El enfrentamiento directo la dejó sin aire. Eran sus propios miedos, sus dudas más profundas, verbalizadas por su hermana. Pero admitirlo era admitir que estaba a punto de cometer el error más grande de su vida. Era más fácil pelear con Lucía. Eres increíble. Arruinaron mi boda y ahora vienes a culpar al único que ha intentado mantener la calma y arreglar las cosas. Quizás la que debería irse a una finca a calmarse eres tú. La herida en el rostro de Lucía fue visible.
Dio un paso atrás como si la hubieran abofeteado. Bien, cásate con él, pero cuando las cosas se pongan feas, no digas que no te lo advertí. Lucía salió de la habitación cerrando la puerta con una suavidad que fue más dolorosa que un portazo. Ana se quedó sola con la fotografía y una certeza aterradora. Su hermana podía estar equivocada, pero la lealtad de Ramón, esa nunca había estado en duda y él ya no estaba allí para protegerla. Dos días después, en la fría y aséptica oficina de una notaría, Ana se casó.
No hubo vestido blanco, ni marcha nupsial, ni invitados más allá de sus padres y los de Vladimir, que habían llegado en un vuelo apresurado y parecían dos figuras de cera sonrientes y distantes. La ceremonia fue un trámite de 10 minutos. El notario leyó los artículos del Código Civil con la monotonía de quien lee una lista de compras. Ana afirmó donde le indicaron. Su caligrafía, normalmente fluida y clara, salió temblorosa, como si su mano se resistiera. Vladimir, a su lado, firmó con un trazo rápido y seguro.
Le sonrió, le tomó la mano y se la besó. “Ahora sí, señora de Castillo”, susurró él. Su apellido sonó extraño en sus labios. Todo se sentía extraño. Sus padres aplaudieron con un entusiasmo forzado, tratando de inyectar algo de alegría en el ambiente estéril. La madre de Vladimir la abrazó, un gesto rígido que olía a laca y a un perfume caro. “Bienvenida a la familia querida”, dijo, aunque sus ojos no sonreían. fueron a almorzar a un restaurante elegante, el tipo de lugar que Vladimir siempre elegía.
Él pidió el vino más caro y propuso un brindis por mi esposa, por nuestra capacidad de sobreponernos a los pequeños obstáculos y empezar nuestro futuro. Todos levantaron sus copas. Ana bebió, pero el vino le supo amargo. Durante todo el almuerzo, Vladimir guió la conversación. habló de la luna de miel Cartagena, de los planes para la casa que comprarían, de cómo se haría cargo de todo para que Ana no tuviera que preocuparse por nada. Era un discurso perfecto, el de un hombre proveedor y protector.
Pero a Ana le sonaba una toma de control. Cada plan que él mencionaba era una puerta que se cerraba para ella. Mientras Vladimir entretenía a sus padres con una anécdota de negocios, Ana miró por la ventana del Sito Netindot restaurante. En la calle, un hombre paseaba a un perro que se parecía a Ramón. El perro tiró de la correa ansioso por oler algo en el suelo y su dueño se ríó y lo dejó hacer. Una escena cotidiana simple, llena de un afecto que a ella le oprimió el corazón.
Se había casado. Era oficialmente una mujer feliz, pero todo lo que sentía era un profundo vacío y una sensación de premonición, como si acabara de firmar un contrato cuyas cláusulas más importantes estaban escritas con tinta invisible. Cartagena era un sueño de postales, calles empedradas, balcones rebosantes de bugambillas de colores vibrantes y el calor húmedo que prometía noches de romance. Vladimir había reservado la suite más lujosa de un hotel boutique en la ciudad amurallada. Durante el día era el esposo perfecto.
La llevaba a los mejores restaurantes, le compraba esmeraldas en joyerías. exclusivas y contrataba coches de caballos para pasear al atardecer. Posaban para las fotos, sonreían, se besaban bajo los arcos de piedra. Cualquiera que los viera pensaría que eran la pareja más feliz del mundo. Ana casi se lo creía, pero la ilusión se rompía por la noche. Alrededor de la medianoche, cuando él creía que ella estaba dormida, su teléfono vibraba. Vladimir siempre se levantaba sigilosamente y salía al balcón para atender la llamada.
Ana, con los ojos entreabiertos en la penumbra lo observaba. No podía oír las palabras, solo el murmullo urgente y bajo. Veía su silueta recortada contra la luz de la luna, su lenguaje corporal tenso, muy diferente al del hombre relajado y encantador que era durante el día. Una noche ella se movió en la cama a propósito. Al instante la conversación de Vladimir se detuvo. “Te llamo luego”, dijo en un susurro apresurado y cortó. Cuando volvió a entrar en la habitación, Ana preguntó con una somnolencia fingida.
