Fue muy valiente o muy imprudente. Necesito hablar con usted, por favor. Dígame dónde. Hubo una pausa. Ana podía oír la duda al otro lado de la línea. Hay un pequeño café llamado El jardín escondido en el barrio Laureles. Esté allí en una hora. Vaya sola. Si veo a alguien con usted, me iré. Una hora después, Ana empujó la puerta de un local pequeño y acogedor, lleno de plantas y con el aroma del café recién molido. En una mesa al fondo, una mujer de unos 40ent y tantos años, con el cabello recogido y unas gafas grandes que no lograban ocultar las ojeras, levantó la vista de su taza.
La reconoció por el miedo en sus ojos. era el mismo que Ana veía en su propio espejo. “Gracias por venir”, dijo Ana sentándose frente a ella. “Mi nombre es Teresa”, dijo la mujer sin rodeos. “Y el hombre con el que se casó se llama Alejandro Ruiz. Al menos ese es el nombre que usó conmigo.” Teresa habló durante casi dos horas. Su historia era un eco escalofriante de la de Ana. La conoció en un viaje de trabajo. Fue encantador, atento, el hombre perfecto.
Se casaron en se meses. La convenció para que vendiera su apartamento y pusiera todos sus ahorros en una oportunidad de inversión única. Era tan convincente”, dijo Teresa con la voz temblorosa. “Te hace sentir que eres la mujer más inteligente y especial del mundo por confiar en él. Te aísla de tus amigos, de tu familia, de cualquiera que pueda tener dudas.” Un día, el contable de toda la vida de Teresa la llamó, alarmado por las transferencias masivas a cuentas en el extranjero.
Esa fue la primera señal de alarma. Cuando lo confrontó, Alejandro reaccionó con una furia que nunca había visto. No fue la violencia física lo que me asustó, confesó Teresa mirando sus manos. Fue su mirada. Era como si la máscara se cayera y viera al monstruo que había debajo. Esa noche, mientras él dormía, empaqué una maleta, tomé mi coche y conje sin parar hasta que se me acabó la gasolina. Nunca volví. ¿Y el dinero?, preguntó Ana. Teresa negó con la cabeza una sonrisa amarga en los labios.
Lo perdí todo. Tuve que empezar de cero viviendo con mi hermana, avergonzada, destrozada. Pero al menos salí con vida. Otras no tuvieron tanta suerte. Ana sintió un escalofrío recorrer su espalda a pesar del calor del café que tenía entre las manos. Otras. ¿A qué se refiere? Teresa se inclinó sobre la mesa bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspirador. Cuando escapé, lo denuncié. La policía fue inútil. Sin pruebas contundentes, era mi palabra contra la de un fantasma.
Pero un detective se apiadó de mí y buscó extraoficialmente. Encontró a dos mujeres más en otras ciudades que se habían casado con hombres que encajaban en la descripción de Alejandro, aunque con nombres diferentes. Hizo una pausa tomando aire. Una de ellas era de Cali, una empresaria adinerada. murió se meses después de su boda. Su coche se quedó sin frenos bajando una colina. La policía lo caratuló como un accidente, un fallo mecánico. Pero ella le había dicho a su hermana una semana antes que su esposo la estaba envenenando lentamente.
Nadie la creyó. Ana se quedó sin aliento. Un accidente. La palabra resonó en su mente cargada de un nuevo y siniestro significado. ¿Y la otra? Preguntó temiendo la respuesta. La otra era de Bucaramanga, una viuda joven que había heredado una fortuna. La encontraron en su casa. Oficialmente fue un suicidio por depresión. Se había tomado un frasco entero de pastillas para dormir, pero su mejor amiga juró que ella estaba feliz, que estaba haciendo planes para el futuro, que lo único que la preocupaba era que su nuevo marido controlaba cada céntimo de su dinero.
Teresa la miró fijamente, sus ojos llenos de una urgencia desesperada. ¿Entiendes ahora, sana? Él no es solo un ladrón. Es un asesino. Si sospecha que sabes la verdad, no dudará en deshacerse de ti. No te dará la oportunidad de escapar como yo. Te está vaciando las cuentas, ¿verdad? Ya te ha hecho firmar poderes. Te ha convencido para que juntes tu patrimonio con el suyo. Ana asintió, incapaz de hablar. Cada palabra de Teresa era un clavo en el ataúd de su antigua vida.
