Esa noche Santiago tomó una decisión estratégica. En los exámenes seguiría el método de Méndez al pie de la letra. Cada paso documentado, cada proceso visible, cada formato respetado, le daría al profesor exactamente lo que pedía, pero en su cuaderno privado seguiría explorando sus propios caminos, seguiría buscando los atajos, seguiría siendo el mismo. Era una guerra en dos frentes, público y privado, supervivencia y verdad. Las semanas siguientes sus calificaciones mejoraron, no porque entendiera más, sino porque había aprendido a traducir su pensamiento al idioma de Méndez.
Era como escribir un poema y luego pasarlo a prosa burocrática. Pero el profesor notó algo. “Herrera, tu último examen fue impecable”, dijo Méndez un día con tono que era casi de sospecha. Método perfecto. Proceso claro. ¿Qué cambió? Aprendí a seguir las reglas, profesor. Méndez lo estudió con ojos entrecerrados. Había algo en la respuesta que no le gustaba. Una sumisión demasiado perfecta, una obediencia que olía a estrategia. Las reglas existen por una razón, herrera. Lo sé, profesor. ¿Lo sabes o solo finges saberl?
Santiago sostuvo la mirada sin parpadear. ¿Hay diferencia si el resultado es el mismo? Por un momento, algo cruzó el rostro de Méndez. No era enojo, era reconocimiento. El reconocimiento incómodo de que este niño de ropa gastada estaba jugando un juego más complejo del que aparentaba. “Vuelve a tu asiento, Herrera.” Santiago obedeció, pero ambos sabían que la conversación no había terminado. En el fondo del salón, Andrés Villamisar observaba el intercambio con interés. Llevaba semanas estudiando al becado rural.
Al principio lo había despreciado como todos los demás, pero había algo en Santiago que lo inquietaba. No era su inteligencia. Andrés conocía gente inteligente. Su padre, el alcalde, rodeaba de asesores brillantes. Era su calma, esa capacidad de absorber humillaciones sin quebrarse, esa forma de seguir adelante como si los insultos fueran lluvia resbalando sobre piedra. Andrés no tenía esa calma. Andrés vivía aterrorizado. Cada noche su padre revisaba sus calificaciones. Cada punto perdido era un sermón. Cada segundo lugar era un fracaso.
El apellido Villamizar no aceptaba mediocridad. Si no eres el mejor, no eres nada, le repetía su padre. Esta familia no cría perdedores. Andrés tomaba pastillas para dormir, pastillas para la ansiedad, pastillas que el médico de la familia recetaba sin preguntar demasiado. Y ahora este niño de las montañas amenazaba su posición. Si Santiago seguía mejorando, si sus calificaciones seguían subiendo, ¿qué le diría Andrés a su padre? No era odio lo que sentía hacia Santiago, era miedo, miedo puro y destilado.
Y el miedo, como Santiago pronto descubriría, era más peligroso que la crueldad. El incidente del baño cambió todo lo que Santiago creía entender. Era un jueves de octubre, minutos antes del examen mensual más importante del semestre. Santiago había llegado temprano por primera vez gracias a que un vecino lo había acercado en su camioneta. El colegio estaba casi vacío. Decidió usar el baño antes de que llegaran los demás. Cuando empujó la puerta, escuchó algo que lo detuvo en seco.
Alguien estaba vomitando. No era el sonido casual de una enfermedad. Era algo más violento, más desesperado. Los espasmos venían acompañados de sollozos ahogados. se asomó con cuidado. Andrés Villamisar estaba arrodillado frente al inodoro, su uniforme impecable ahora manchado, su cabello pegado a la frente por el sudor, temblaba con el miedo de quien enfrenta algo peor que cualquier examen. Junto al lavabo, un frasco de pastillas abierto. Andrés levantó la vista. Sus ojos, normalmente llenos de arrogancia, estaban rojos, vacíos, derrotados.
Si le cuentas a alguien, te destruyo. No era amenaza, era súplica disfrazada. Santiago debería haberse ido. Este era el chico que se burlaba de su ropa, que lideraba las risas cuando él pasaba, que lo llamaba el muerto de hambre en los pasillos. Pero Santiago vio algo que los demás no podían ver. Vio los patrones, la misma curva de desesperación que había visto en su madre después de que su padre murió. El mismo temblor de quien carga un peso demasiado grande.