“¿Todo bien, mi amor?” Él se sentó en el borde de la cama y le acarició el cabello. Su mano estaba fría. Sí, perfecta. Solo unos asuntos de la oficina. Un negocio importante en Europa. Con la diferencia horaria es un lío. No quería despertarte. Vuelve a dormir. La excusa era plausible, como todas sus excusas, pero la frecuencia de las llamadas aumentaba. Eran todas las noches. Y a veces durante el día se excusaba para ir al baño en un restaurante y tardaba más de 20 minutos.
o decía que iba a confirmar una reserva y volvía con la mirada extraña como si acabara de tener una discusión. Ana comenzó a notar un patrón. Después de esas llamadas, él siempre estaba especialmente cariñoso, casi de forma exagerada. La llenaba de cumplidos. le proponía un plan aún más espectacular que el anterior, como si intentara compensar algo, como si el lujo y el romance fueran un velo espeso que él tejía a su alrededor para que ella no pudiera ver lo que se escondía detrás.
Y lo más inquietante era que estaba funcionando. El sol de Cartagena, los regalos, las cenas a la luz de las velas. Todo era tan seductor que hacía falta un esfuerzo consciente para recordar el gruñido de Ramón, la advertencia en los ojos de su hermana y los susurros en el balcón. Una tarde, Vladimir anunció que tenía una teleconferencia de 2 horas que no podía posponer. Es con la gente de Zich, mi amor, aburridísimo. ¿Por qué no vas a ese spa del que tanto hablan?
le sugirió dándole un beso y su tarjeta de crédito. Ana le dijo que sí, pero en lugar de ir al spa decidió caminar sola. Necesitaba aire. Necesitaba un momento lejos de la asfixiante perfección de su luna de miel. Se perdió a propósito por las calles menos turísticas, observando la vida real de la ciudad. Vendedoras de fruta pregonando sus productos. Niños jugando al fútbol con una botella de plástico. Ancianos sentados en las puertas de sus casas viendo la vida pasar.
En una pequeña plaza, lejos del bullicio, se sentó en un banco bajo la sombra de un almendro. Un perro callejero, flaco, y con el pelaje marañado se acercó con cautela. tenía una cojera en una de las patas traseras, pero sus ojos eran inteligentes y amables. Ana le sonrió. El perro movió la cola tímidamente. Ella buscó en su bolso y encontró media barra de cereal que había guardado. Se la ofreció en la palma de la mano. El perro la olfateó y luego la comió con una delicadeza sorprendente.
Mientras el animal comía, Ana sintió una punzada de dolor tan intensa que le cortó la respiración. Pensó en Ramón. estaría bien, lo estarían cuidando. La historia de la finca que se había esforzado tanto por creer, de repente le pareció un cuento de hadas absurdo. ¿Cómo pudo permitir que se lo llevaran? ¿Cómo pudo no exigir una dirección, un teléfono, una prueba? El perro callejero, habiendo terminado su ración, lamió la mano de Ana como agradecimiento y luego se acurrucó a sus pies como si la conociera de toda la vida.
Ella empezó a llorar en silencio. Lloraba por Ramón, por su lealtad incondicional. Lloraba por su propia ceguera, por las ganas de creer en un cuento de hadas que la habían llevado a traicionar a su amigo más fiel. Y lloraba porque sentada en ese banco en una ciudad paradisíaca, casada con un hombre supuestamente maravilloso, se sentía más sola y perdida que nunca en su vida. El perro levantó la cabeza y gimió suavemente, como si entendiera su pena. Y por primera vez, Ana se permitió sentir la verdad.
Algo estaba terriblemente mal. Esa misma noche, la sensación de inquietud no la abandonó. De vuelta en la suite del hotel, mientras Vladimir se duchaba, Ana se movía nerviosamente por la habitación. Necesitaba algo, una prueba, algo tangible que confirmara que sus miedos no eran una invención de su mente. Recordó que Vladimir le había pedido que guardara unos documentos en el compartimento con cremallera de su maleta de mano. Era una excusa tonta, pero le servía. Abrió la pequeña maleta de cuero que él siempre llevaba consigo dentro.