Cuando el dinero se acabe o cuando te conviertas en un estorbo, buscará una salida y su salida siempre es permanente. Por eso te llamé. Cuando vi la noticia de tu boda en un pequeño portal social, reconocí su cara. No podía quedarme de brazos cruzados. Tienes que irte ahora. Desaparece como hice yo. No, dijo Ana y la fuerza en su propia voz la sorprendió. No voy a oír. Voy a hacer que pague por ti, por las otras y por mi perro.
Teresa la miró con una mezcla de admiración y terror. Entonces, no necesitas un plan de escape, necesitas un milagro o un ejército. Ana regresó a la habitación del hotel, sintiéndose como una persona completamente diferente. El miedo seguía ahí, un nudo frío en el estómago, pero ahora estaba mezclado con algo nuevo, una rabia gélida y una determinación de acero. Le contó a Lucía cada detalle de la conversación con Teresa. Lucía, normalmente tan fuerte, palideció al oír hablar de las otras mujeres.
Dios mío, Ana, esto es una pesadilla. Teresa tiene razón, tienes que salir de esa casa. No puedo, Lu. Si me voy, él desaparecerá. Se irá con mi dinero y buscará a su próxima víctima. No voy a permitirlo. ¿Cuántas más tienen que morir? Pero, ¿qué podemos hacer? Es un monstruo. Es peligroso. No podemos enfrentarnos a él solas. Entonces, no lo haremos solas, dijo Ana. Su mente trabajaba con una claridad que no había sentido en meses. La confusión y la negación habían sido barridas por la cruda verdad.
Papá siempre hablaba de un amigo suyo, un detective que se retiró. Morales, creo que se llama. Decía que era el hombre más terco y brillante que había conocido, que podía encontrar una aguja en un pajar. Lucía la miró. sus ojos encendiéndose con una chispa de esperanza. Claro, el señor Morales, lo recuerdo. Un hombre muy serio, siempre con cara de pocos amigos. Se retiró hace un par de años. No sé si querrá involucrarse. Tendrá que hacerlo, afirmó Ana sacando su teléfono.
Conseguiré un número, le pagaremos lo que pida, pero necesitamos a alguien que sepa cómo funciona este mundo, alguien que pueda encontrar las pruebas que la policía no quiso buscar. Lucía asintió. La decisión tomada. De acuerdo, pero con una condición. No volverás a esa casa sola. Me mudaré contigo hasta que esto termine. No te dejaré ni un segundo a solas con él. Ana aceptó. No era solo una cuestión de seguridad, era la certeza de que por primera vez en mucho tiempo no estaba sola en su lucha.
tenía Asind Tesento, Lucía tenía la historia de Teresa y ahora iban a buscar a su propio ejército, aunque fuera un ejército de un solo hombre. La oficina de Hernán Morales no era una oficina, era la mesa de una cafetería de barrio que olía a café quemado y a pan de ayer. Morales era un hombre de unos 60 años con más arrugas que sonrisas y una mirada que parecía haberlo visto todo dos veces. Escuchó la historia de Ana sin interrumpir, bebiendo un tinto pequeño y amargo.
Ana le contó todo desde el principio. Empezó por la escena de la boda. La desesperación de Ramón, sus gruñidos, su intento frenético por impedir que llegara al altar. Dio un cambio sutil en la expresión del detective. La mayoría de la gente había descartado el incidente como la rareza de un animal viejo. Morales, en cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, su interés claramente avivado. Luego le narró la luna de miel, el pasaporte falso, las mentiras, la llamada anónima y la terrible historia de Teresa en Medellín.
puso sobre la mesa una copia del pasaporte de Alejandro Ruiz y los papeles de la empresa fantasma que Lucía había conseguido. Cuando terminó el silencio se apoderó de la mesa. Morales se terminó el café de un sorbo. Su perro era más inteligente que toda su familia junta, dijo finalmente. Su voz era una lija. No era un insulto, sino una declaración de hechos. Los animales no mienten. Ven a la gente como es, sin el disfraz de las palabras bonitas y el dinero.
¿Nos ayudará?, preguntó Lucía. Morales las estudió por un largo momento. Los casos de estafadores sentimentales son un desastre. Son fantasmas. Cuando los quieres atrapar, ya se han ido con el dinero y el corazón de la víctima. La policía no tiene recursos o ganas para perseguirlos. No nos importa el dinero, intervino Ana su voz firme. Quiero pruebas, pruebas de quién es, de lo que hizo. Quiero que termine en la cárcel por lo que le pasó a esas mujeres.
