El ruido de la cafetería, el olor a café, la presencia de Morales, todo desapareció. Solo quedaba un dolor blanco y cegador, un abismo que se abría en su pecho. No había finca, no había campo para correr, solo hubo una mentira para cubrir un acto de una crueldad inimaginable. No lo mató porque fuera un peligro. Lo mató porque Ramón había visto la verdad. Lo mató porque fue el único que ladró para advertirle. Era un castigo y un mensaje.
Ana no lloró. Las lágrimas parecían un recurso demasiado insignificante para la magnitud de ese horror. Levantó la vista del papel y la mirada que le devolvió a Morales ya no era la de una víctima asustada. Era una mirada dura, fría y absolutamente inquebrantable. Encuentre todo dijo. Su voz era apenas un susurro, pero cortaba como el cristal roto. Absolutamente todo. Y luego vamos a destruirlo. Cuando Ana llegó a casa, encontró a Vladimir en la sala de estar, revisando unos planos arquitectónicos sobre la mesa de centro.
Estaba diseñando la casa de sus sueños, la jaula dorada que construiría con el dinero de ella. levantó la vista y le sonrió. Una sonrisa radiante que ahora le revolvía el estómago. Hola, mi amor. Justo estaba pensando en ti. Mira, he hecho unos cambios en la distribución de la terraza. ¿Qué te parece si ponemos un jacuzzi aquí? Ana se quedó mirándolo. Vio al hombre que había ordenado la muerte de su compañero más leal y luego había venido a casa a diseñar una terraza con jacuzzi.
El dolor en su pecho, que había sido una herida abierta, comenzó a cristalizar. Se transformó en algo duro, pesado y afilado. Era ira, una ira pura, fría y silenciosa que desplazó al miedo y a la pena. Me parece perfecto”, respondió ella, su voz sorprendentemente calmada. Caminó hacia la mesa, se inclinó para ver los planos y rozó su hombro deliberadamente. “Él no se inmutó. ” “Sabía que te gustaría”, dijo él entusiasmado. “Esta casa será nuestro refugio, nuestro paraíso.” Ana asintió.
Una sonrisa helada dibujada en sus labios. Será tu tumba, pensó. En ese instante la dinámica de poder cambió. Dejó de ser la presa asustada. El conocimiento de su crueldad no la había roto. La había forjado en algo nuevo. Ya no sentía la necesidad de huir o de llorar. Solo sentía el impulso inquebrantable de la justicia. La justicia para Ramón. Se sentó a Mina Tochos su lado en el sofá, fingiendo interés en los planos, mientras su mente con una claridad aterradora, comenzaba a trazar los contornos de su venganza.
No bastaba con exponerlo, no bastaba con que fuera a la cárcel. Tenía que quitarle todo exactamente como él había planeado hacer con ella. Tenía que desmantelar su mundo pieza por pieza. hasta que no quedara nada del hombre que se hacía llamar Vladimir Castillo. Al día siguiente, Ana se reunió de nuevo con Morales. Le contó a Lucía la verdad sobre Ramón en el coche antes de llegar al café. Lucía tuvo que detener el vehículo en el arsén, ahogada por las lágrimas y la rabia.
La noticia solidificó su compromiso. Ya no era solo la protectora de su hermana, era una vengadora. En la mesa del café el ambiente era tenso. “Ya no quiero solo pruebas para la policía”, dijo Ana Morales. Su voz era un témpano. “Quiero que lo arruinemos. Quiero que cada persona que alguna vez confió en él sepa la clase de monstruo que es. Quiero que termine sin nada. solo en una celda, recordando como dos mujeres y el fantasma de un perro lo destruyeron.
Morales la observó estudiando su rostro. Vio la transformación. La venganza es un plato que se sirve frío, pero puede quemar las manos de quien lo cocina, advirtió él. Si vamos por ese camino, nos adentramos en un territorio peligroso. Él no es un simple estafador, es un sociópata. Si se siente acorralado, se volverá impredecible y violento. Asumo el riesgo, replicó Ana sin dudar. ¿Cuál es el plan? El plan tiene dos frentes, explicó Morales sacando una libreta. El primero es el oficial.
