Jej mąż zostawił ją z suchą plantacją kawy... Lata później jego kawa zdobywała nagrody...

Na razie odpowiedziała Lucia, starając się brzmieć pewniej, niż się czuła. Posprzątajmy to i będzie lepiej, zobaczysz. Ale gdy wciągała materace do środka i próbowała utworzyć przestrzeń mieszkalną, Lucia poczuła, jak panika grozi jej pochłonięciem. Nie mieli jedzenia poza czerstwymi ciasteczkami, nie mieli wody, nie mieli pieniędzy, nie mieli nic. Gdy zapadła całkowita noc, zimno góry dało o sobie znać. Lucia owinęła dzieci kocami, które mieli, i położyła je razem na jednym z materacy.

Śpiewał im cicho, aż zasnęli, choć jego własny głos drżał od tłumionych łez. Gdy dzieci zasnęły, Lucia wyszła na rozpadły się ganek. Pełnia księżyca oświetlała martwą plantację kawy widmowym światłem. Rzędy suchych drzew rozciągały się niczym armia szkieletów, cichymi świadkami ich upokorzenia. Słowa Roberto odbijały się echem w jego umyśle niczym okrutne echo. Te martwe patyki to wszystko, na co zasługujesz. Naucz się pracować na serio.

Jesteś ciężarem. Jesteś bezwartościowy. Lucia upadła na ziemię i w końcu pozwoliła łzom swobodnie płynąć. Płakał nad zniszczonym małżeństwem, nad życiem, które sobie wyobrażał, nad utraconym poczuciem bezpieczeństwa. Płakała, aż nie zostało jej już więcej łez. Ale gdy płakała, coś zaczęło się w niej zmieniać. Rozpacz ustąpiła czemuś mroczniejszemu, silniejshemu. Wściekłość, zimna, głęboka wściekłość przeciwko mężczyźnie, który ją porzucił, przeciwko losowi, który ją tu sprowadził, przeciwko światu, który uważał ją za bezużyteczną.

Otarła łzy i spojrzała na plantację kawy w blasku księżyca. Roberto wierzył, że skazał ją na śmierć na tym cmentarzu roślin. Myślał, że zwiędnie tak jak te kawowce. Zobaczmy, kto ma rację. szeptał do wiatru. Wstał z drżącymi, ale zdecydowanymi nogami. Podszedł do najbliższego drzewa kawy. Skórka była sucha i popękana. Gałęzie łatwo się łamały. Ale gdy Lucia musnęła powierzchnię paznokciem, coś ją zaskoczyło.

Bajo la corteza muerta había una delgada línea verde vida. Aquellos árboles no estaban completamente muertos, estaban dormidos. esperando, Lucía miró hacia la cabaña donde sus hijos dormían. Luego miró de nuevo el cafetal. 30 haáreas de cafetos que todos consideraban perdidos. 30 haectáreas que Roberto le había dado como castigo, como prueba de su inutilidad. Pero Lucía había visto esa línea verde bajo la corteza. Y en ese momento, bajo el cielo estrellado de Veracruz, tomó una decisión que cambiaría todo.

No se rendiría, no le daría a Roberto esa satisfacción. Estos palos muertos no serían su tumba, serían su renacer. La batalla apenas comenzaba. El canto del gallo la despertó antes del amanecer. Lucía abrió los ojos sintiendo cada músculo de su cuerpo dolorido por haber dormido en el suelo duro. Valeria y Tomás seguían profundamente dormidos, acurrucados uno contra el otro bajo la manta delgada. Se levantó con cuidado para no despertarlos y salió al aire frío de la madrugada.

El cielo comenzaba a teñirse de rosa sobre las montañas. El cafetal se extendía ante ella. un mar de ramas secas que se mecían suavemente con la brisa. Lo primero era agua. Sin agua nada más importaba. Lucía caminó hacia donde Roberto había mencionado que estaba el pozo. Lo encontró detrás de la cabaña, medio oculto por maleza y arbustos espinosos. La estructura de piedra estaba cubierta de musgo y la tapa de madera estaba tan podrida que se desmoronó cuando intentó moverla.

se asomó con cuidado. La oscuridad era absoluta. Buscó una piedra y la dejó caer. Contó los segundos. 1, dos, tres, cu. El chapoteo llegó débil, pero inconfundible. Había agua a unos 8 o 10 m de profundidad. El problema era cómo sacarla. No había cubeta, no había cuerda, no había nada. Lucía regresó a la cabaña y comenzó a revisar los objetos que Roberto había lanzado. Entre la ropa encontró un vestido viejo que ya no usaba. Lo rasgó en tiras largas y comenzó a atarlas entre sí con nudos firmes.

De la caja de cartón sacó una olla abollada y le ató el extremo de la cuerda improvisada. Tardó media hora en bajar la olla hasta el agua. Sus manos sangraban por la fricción de la tela cuando finalmente logró subirla. El agua estaba turbia y fría, pero era agua. Valeria salió frotándose los ojos justo cuando Lucía vertía el líquido en un recipiente limpio. “Tengo sed, mami”, dijo con voz ronca. “Espera un momento, mi amor. Tengo que hervirla primero.” Con ramitas secas y pedazos de madera de los cafetos muertos, Lucía logró encender un fuego en la estufa oxidada.

El humo llenó la cabaña haciéndolos tooser, pero el agua hirvió. Desayunaron con las galletas rancias remojadas en agua hervida. No era mucho, pero era algo. Tomás preguntó por su padre dos veces. Lucía cambió de tema ambas veces. Vamos a explorar, anunció después del desayuno. A ver qué tenemos aquí. Recorrieron la propiedad bajo el sol creciente. 30 hectáreas parecían infinitas para tres personas a pie. Los cafetos cubrían la mayor parte del terreno plantados en terrazas que seguían la inclinación de la montaña.

Entre las hileras, maleza y arbustos habían crecido sin control. Al final del terreno, donde la pendiente se hacía más pronunciada, Lucía descubrió algo que hizo que su corazón se acelerara. Un pequeño arroyo, apenas un hilo de agua que corría entre las rocas. Agua corriente”, murmuró arrodillándose junto al arroyo. No era mucho, pero fluía constante. Siguió el curso del agua montaña arriba. Unos 200 m más allá encontró la fuente, un manantial que brotaba de entre las rocas.

“El agua era clara y fría. “Esto cambia todo”, susurró. Mientras regresaban a la cabaña, Lucía notó otras cosas: árboles de aguacate silvestres cargados de frutos. Plantas de quelite que crecían entre la maleza, nopales con tunas maduras. La tierra no estaba tan muerta como parecía. Esa tarde, mientras los niños descansaban, Lucía salió a recolectar, cortó quelites con las manos, arrancó tunas con cuidado de no pincharse. Recogió aguacates caídos, no era mucho, pero era comida. Al segundo día, Lucía tomó una decisión crucial.

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