Morales se rascó la barbilla canosa. Esto ya no es una estafa. Si la historia de su amiga de Medellín es cierta, estamos hablando de un asesino en serie. Es mucho más peligroso de lo que imaginan. Si me meto, las cosas se van a poner feas. ¿Están preparadas para eso? Ana lo miró directamente a los ojos. Estoy preparada para cualquier cosa. Él se llevó a mi perro. Esa fue la frase que pareció sellar el trato. Morales asintió lentamente.
De acuerdo, acepto el caso. Mi tarifa es alta y mi primera instrucción es esta. A partir de ahora, usted es la esposa más feliz y confiada del mundo. Ni una duda ni una pregunta. Actúe su papel porque su vida depende de ello. Yo empezaré a acabar y créame, siempre encuentro algo. Morales era un hombre de palabra. En menos de 48 horas empezó a obtener resultados. Operaba desde las sombras usando una red de antiguos contactos y una habilidad para navegar por las bases de datos que bordeaba lo ilegal.
Su primera llamada, Ana. fue corta y al grano. El amigo de la finca se llama Ricardo Echeverry, según su esposo. No existe ningún Ricardo Echeverry en su círculo conocido, ni en el de usted. El nombre es inventado y la finca busqué en los registros de propiedad de toda la región. No hay ninguna a su nombre ni al de sus supuestos familiares. El perro no está en ninguna finca. Ana escuchó en silencio, apretando el teléfono en la cocina mientras Vladimir estaba en el estudio en una de sus interminables llamadas de negocios.
La confirmación, aunque esperada, fue como un golpe. Mientras tanto, vivir con Vladimir y Lucía bajo el mismo techo era una obra de teatro de alta tensión. Lucía se había instalado en la habitación de invitados con la excusa de un problema de humedad en su apartamento. La dinámica era extraña. Vladimir era encantador con ella, tratándola como a una hermana. Pero Ana podía ver la guerra fría que se libraba en las miradas que cruzaban cuando creían que nadie los veía.
Vladimir, por su parte, empezó a notar el cambio en Ana. A pesar de sus esfuerzos por actuar normal, algo en su actitud había cambiado. Se había vuelto más silenciosa, más observadora. Una noche, mientras leía en la cama, él entró y se sentó a su lado. “Últimamente estás muy distante, cariño”, dijo con una suavidad que le erizó la piel. “¿Es por lo de tu hermana aquí? ¿Te sientes incómoda? No, para nada. Es solo el estrés del trabajo, mucho cansancio.
Mintió ella. Entiendo dijo él, pero sus ojos la escrutaban buscando algo más. Sabes que puedes confiar en mí para lo que sea. Somos un equipo, ¿recuerdas? La palabra equipo sonó como una burla. Él le acarició la mejilla y ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no retroceder. Su toque, que antes la reconfortaba, ahora se sentía como el de una serpiente. Sabía que él sospechaba. El tiempo se estaba agotando. La carrera entre la investigación de Morales y la paciencia de Vladimir había comenzado.
Una semana después de haberlo contratado, Morales la citó en el mismo café de la primera vez. La cara del exdective estaba más sombría que nunca. No hubo preámbulos. En cuanto Ana se sentó, él deslizó una hoja de papel sobre la mesa. Lo siento, Ana. Era un informe oficial con el sello del centro de control animal de la ciudad y debajo una factura de una clínica veterinaria. Ana leyó el documento. Su respiración se detuvo. Sus ojos repasaban las palabras una y otra vez, pero su cerebro se negaba a procesarlas.
Solicitante: Vladimir Castillo. Mascota, canino, mestizo, macho. Nombre: Ramón. Motivo de la visita. Evaluación de comportamiento agresivo incontrolable. Procedimiento solicitado. Eutanasia humanitaria. La fecha del informe era el 23 de octubre, el día después de la boda cancelada, el mismo día que Vladimir le había dicho que lo había llevado a una hermosa finca para que corriera libre y feliz. “Hablé con el veterinario”, dijo Morales en voz baja, casi con gentileza. Un chico joven dijo que el señor Castillo llegó muy afectado.
Le contó la historia del ataque en la boda. Dijo que el perro se había vuelto loco, que era un peligro para su esposa, que no tenía más remedio. El chico se lo creyó. Le pareció un acto de responsabilidad de un dueño preocupado. El procedimiento se realizó esa misma tarde. Ana miró la factura. servicio de eutanasia e incineración comunitaria. Ni siquiera le había dado un entierro digno. Lo había descartado como si fuera basura. El mundo a su alrededor se disolvió.
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