Seguiré buscando pruebas de sus otras identidades y las muertes sospechosas. Necesitamos un caso sólido que ningún fiscal pueda ignorar. El segundo frente es el suyo. Necesitamos que siga siendo la esposa perfecta, pero ahora con un objetivo, obtener acceso a sus dispositivos, su teléfono, su ordenador. Ahí es donde guarda sus secretos, sus contactos, sus planes. Sin eso solo tenemos historias. Con eso tenemos un mapa de su imperio criminal. Él nunca se separa de su teléfono, dijo Lucía. Entonces tendrán que crear la oportunidad, dijo Morales, un descuido, un momento de distracción, un viaje, una fiesta, una emergencia fingida.
Piensen, ustedes lo conocen ahora. Saben cómo manipular al manipulador. Usen su encanto, su inteligencia. Háganle creer que tiene todo el control, justo hasta el momento en que se dé cuenta de que no tiene absolutamente nada. Morales se centró en el caso de Cali, el del supuesto accidente de coche. La víctima se llamaba Elena Ferrer, una adinerada importadora de textiles. Su esposo en ese momento era un carismático empresario español llamado Ricardo Sotomayor. Morales viajó a Cali y se reunió con la hermana de Elena, una mujer amargada y desconfiada que había perdido la fe en la justicia.
“La policía dijo que fue un accidente”, le contó la mujer a Morales en la sala de su casa, rodeada de fotos de Elena, pero yo sé que no lo fue. Ricardo la aisló de todos. la convenció de que yo solo quería su dinero. Una semana antes de morir, Elena me llamó a escondidas. Me dijo que Ricardo le estaba dando unas vitaminas que la hacían sentir débil y mareada. Le dije que fuera al médico que lo dejara. Me dijo que tenía miedo.
El informe policial era superficial. El peritaje mecánico concluyó fallo por desgaste en el sistema de frenos. No se hizo autopsia completa, solo lo básico para certificar la muerte accidental. Ricardo Sotomayor heredó todo y desapareció de Cali un mes después tras vender todas las propiedades. Morales, usando sus contactos, consiguió algo que la policía nunca pidió, el historial de servicio del coche de Elena. El vehículo había pasado por una revisión completa dos semanas antes del accidente. El informe del taller era claro.
Sistema de frenos en perfecto estado. No era una prueba de asesinato, pero era una inconsistencia monumental, un clavo ardiendo al que agarrarse. Morales también descubrió algo más. Elena tenía un perro, un viejo pastor alemán al que adoraba. El perro murió una semana después que ella. Ricardo lo llevó al veterinario para sacrificarlo. La razón que dio fue depresión severa por la muerte de su dueña. El patrón era el mismo, deshacerse del único testigo que no podía hablar, pero que lo sabía todo.
La crueldad era su firma. Esa noche tenían una cena. Amigos de la familia de Ana, gente que la conocía desde niña, que habían quedado encantados con Vladimir. La velada era una tortura. Ana tenía que sentarse a la mesa, sonreír y escuchar como todos elogiaban a su marido. “De verdad, Dana, te sacaste la lotería”, dijo una amiga de su madre. Vladimir es un encanto y tan guapo y un hombre de mundo se nota que sabe de lo que habla.
añadió el esposo de la mujer. Mis felicitaciones a los dos. Vladimir aceptaba los alagos con una humildad fingida. Contaba anécdotas de sus viajes, daba consejos de inversión. se mostraba como el yerno y esposo perfecto. En un momento puso su mano sobre la deana, sobre la mesa. “La verdadera lotería me la saqué yo”, dijo mirándola a los ojos con una devoción que lava la sangre. “Ana es mi ancla, mi inspiración.” Ana le devolvió la sonrisa. sintió las náuseas subir por su garganta, pero las contuvo.
Levantó su copa. “Por mi esposo”, dijo su voz clara y firme. “El hombre que ha cambiado mi vida por completo.” El brindis fue un éxito. Nadie notó el doble sentido, la ironía venenosa en sus palabras. Nadie, excepto Lucía, que la miraba desde el otro lado de la mesa con una mezcla de orgullo y preocupación. Ana estaba actuando y lo hacía con una maestría que rivalizaba con la del propio Vladimir. Estaba aprendiendo a usar sus mismas armas, la sonrisa como máscara, las palabras como veneno.
La cena se prolongó y cada minuto era un ejercicio de autocontrol supremo. Era una funambulista caminando sobre un alambre a cientos de metros de altura, donde el más mínimo error significaba la caída al vacío. La investigación de Morales dio un giro inesperado. Rastreando las complejas transferencias de dinero de las cuentas de Elena Ferrer, encontró un nombre recurrente, Isabela Rojas, una gestora de un banco privado conocido por su discreción. Profundizando, descubrió que la misma Isabela Rojas había facilitado la apertura de las cuentas de Castillo Inversiones Globales.
