Jej mąż zostawił ją z suchą plantacją kawy... Lata później jego kawa zdobywała nagrody...

Necesitaba ayuda y eso significaba ir al pueblo más cercano. El camino de tierra bajaba serpente por la montaña durante 5 km hasta llegar a San Rafael, un pueblo pequeño con una plaza central, una iglesia y unas 30 casas dispersas. Lucía llegó cubierta de polvo con Valeria de la mano y Tomás a la espalda, porque el niño se había cansado de caminar. Las miradas de la gente la seguían mientras cruzaba la plaza. podía escuchar los murmullos. Es la esposa de Roberto Salazar.

Oí que él la dejó en el cafetal viejo de don Esteban. Pobre mujer con esos niños. En la pequeña tienda de abarrotes, una mujer robusta de unos 50 años la recibió con una mezcla de curiosidad y compasión. “Tú debes ser Lucía”, dijo sin rodeos. “Soy Carmela. Toda la plaza sabe que Roberto te abandonó allá arriba.” Lucía sintió que las mejillas le ardían de vergüenza, pero mantuvo la cabeza en alto. “Necesito trabajo”, dijo simplemente cualquier cosa.

Puedo limpiar, cargar, cocinar. Carmela la estudió con ojos penetrantes. “¿Sabes algo de café?” “No, admitió Lucía, “pero puedo aprender.” La mujer asintió lentamente. “Mi hermano tiene una finca de café a 3 km de aquí. Siempre necesita gente para la cosecha. Paga 50 pesos por lata llena. Cuando empieza la cosecha, en dos meses, cuando comiencen las lluvias de mayo. Por ahora puedes ayudarme aquí en la tienda. Te doy 150 pesos a la semana más algo de comida para llevar.

Lucía sintió que las lágrimas amenazaban con salir, pero las contuvo. Gracias, susurró. No me agradezcas todavía. El trabajo es duro y las horas largas. ¿Puedes dejar a los niños en algún lado? Lucía miró a sus hijos que la observaban con ojos grandes y confiados. Los traeré conmigo. Se portarán bien. Carmela suspiró, pero asintió. Empiezas mañana, 6 de la mañana. Esa noche, mientras los niños dormían, Lucía contó las monedas que le quedaban. 32 pesos. Con los 150 que ganaría la próxima semana, podría comprar frijoles, arroz, algo de carne.

Podrían sobrevivir, pero sobrevivir no era suficiente. Lucía pensó en el cafetal muerto, en esos 30 haectáreas que todos consideraban inútiles. Pensó en la línea verde bajo la corteza seca. Al cuarto día de trabajar en la tienda de Carmela, un anciano entró a comprar cigarros. Era delgado como un alambre, con piel curtida por el sol y ojos que brillaban con inteligencia. “Don Jacinto”, lo saludó Carmela con respeto. “¿Cómo está la finca?” “Bien, bien. Aunque estos huesos viejos ya no son lo que eran.” El hombre miró a Lucía con curiosidad.

“Tú eres la muchacha del cafetal de Esteban, ¿verdad?” Lucía asintió, preparándose para más compasión no deseada. Yo conocía a Esteban. Continuó don Jacinto. Hace 20 años ese cafetal producía el mejor café de toda la región. Café Arábica de altura. Ganó premios. ¿Qué pasó?, preguntó Lucía inclinándose hacia delante. Esteban se enfermó. Nadie cuidó las plantas. Vino una sequía terrible hace 5 años. Los árboles entraron en shock y parecieron morir. La gente pensó que era el fin.

Parecieron. Don Jacinto la miró con atención. Los cafetos son resistentes, muchacha. Pueden parecer muertos, pero tener las raíces vivas. Has revisado bajo la corteza. Ay, verde, susurró Lucía. El anciano sonrió. Entonces, hay esperanza. Esos árboles necesitan tres cosas: agua, poda y paciencia. No sé nada de café, pero puedes aprender. Yo podría enseñarte. A mi edad uno se aburre y sería una lástima ver morir ese cafetal cuando tiene salvación. Durante las siguientes semanas, don Jacinto se convirtió en el maestro de Lucía.

Cada domingo, su único día libre, él subía al cafetal y le enseñaba. Le mostró cómo examinar las raíces para verificar si estaban vivas, cómo podar las ramas muertas sin dañar el árbol. Cómo identificar las plagas. Como el café necesitaba sombra y humedad, el café Arábica es delicado”, explicaba mientras sus manos expertas mostraban las técnicas. “Necesita altura, temperatura fresca, tierra rica. Tienes todo eso aquí. Lo que te falta es sistema de riego.” Lucía miraba el pequeño arroyo que corría al fondo de la propiedad.

“Y si usamos esa agua, podrías, pero necesitarías canales, tubería. Eso cuesta dinero. Dinero que Lucía no tenía. Con sus 150 pesos semanales apenas le alcanzaba para comida básica. Pero una idea comenzó a formarse en su mente, una idea loca y desesperada. Al final de su primer mes trabajando, Lucía había ahorrado 200 pesos. No era mucho, pero era un comienzo. Caminó hasta el pueblo vecino más grande, donde había una ferretería. Necesito tubería de PVC”, le dijo al dueño.

“La más barata que tenga.” El hombre le mostró las opciones. Con sus 200 pesos, Lucía pudo comprar 20 m de tubería delgada y algunos conectores usados. Durante las siguientes semanas, cada minuto libre lo dedicó a su proyecto. Con las manos descalzas y una pala oxidada que encontró en el cobertizo, comenzó a acabar una zanja desde el arroyo hasta los primeros cafetos. El trabajo era brutal. La tierra estaba llena de rocas. Sus manos se llenaron de ampollas que reventaban y sangraban.

Su espalda dolía tanto por las noches que apenas podía moverse, pero Lucía no se detenía. Mientras cababa, pensaba en las palabras de Roberto. Estos palos muertos son todo lo que mereces. Cada palada de tierra era un acto de desafío. Don Jacinto pasó un domingo y encontró a Lucía cabando bajo el sol implacable con la ropa empapada de sudor. “Estás loca, muchacha”, dijo. Pero había admiración en su voz. “Probablemente”, respondió ella sin dejar de cabar. El anciano se quitó su sombrero y su camisa.

“Déjame ayudarte. Estos huesos viejos todavía sirven para algo. Juntos trabajaron durante horas. Valeria y Tomás traían agua del pozo. Para el atardecer habían completado 50 m de zanja. “Mañana traigo a mi hijo”, prometió don Jacinto. “Esto va más rápido con tres personas.” Y cumplió. Su hijo Miguel, un hombre de 30 años que trabajaba su propia parcela pequeña, llegó con herramientas mejores. “Mi padre dice que tienes agallas”, le dijo a Lucía mientras cababan lado a lado. “Eso es raro de ver.

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