“Verás que no es para tanto, pero Ana sabía que sí lo era. Era para todo. El resto de la luna de miel fue una tortura silenciosa. Ana actuaba. sonreía en los momentos adecuados, pero por dentro estaba construyendo un muro de hielo. Contaba las horas para volver a casa, para hablar con la única persona que sabía que la creería, Lucía. Aterrizaron y en lugar de ir a la casa que compartía con Vladimir, Ana insistió en pasar primero por casa de sus padres para recoger unas cosas.
Era una excusa. Sabía que Lucía estaría allí. Vladimir, siempre complaciente, aceptó sin problemas. Claro, mi amor. Saluda a todos. Yo iré a casa a deshacer las maletas y a preparar todo para mi esposa. En cuanto el taxi de Vladimir se alejó, Ana entró corriendo en la casa. Lucía estaba en la cocina tomando un café. Al ver la cara de Ana, se levantó de inmediato. ¿Qué pasó? Ana no dijo nada, simplemente sacó de su bolso el pasaporte de Alejandro Ruiz y lo puso sobre la mesa.
Lucía lo abrió. Sus ojos se agrandaron mientras leía los datos. Levantó la vista hacia su hermana, una mezcla de validación y preocupación en su mirada. Lo sabía. sabía que había algo podrido. Es peor de lo que crees, Lucía, dijo Ana y las palabras empezaron a salir a borbotones. Le contó de las llamadas nocturnas, de las excusas, de su explicación ensayada sobre las inversiones de alto riesgo. Lucía escuchaba asintiendo lentamente. Cuando Ana terminó, su hermana no dijo, “Te lo dije en su lugar.
se dirigió al estudio de su padre y volvió con un pequeño fajo de papeles. “Mientras estabas fuera, no me quedé de brazos cruzados”, dijo extendiéndole los documentos. “contraté a un conocido que hace verificaciones de empresas. La compañía de Vladimir Castillo Inversiones Globales fue registrada hace apenas 8 meses. No tiene empleados declarados, solo él, y su dirección fiscal es un apartado postal en un centro de mensajería. Ana miró los papeles. Era la prueba que respaldaba el pasaporte falso.
Era la confirmación de que todo era una elaborada mentira. No solo eso, continuó Lucía su voz grave. Busqué registros de su supuesta familia en Barranquilla, los padres que vinieron a la notaría. No hay ningún matrimonio, Castillo Fernández con un hijo llamado Vladimir en los registros de los últimos 50 años. Esos señores eran actores, Ana. La palabra resonó en la cocina. actores, su boda, su matrimonio, su familia política, todo era una obra de teatro y ella era la protagonista engañada.
“¿Qué hago, Lucía?”, susurró Ana sintiendo que el pánico la ahogaba. Lucía le puso una mano firme en el hombro. “Ahora luchamos. Lo primero es averiguar quién es este hombre en realidad y vamos a hacerlo juntas. ” Esa noche Ana no durmió en la casa que compartía con Vladimir. Se quedó en casa de sus padres en su habitación de la infancia con la excusa de que su madre se sentía mal y quería su compañía. Vladimir no protestó. Un gesto que, en lugar de tranquilizarla la alarmó.
Era como si le diera cuerda, confiado en que ella no iría a ninguna parte. Con Lucía a su lado, pasaron la noche frente a la pantalla del ordenador portátil, sumergiéndose en el abismo digital que era la vida inventada de Vladimir Castillo. Comenzaron por sus perfiles sociales. A primera vista eran perfectos. Fotos de viajes a lugares exóticos, cenas en restaurantes de lujo, participaciones en conferencias de inversión. Pero bajo la lupa de dos mujeres con una misión, las grietas aparecieron.
“Mira esto,”, dijo Lucía señalando una foto de Vladimir, supuestamente en un seminario en Frankfurt. Hice una búsqueda inversa de la imagen. La foto del centro de convenciones es de un banco de imágenes. Él se insertó con Photoshop. Es una edición muy buena, pero aquí en el borde de su hombro la luz no coincide. Siguieron tirando del hilo. Los amigos que le daban me gusta y comentaban sus publicaciones eran perfiles sospechosos. La mayoría tenían pocas fotos, casi ninguna interacción personal y habían sido creados en los últimos dos años.
