsionado por la rabia. Y no quiero basura en mi casa, no la quiero en mis encimeras, no la quiero en mis alacenas y si pudiera no la querría respirando mi aire.
Lucia, atraída por el grito, apareció en la puerta de la cocina con el rostro pálido. Valeria la vio. Tú le espetó. Limpia este desastre y después vas a tener que desinfectar toda la cocina. ¿Quién sabe qué tipo de bacterias trae esta señora de su barrio? Luego se volvió hacia Isabel, su voz bajando a un siceo peligroso. Le voy a dar una lista de reglas nuevas, ya que parece que no le quedaron claras las de anoche. Regla número uno.
Tiene prohibido sentarse en los sofás de la sala principal. Son de seda italiana y no quiero que los apeste. Regla número dos, tiene prohibido hablar con mis amistades si vienen de visita. Usted se encerrará en su cuarto y no saldrá hasta que yo se lo indique. Regla número tres. La alberca es para mí y para mis invitados, no para usted. Regla número cuatro y la más importante, tiene prohibido dirigirme la palabra a menos que yo le hable primero.
Su opinión, sus recuerdos y sus historias no le interesan a nadie. Fui lo suficientemente clara o necesita que se lo dibuje con manzanas. Isabel, humillada frente a Lucia, no pudo más que asentir con lágrimas de rabia e impotencia quemándole los ojos. Valeria sonrió satisfecha. Perfecto, me voy de compras. Lucia, asegúrate de que la invitada coma en el cuarto de servicio. Hoy hay lentejas para el personal. Que aproveche. Valera se fue, dejando tras de sí un silencio denso y un desastre en el suelo.
Lucia miró a Isabel, luego al café desparramado. Sin decir una palabra, fue por una escoba y un recogedor y comenzó a limpiar. Sus movimientos eran mecánicos, pero sus ojos estaban llenos de una furia contenida. Cuando terminó, se acercó a la lujosa cafetera de Expreso, la que Valeria le había prohibido a Isabel tocar. preparó un café, el aroma fuerte y delicioso llenando el aire. Se lo sirvió a Isabel en una taza de porcelana fina y se lo entregó.
“Tome, señora”, susurró. “A veces un buen café ayuda a soportar el veneno. Fue un pequeño acto de rebelión, un gesto que le decía a Isabel que aunque estuviera en una jaula de oro, no estaba completamente sola.” Isabel subió las escaleras aferrándose al pasamanos de madera pulida, como si fuera el último salvavidas en un océano embravecido. Sus piernas se sentían débiles, gelatinosas, y cada escalón era un esfuerzo monumental. El asalto la cocina la había vaciado de toda fuerza.
Al llegar a su cuarto, giró el pestillo y se recargó contra la puerta, respirando agitadamente. Se sentía como una fugitiva en su propia vida, una prisionera en una cárcel de lujo. Caminó hacia el gran ventanal que daba al jardín, buscando un poco de aire, pero al intentar abrirlo, descubrió que la manija estaba atascada o cerrada con llave, un detalle insignificante que en ese momento se sintió como una metáfora perfecta de su situación. Atrapada, sin escapatoria. La sensación de claustrofobia era asfixiante.
Necesitaba conectar con algo real, con algo que le recordara que su vida no siempre había sido ese infierno de seda y crueldad. Se arrodilló junto a su vieja maleta de cartón y sacó su caja de tesoros. se sentó en el suelo ignorando la suavidad de la alfombra y la abrió sobre su regazo. El olor a madera vieja y a papel guardado la transportó a otro tiempo. Primero sacó el zapatito de estambre azul que ella misma había tejido para Alejandro cuando era un bebé.
Era tan pequeño que cabía en la palma de su mano. Recordó sus dedos torpes luchando con las agujas, la ilusión de sentir sus pataditas en el vientre. A su lado colocó el viejo reloj de pulsera de su esposo. No funcionaba desde hacía décadas, pero aún podía sentir el calor de su piel en el metal gastado. Recordó sus manos fuertes, su risa ronca y el vacío inmenso que dejó cuando se fue. Alejandro era lo único que le quedaba de él, la continuación de su amor.
Luego vino la foto de la graduación de primaria con su niño chimuelo y orgulloso. y el dibujo del solriente. Cada objeto era un ancla, un recordatorio de una vida de sacrificios y de un amor tan vasto que no conocía límites. Fue ese amor el que la llenó de una súbita y ardiente oleada de furia. ¿Cómo se atrevía esa mujer a pisotear todo lo que ella representaba? ¿Cómo se atrevía a amenazar la única luz de su vida? El impulso fue más fuerte que la razón.
Tomó su celular. No podía seguir así. Alejandro tenía que saber la verdad. Tenía que abrir los ojos. Su pulgar temblaba mientras buscaba su contacto en la agenda. Se detuvo sobre el botón de llamar, su corazón latiendo con una fuerza desbocada. Tienes que hacerlo, Isabel, se dijo en un susurro. Por tu hijo. Él tiene que saber con qué clase de víbora se va a casar. Pero una voz más fría y temerosa le respondió en su cabeza. Y si no te cree, y si Valeria, con sus lágrimas de cocodrilo y sus mentiras bien ensayadas, lo convence de que estás loca, de que son celos de una vieja que no quiere soltar a su hijo, lo perderás.
Te echará de su casa y de su vida, te quedarás sin nada, completamente sola y él se quedará con ella, atrapado para siempre. El dilema la estaba desgarrando por dentro. Estaba a punto de presionar el botón, de arriesgarlo todo en un acto desesperado cuando la pantalla del teléfono se iluminó con una notificación. Era un mensaje de Alejandro. Lo abrió. Era una fotografía. Alejandro y Valeria estaban en una joyería, ambos sonriendo a la cámara. En el dedo de Valeria brillaba un anillo de compromiso aún más grande y deslumbrante que el que ya tenía.
Debajo de la foto, un texto. Hola, mamá. Valeria y yo decidimos adelantar la compra de las argollas. ¿No es hermosa? Estamos escogiendo el símbolo de nuestra felicidad eterna. Gracias por apoyarnos siempre y por querer tanto. Vale. Te amamos. El mensaje fue un golpe de mazo directo al corazón. Cada palabra feliz, cada muestra de amor hacia Valeria era una pala de tierra sobre sus esperanzas. Vio la foto, la felicidad radiante e innegable en el rostro de su hijo.
Vio cómo miraba a Valeria. Vio el futuro que él había elegido, un futuro en el que ella, Isabel, era solo una espectadora. Contarle la verdad ahora no sería un acto de salvación, sería un acto de destrucción. Sería como lanzar una bomba en medio de su paraíso. Con un soyo, que se le rompió en la garganta, dejó caer el teléfono sobre la alfombra, se abrazó las rodillas y se dejó vencer por el dolor. No había elección. Su silencio era el precio de la felicidad de su hijo y como siempre lo había hecho, estaba dispuesta a pagarlo sin chistar.
Se quedaría, soportaría y se convertiría en la mejor actriz que el mundo hubiera conocido. Más tarde, unos suaves golpes en la puerta la sacaron de su letargo. Era Lucia con una pequeña bandeja en las manos. Señora, le traje un té de manzanilla y unas galletas de las que le gustan. Las compré esta mañana en la tiendita de la esquina. Isabel la miró con los ojos hinchados por el llanto. Sobre la bandeja, junto al té, había un paquetito de galletas de animalitos.
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