Jej mąż zostawił ją z suchą plantacją kawy... Lata później jego kawa zdobywała nagrody...

Durante dos semanas más trabajaron. Don Jacinto traía su experiencia, Miguel su fuerza, lucía su determinación inquebrantable. Finalmente, la zanja estaba completa. 150 m desde el arroyo hasta el corazón del cafetal. Instalaron la tubería con manos temblorosas de emoción cuando abrieron la llave improvisada y el agua comenzó a fluir por primera vez hacia los cafetos sedientos, Lucía cayó de rodillas y lloró. No eran lágrimas de desesperación, esta vez eran lágrimas de triunfo. Es solo el principio, le recordó don Jacinto con una mano en su hombro.

Estos árboles necesitan meses, tal vez un año para recuperarse completamente. Tengo tiempo, respondió Lucía limpiándose las lágrimas. Mientras el agua corría hacia los primeros cafetos, algo comenzó a cambiar. En cuestión de semanas, los árboles más cercanos al sistema de riego empezaron a mostrar signos de vida. Pequeños brotes verdes aparecieron en las ramas que habían estado secas. La noticia se extendió por San Rafael. La loca del cafetal estaba logrando lo imposible. Carmela aumentó su pago a 200 pesos semanales cuando vio que Lucía nunca faltaba, nunca se quejaba, nunca pedía favores especiales.

Con el dinero extra, Lucía compró más tubería. Extendió el sistema de riego. Cada fin de semana, con la ayuda de don Jacinto y Miguel, el agua llegaba a más árboles. Para el tercer mes, una cuarta parte del cafetal mostraba signos claros de recuperación. Las hojas nuevas brotaban tímidamente. Los troncos comenzaban a engrosar. Va a funcionar”, le dijo don Jacinto una tarde estudiando los árboles con ojo experto. “En se meses con las lluvias de temporal, estos cafetos estarán produciendo.” Lucía miró el cielo calculando mentalmente cuánto produce un cafetal de 30 haáreas.

Si lo haces bien, si cuidas las plantas, si la cosecha es buena, podrías sacar entre cinco y 8 toneladas de café pergamino. ¿Y cuánto vale eso? Depende de la calidad, pero el café de altura bien procesado puede vender a 60 o 70 pesos el kilo. Lucía hizo los cálculos en su cabeza. Si lograba 5 toneladas, eso eran 5,000 kg a 60 pesos, 300,000 pesos. La cifra era tan grande que le costaba respirar. Pero eso es si todo sale bien, advirtió don Jacinto.

El café es delicado, requiere trabajo constante. Trabajaré, prometió Lucía, día y noche si es necesario. Esa noche, sentada en el porche de la cabaña que había limpiado y reparado poco a poco, Lucía miró las estrellas y permitió que un pequeño sentimiento de esperanza creciera en su pecho. había llegado a ese lugar rota y humillada, con dos niños hambrientos y sin un peso en el bolsillo. Roberto la había dejado allí para que muriera, para que aprendiera su lugar, pero ella había encontrado agua en el pozo seco.

Había encontrado vida en los árboles muertos. Había encontrado bondad en extraños como don Jacinto y Carmela. Y lo más importante, había encontrado fuerza en sí misma que nunca supo que tenía. Los cafetos ya no eran esqueletos, eran promesas verdes que crecían día a día. Y Lucía Moreno, la mujer abandonada, la esposa desechada, estaba apenas comenzando su transformación. Seis meses habían pasado desde aquella primera noche terrible en el cafetal. Lucía se levantó antes del amanecer como siempre, pero esta mañana era diferente.

Hoy revisaría los primeros cafetos que habían florecido. Caminó entre las hileras mientras la luz rosada del alba iluminaba la montaña. Los árboles que una vez fueron esqueletos secos, ahora se erguían cubiertos de hojas verdes brillantes. Y allí, en las ramas de los primeros cafetos recuperados, pequeñas flores blancas como estrellas perfumaban el aire. florecieron,” susurró tocando delicadamente los pétalos. Las lágrimas le nublaron la vista. Don Jacinto llegó una hora después y encontró a Lucía todavía contemplando las flores.