No era una coincidencia, era una cómplice. Morales le envió una foto a Ana, una imagen borrosa tomada con un teleobjetivo de Vladimir saliendo de un café con una mujer elegante de cabello oscuro y rostro afilado. La reconoces, decía el mensaje. Ana no reconoció la cara, pero sí reconoció la voz. La voz del pánico, la voz de la llamada anónima, la voz que la había empujado al abismo de la verdad. Es ella, respondió Ana, la mujer que me llamó.
La revelación lo cambió todo. Isabela no era solo una banquera corrupta, era una pieza clave en el esquema de Vladimir, pero una pieza que por alguna razón había intentado sabotearlo. Quizás tuvo un ataque de conciencia, sugirió Lucía. O quizás tuvo miedo, replicó Morales por teléfono. Esta gente se mueve por dinero y por miedo. Si Vladimir se vuelve demasiado arriesgado o si ella siente que la pueden descubrir, es capaz de traicionarlo para salvarse. Isabela es nuestra palanca. Si logramos presionarla, podría entregarnos todo el entramado.
Pero acercarse a ella era arriesgado. Si Isabela le contaba a Vladimir que la estaban investigando, el plan se vendría abajo y Ana estaría en peligro mortal. Necesitaban encontrar algo que pudieran usar en su contra, algo que la asustara más que el propio Vladimir. La cacería ahora tenía un nuevo objetivo. Mientras Morales investigaba a Isabela, Vladimir preparaba su siguiente movimiento. Una noche se acercó a Ana con una carpeta llena de documentos y su pluma Montblanc favorita. Cariño, necesito tu firma en esto”, dijo con un tono casual.
Es una oportunidad de inversión que no podemos dejar pasar. Un fondo inmobiliario en Panamá. Rentabilidad garantizada, pero hay que actuar rápido. Ana tomó la carpeta. Las páginas estaban llenas de jerga financiera, gráficos y proyecciones optimistas. Pero entre las cláusulas vio lo que buscaba. un poder notarial que le otorgaba a él control absoluto sobre una nueva cuenta conjunta, donde ella debía depositar el resto de sus ahorros y una parte de la venta de un apartamento que había heredado.
Era el golpe final. La estaba vaciando. “Parece complicado”, dijo ella fingiendo confusión. “¿Estás seguro de que es una buena idea poner todo ahí?” Totalmente seguro, mi vida, respondió él. Su voz era pura miel. Confía en mí. Yo sé manejar estas cosas. Con esto, en dos años duplicaremos nuestro patrimonio. Podrás dejar de trabajar si quieres, solo dedícate a ser feliz. La condescendencia, en sus palabras, era palpable. Él la veía como una tonta, una mujer ingenua, fácil de deslumbrar, y esa era su mayor ventaja.
“De acuerdo, mi amor, si tú dices que es lo mejor”, dijo ella tomando la pluma. Firmó cada página donde él le indicó. Vio el brillo de triunfo en sus ojos mientras recogía los documentos. Creyó que había ganado. No sabía que ella acababa de darle la soga con la que se iba a ahorcar. Morales le había advertido que esto pasaría y le había dado instrucciones claras. Firma todo. Dale la confianza que necesita. Cuanto más seguro se sienta, más descuidado se volverá.
Morales puso a Isabela bajo vigilancia constante. Descubrió su rutina del gimnasio de lujo a la oficina, de la oficina a restaurantes caros. Vivía una vida muy por encima de lo que sueldo de gestora bancaria podría permitir. Pero una tarde la rutina se rompió. Isabela no fue a casa después del trabajo. Condujo hasta un apartamento discreto en un barrio de clase media, un lugar que no figuraba a su nombre. Morales observó desde el otro lado de la calle.
Media hora después llegó Vladimir. Entró en el edificio. No era una reunión de negocios, era un nido de amantes. Eran socios en el crimen y en la cama. El detective logró tomar varias fotos nítidas de ellos entrando y saliendo del edificio con una diferencia de pocos minutos. La revelación fue una bomba. Isabela no era solo una cómplice asustada, era una jugadora activa, motivada por la codicia y probablemente por una relación tóxica con Vladimir. Esto lo explica todo le dijo Morales a Ana por teléfono.
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