Todo estaba impecablemente ordenado. Un ordenador portátil, una carpeta con documentos, un neceser. Abrió la carpeta. Eran estados de cuenta de inversiones, contratos con cláusulas que no entendía. Todo parecía legítimo. Estaba a punto de cerrar la maleta, sintiéndose ridícula por su desconfianza cuando su dedo rozó extraño en el interior. Una costura que no parecía de fábrica. Tiró suavemente y una sección del se desprendió, sujeta por un pequeño velcro. Era un doble fondo. El corazón le empezó a latir con fuerza.
metió la mano y sus dedos tocaron un objeto rectangular y rígido. Lo sacó. Era un pasaporte, pero no era el pasaporte con el que habían viajado. La cubierta era de otro color, de un país centroamericano. Con manos temblorosas lo abrió. La fotografía era inconfundiblemente de Vladimir, aunque parecía un par de años más joven. Pero el nombre era otro, Alejandro Ruiz. La fecha de nacimiento también era diferente, lo hacía tres años mayor. Y la nacionalidad panameña se quedó mirando el documento, sintiendo como el suelo se abría bajo sus pies.
No era un alias. Un alias no venía con una fecha de nacimiento falsa y una nacionalidad distinta. Esto era otra identidad, una vida entera falsa. Las llamadas nocturnas, las reuniones secretas, la historia del perro, todo empezó a encajar de una forma monstruosa. El hombre con el que se había casado no existía. Escuchó el sonido de la ducha al detenerse. Con un pánico helado, volvió a meter el pasaporte en el doble fondo, arregló el y cerró la maleta.
se sentó en la cama justo cuando él salía del baño, envuelto en una toalla sonriendo. Lista para pedir la cena mi vida, muero de hambre. Ana lo miró al hombre que ahora era un completo desconocido y asintió, forzando una sonrisa que le dolió en todos los músculos de la cara. Claro, pide lo que quieras. no pudo esperar. La idea de pasar una noche más fingiendo normalidad era insoportable. Después de que el servicio de habitaciones retirara los platos de la cena, Ana se armó de valor.
Se sentó en el sofá frente a él, que leía unas noticias de economía en su tableta. Dejó el pasaporte falso sobre la mesa de centro entre ellos. “Encontré esto”, dijo, su voz más firme de lo que esperaba. Vladimir bajó la tableta lentamente, miró el pasaporte, luego la miró a ella. No hubo sorpresa en su rostro ni pánico, solo una calma gélida que la aterrorizó más que cualquier grito. Se reclinó en su asiento, cruzó los dedos y suspiró como un padre decepcionado.
“Sabía que tu curiosidad te ganaría tarde o temprano”, dijo en voz baja. “Supongo que te debo una explicación. Creo que me debes más que eso, Alejandro, o como sea que te llames. Él esbozó una media sonrisa. Mi nombre es Vladimir. Vladimir Castillo. Alejandro Ruiz es una herramienta de trabajo, por así decirlo, una identidad que necesito por la naturaleza de mis negocios. Ana lo miró incrédula. Negocios. ¿Qué clase de negocios requieren una identidad falsa, Vladimir? Contrabando, lavado de dinero.
Nada tan vulgar, por favor, respondió él con un tono casi ofendido. Manejo inversiones de muy alto riesgo para clientes muy privados, gente que valora su anonimato por encima de todo. A veces para proteger sus intereses y los míos, debo moverme bajo otro nombre. Es una simple medida de seguridad en un mundo muy complicado. Entiendo que te asuste, pero es parte de la vida que te puedo ofrecer. La explicación era tan fluida, tan ensayada, que parecía casi lógica.
Apelaba a un mundo de finanzas internacionales y secretos que ella no conocía, haciéndola sentir ingenua y provinciana por dudar. Y la fecha de nacimiento, la nacionalidad. Detalles, Ana, parte del camuflaje. Cuanto más completa es la historia, más segura es la operación. Escúchame. Se inclinó hacia adelante. Su voz se volvió suave y persuasiva. Te amo. Nada de esto cambia lo que siento por ti. Es solo trabajo. Un trabajo que nos permitirá vivir como reyes. ¿No es eso lo que quieres?
¿O prefieres que vuelva a hacer un don? Nadie sin un peso en el bolsillo. Estaba dándole la vuelta a la situación, haciéndola a ella la responsable de aceptar o rechazar su complicado mundo. La estaba manipulando con una maestría diabólica. Ana quería gritar, quería salir corriendo, pero se quedó paralizada por la audacia de su mentira. Recogió el pasaporte y se levantó. Necesito pensar. Tómate el tiempo que necesites”, dijo él volviendo a su tableta como si el asunto estuviera zanjado.
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