Eran un ejército de fantasmas digitales diseñados para dar la impresión de una vida social activa. “No tiene pasado, Ana”, susurró Lucía, mientras sus dedos volaban sobre el teclado. No hay fotos de la graduación del colegio, ni del equipo de fútbol, ni de cumpleaños de cuando era niño. Su vida, según internet, empezó hace 3 años. Ana sintió un frío glacial. Estaba casada con un hombre que no solo tenía un nombre falso, sino una existencia completamente fabricada. Era un espectro.
¿Y su familia? Preguntó Ana con la voz rota. Sus padres en la notaría. Lucía tecleó sus nombres en un buscador. Los resultados fueron desoladores. El hombre que se presentó como su padre era un actor de teatro de una compañía pequeña de Cali. Con algunas apariciones menores en comerciales de televisión. La mujer, su supuesta madre, había trabajado como extra en un par de novelas locales. Eran actores contratados. Nada era real. Ana apoyó la cabeza en el escritorio. El peso de la mentira era físico, aplastante.
No era solo un estafador, era un arquitecto de realidades falsas. y ella vivía en el centro de su última creación. Volver a casa al día siguiente fue uno de los actos más difíciles de su vida. Vladimir la recibió con un ramo de rosas y una cena preparada. La normalidad de la escena era grotesca. Mientras cenaban, Ana decidió ponerlo a prueba. Era un riesgo, pero necesitaba ver su reacción. Estuve hablando con una vieja amiga de la universidad. comenzó Ana removiendo la comida en su plato con un tenedor.
Estudió en la misma facultad de finanzas que tú en Bogotá. Dice que se acuerda de ti. Vladimir levantó la vista de su plato, sus ojos atentos. Ah, sí. Qué curioso. ¿Cómo se llama? Mariana Londoño dice que recuerda mucho las clases del profesor Siifuentes. Un hombre bajito, con un bigote enorme que siempre contaba los mismos chistes malos. Inventó el nombre del profesor sobre la marcha. Lucía y ella habían comprobado la lista de docentes de esa época. No existía ningún sifuentes.
Vladimir sonrió con nostalgia, una actuación impecable. El viejo si fuentes. ¿Cómo olvidarlo? Un genio a pesar de sus chistes. Sí, creo recordar a una Mariana. Dile que le mando saludos. Se bebió su copa de vino, tranquilo, sin la menor vacilación. Ana sintió que se le helaba la sangre. No solo mintió, sino que lo hizo con una facilidad y una naturalidad aterradoras. Añadió detalles a su mentira, la hizo suya. Por un segundo, un destello cruzó por sus ojos, una chispa de triunfo y casi de burla.
Fue tan rápido que casi pensó que lo había imaginado, pero no lo había visto. Él sabía que ella estaba mintiendo y estaba jugando con ella, demostrándole que su habilidad para engañar era muy superior a la de ella para descubrirlo. “Me alegro de que la recuerdes”, dijo Ana forzando una sonrisa. Claro que sí, mi amor”, respondió él extendiendo la mano para acariciar la suya sobre la mesa. Yo nunca olvido un detalle importante. La frase quedó flotando en el aire, cargada de una amenaza silenciosa.
No era una simple conversación, era una partida de ajedrez y él le acababa de advertir que siempre iba a un movimiento por delante. Esa noche, Ana cerró con llave la puerta de su habitación por primera vez, un gesto inútil que, sin embargo, la hizo sentir un poco menos vulnerable en su propia casa. Dos días después, el teléfono sonó mientras estaba en el supermercado. Era un número privado. Dudó en contestar, pero una extraña intuición la obligó a hacerlo.
“Aló”, dijo con cautela. Al otro lado solo se escuchaba una respiración agitada entrecortada. “¿Es usted, Ana, la esposa de Vladimir Castillo?”, preguntó una voz de mujer distorsionada por el pánico o por un aparato. Sí, soy yo. ¿Quién habla? No tengo tiempo. No nos conocemos, pero tiene que escucharme. La mujer hablaba rápido, atropelladamente. Está en un peligro terrible. Vladimir no es quien usted cree. No es un inversor, es un depredador. Ana se detuvo en medio del pasillo de las pastas, apretando el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
El carrito de la compra se quedó quieto. ¿De qué está hablando? ¿Cómo sabe usted? Porque yo fui una de él. La voz se quebró en un soyo, ahogado. Estuve a punto de perderlo todo. Logré escapar, pero por poco. Él le quitará su dinero, su casa, su dignidad. Y si usted se interpone, él es capaz de cualquier cosa. El ruido de fondo cambió como si la mujer estuviera moviéndose. Tengo que colgar. No puedo. Él no puede saber que la llamé.