¿Cuál es el problema?, preguntó. ¿Qué? El examen. ¿Qué parte no entiendes? Andrés lo miró como si le hubiera hablado en otro idioma. ¿Por qué te importa? No me importa. Pero si repruebas, tu padre va a hacerte la vida imposible. Y si tu vida es imposible, vas a hacerme la vida imposible a mí. Así que técnicamente me conviene que apruebes. La lógica era tan absurda que Andrés casi sonríó. Las derivadas, admitió finalmente. No entiendo las derivadas. Santiago miró su reloj.
Quedaban 40 minutos. Siéntate. Lo que siguió fue la clase más extraña que ambos habían experimentado. Santiago explicó derivadas usando el agua del lavabo. Cómo la velocidad del chorro cambiaba según cuánto abrías la llave. Como la curva del agua cayendo era exactamente una parábola que podías medir. Mi papá me enseñó que la matemática está en todo dijo Santiago. No en los libros, en el mundo real. Andrés escuchaba con atención genuina, sin máscaras, sin arrogancia. Cuando sonó la campana de advertencia, ambos se miraron.
Esto nunca pasó, dijo Andrés. ¿Qué cosa? Andrés entendió, asintió. El examen comenzó una hora después. Santiago terminó en la mitad del tiempo, como siempre, pero esta vez observaba a Andrés de reojo. Vio como sus manos ya no temblaban, cómo resolvía las derivadas usando el método del agua. Cuando Méndez anunció los resultados, Santiago obtuvo el puntaje más alto, pero el segundo lugar fue Andrés Villamizar, su mejor nota en matemáticas en todo el año. El alcalde llamó esa noche para felicitar a su hijo.
Por primera vez en meses, Andrés no recibió un sermón y así comenzó el pacto más extraño del colegio Simón Bolívar. Cada martes y jueves, antes de que abriera la biblioteca, Santiago y Andrés se reunían en el baño del tercer piso, el lugar más improbable para una alianza, el único lugar donde nadie los buscaría. Santiago enseñaba, Andrés aprendía, pero en público nada cambiaba. Andrés seguía burlándose de Santiago en los pasillos, seguía liderando las risas, seguía siendo el hijo del alcalde que no podía ser visto con el becado rural.
“¿Por qué sigues ayudándome?”, preguntó Andrés un día genuinamente confundido. “Te trato como basura frente a todos.” Santiago pensó en la pregunta. Porque puedo ver la diferencia entre quién eres y quien finges ser. Y porque mi papá me enseñó que ayudar a alguien no depende de si esa persona lo merece, depende de quién quieres ser tú. Andrés no respondió, pero algo cambió en su mirada. Las semanas pasaron, las notas de Andrés subieron consistentemente. El alcalde estaba orgulloso, los profesores estaban impresionados.
Nadie sospechaba la verdad y Santiago cargaba con un secreto que lo hacía más fuerte que cualquier insulto. Porque cada vez que Andrés se burlaba de él en público, Santiago sabía algo que nadie más sabía. El príncipe del colegio dependía del mendigo para mantener su corona. Esa ironía era su armadura silenciosa. Un día, después de una sesión de estudio particularmente intensa, Andrés dijo algo inesperado. “Mi padre no está muerto, pero a veces desearía que lo estuviera.” Santiago no respondió.
Algunas confesiones eran demasiado pesadas para palabras. “Tú perdiste al tuyo,” continuó Andrés. Y aún así no estás roto. Todos estamos rotos, Villamizar. La diferencia es qué hacemos con los pedazos. El silencio que siguió no era hostil. Era el silencio de dos personas que habían visto la humanidad del otro sin permiso. No se convirtieron en amigos. La distancia social era demasiado grande, pero algo había cambiado fundamentalmente. Santiago había descubierto que la verdadera fortaleza no estaba en vencer a sus enemigos, estaba en convertirlos en algo que ni ellos mismos esperaban y eso era más poderoso que cualquier examen.
Noviembre trajo el primer fracaso real de Santiago. Había estado en racha perfecta durante semanas, pero el problema 37 lo destruyó. Méndez lo había puesto como desafío extra, una ecuación diferencial de segundo orden con condiciones de frontera no lineales. Quien lo resuelva tendrá puntos extra y mi recomendación para las olimpiadas, anunció Santiago copió el problema y comenzó a trabajar. Normalmente los números le hablaban. Cuando veía una parábola, veía la curva del agua cayendo del techo de Zinc. Cuando veía una exponencial, veía cómo se multiplicaban las hormigas en el azúcar.
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