“¿Lo lograste, muchacha?”, dijo el anciano con voz emocionada. “Estos árboles están vivos de verdad. En 4 meses tendrás cerezas maduras.” Lucía se volvió hacia él con determinación renovada. “Necesito aprender todo sobre la cosecha. Todo sobre el procesamiento. No puedo cometer errores. Durante las siguientes semanas, don Jacinto se convirtió en su enciclopedia viviente del café. Le enseñó a identificar el momento exacto de madurez de las cerezas, a distinguir entre café pergamino y café oro, a entender los procesos de lavado y secado.

“El café de altura como el tuyo es especial”, explicaba mientras recorrían el cafetal. Crece despacio, desarrolla más sabor, pero tienes que cosecharlo a mano. Solo las cerezas rojas, nada de verdes. ¿Cuánta gente necesito para la cosecha? Para 30 haáreas, al menos 20 cortadores, tal vez 25. Lucía hizo cuentas mentales. Sus ahorros habían crecido a 2,500 pesos después de meses de trabajo incansable en la tienda y de vivir con lo mínimo. No era suficiente para pagar jornaleros, pero tenía otra idea.

Esa tarde bajó al pueblo y puso un anuncio en la tienda de Carmela. Se necesitan cortadores de café. Pago 30 pesos por lata más comida. Mitad del pago adelantado era un buen precio, mejor que el que pagaban la mayoría de los finqueros. Pero el detalle de mitad adelantado era crucial. Lucía sabía que muchos jornaleros necesitaban dinero inmediato. En tr días 12 personas se habían presentado. Hombres y mujeres del pueblo que necesitaban trabajo. Lucía los entrevistó a todos en el portal de la cabaña, mirándolos directamente a los ojos.

El trabajo es duro, les dijo. El cafetal está en recuperación. No todos los árboles producirán igual, pero les prometo trato justo y pago completo. Uno de los hombres, un tipo corpulento llamado Esteban, la miró con escepticismo. Una mujer sola manejando un cafetal. ¿Seguro que sabes lo que haces? Lucía lo miró sin pestañear. Reviví estos cafetos desde la muerte. Construí el sistema de riego con mis propias manos. Sé exactamente lo que hago. La pregunta es, ¿tú sabes trabajar o solo sabes hablar?

Miguel, el hijo de don Jacinto que estaba presente soltó una carcajada. Te lo dije, Esteban. Esta mujer tiene más agallas que 10 hombres juntos. Esteban terminó siendo uno de sus mejores trabajadores. Cuando llegó septiembre y las primeras cerezas comenzaron a madurar, Lucía tenía 18 cortadores listos. Había gastado 1800 pesos en adelantos, dejándole solo 700 en reserva. Era un riesgo enorme. La primera mañana de cosecha, Lucía reunió a todos los trabajadores. “Estas plantas casi murieron”, les dijo señalando los cafetos.

cargados de cerezas rojas. Las traje de vuelta a la vida porque me negué a aceptar que estaban perdidas. Ustedes van a cosechar esa vida. Háganlo con respeto. Trabajaron desde las 6 de la mañana hasta las 4 de la tarde, cuando el sol se volvía demasiado intenso. Lucía trabajaba hombro a hombro con ellos, cortando cerezas con manos que ya no temblaban, con músculos fortalecidos por meses de trabajo duro. Valeria, que ahora tenía 7 años, ayudaba llevando agua a los trabajadores.

Tomás, de cinco, recogía las cerezas que caían al suelo. Al final del primer día habían llenado 30 latas, 900 pesos en un solo día. Pero el verdadero trabajo comenzaba después de la cosecha. Las cerezas debían despulparse, lavarse y secarse. Don Jacinto le había enseñado el proceso, pero hacerlo a escala era otra cosa. Con ayuda de Miguel construyeron un beneficio improvisado, usando tanques viejos que Lucía compró en un desguace. tablas recicladas y mucha creatividad crearon un sistema para procesar el café.

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