Por favor, sea inteligente, no lo confronte. Busque ayuda. Huya. Espere, suplicó Ana. Dígame su nombre. ¿Dónde está? ¿Cómo puedo? Pero la llamada ya se había cortado. Un pitido monótono era todo lo que quedaba. Ana se quedó de pie, paralizada, con el teléfono en la mano. La gente pasaba a su lado con sus carritos, inmersa en la banalidad de sus compras, ajena al hecho de que su mundo acababa de implosionar. La llamada no era una advertencia, era una confirmación.
El miedo abstracto que sentía se había convertido en un terror concreto y palpable. Ya no se trataba solo de mentiras y dinero, se trataba de su vida. Dejó el carrito abandonado en mitad del pasillo y salió del supermercado casi corriendo, como si el propio Vladimir fuera a aparecer de detrás de una estantería de cereales. Llegó a casa de Lucía con el rostro pálido y las manos temblorosas. Le contó sobre la llamada. Lucía la escuchó sin interrumpir su expresión endureciéndose con cada palabra.
Necesitas hablar con esa mujer, Ana. Es la única que puede darnos respuestas reales. Dijo algo que nos permita encontrarla. No, nada. Estaba demasiado asustada. Piénsalo bien. El acento, ¿algún ruido de fondo? Ana cerró los ojos reconstruyendo la llamada. El acento no era de aquí, era más paisa. Sí, sonaba como de Medellín. Medellín, repitió Lucía como si fuera un plan. Bien, es un comienzo. Un comienzo para que no voy a encontrar a una mujer anónima en una ciudad de 3 millones de habitantes.
Quizás no tengamos que hacerlo, dijo Lucía. Y Ana vio como la mente de su hermana empezaba a trabajar a toda velocidad. Si esa mujer te llamó, es porque de alguna manera está vigilando a Vladimir o porque supo de tu boda. Si le damos una razón para volver a contactarte, quizás lo haga. El plan era arriesgado, pero era el único que tenían. Ana tenía que salir de la ciudad. Necesitaba crear una oportunidad para que la misteriosa mujer la contactara de nuevo, lejos de la vigilancia de Vladimir.
“Tengo una convención de arquitectura en Medellín la próxima semana”, dijo Lucía. Se suponía que iba a ir yo sola. Ahora iremos las dos. Le dirás a Vladimir que te invité para que te distraigas del mal rato de la boda. Esa noche, durante la cena, Ana le presentó la idea a Vladimir. Lucía tiene una convención en Medellín y quiere que la acompañe. Son tres días. Creo que me vendría bien un cambio de aires. Vladimir dejó los cubiertos a un lado.
La miró fijamente y por un momento Ana pensó que se negaría. vio un cálculo rápido en sus ojos. “Me parece una idea maravillosa, mi amor”, dijo finalmente con una sonrisa cálida que no le llegó a los ojos. “Te lo mereces, pero prométeme que te cuidarás mucho. Medellín puede ser una ciudad complicada. Estaremos bien. Nos quedaremos en el hotel del evento, todo muy seguro. ” “Por supuesto,”, dijo él. Confío en ti y en Lucía. La forma en que dijo el nombre de su hermana con una pausa casi imperceptible fue una advertencia.
Él sabía que Lucía desconfiaba. Al permitirle ir, no estaba siendo generoso. La estaba poniendo a prueba. Y Ana sabía que si fallaba las consecuencias serían nefastas. El vestíbulo del hotel en Medellín estaba abarrotado de arquitectos y diseñadores. Ana se sentía como una impostora. Mientras Lucía se registraba, el teléfono de Ana vibró. Otro número privado. El corazón le dio un vuelco. “Aló. Vi que venía a Medellín”, dijo la misma voz de mujer, esta vez más calmada, pero igual de tensa.
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