EMPREGADA ODKRYWA, ŻE MATKA MILIONERA ZAMKNIĘTA W PIWNICY... DLA SWOJEJ OKRUTNEJ ŻONY...

Todo bien, Clara. Ella dudó, pero se atrevió. Señor, ¿puedo hacerle una pregunta? Claro. ¿Cuándo fue la última vez que vio a su madre? Ricardo levantó la mirada sorprendido. Hace años viajó a Europa y decidió quedarse allá. ¿Por qué preguntas? Por curiosidad, señor. Vi un retrato de una mujer y pensé que podría ser ella. Él sonrió con melancolía. Sí, seguro. Mi madre siempre fue el alma de esta casa. Clara guardó silencio. No podía decirle la verdad todavía, pero su corazón se partía al verlo tan confiado, tan lejos de la realidad que lo rodeaba.

Esa noche, mientras todos dormían, regresó a la sala, quitó la tela del retrato una vez más, encendió una vela y la colocó debajo. La luz cálida iluminó los ojos de doña Leonor pintados en óleo. Por un instante, Clara juró ver un destello real en ellos, como si la mujer le hablara desde otro plano. “Te encontraré”, susurró. “Te sacaré de ahí.” En ese momento, un golpe seco la sobresaltó. Provenía del sótano. Corrió hacia la puerta y pegó el oído contra la madera.

La voz volvió a sonar más clara, más desesperada. Clara, hija. Su cuerpo se estremeció. Aquella palabra, hija, la atravesó como un rayo. ¿Por qué le decía eso? ¿Por qué la voz de la madre del millonario la llamaba así? Cayó de rodillas con lágrimas en los ojos y comprendió que estaba atrapada entre el deber y el miedo. Sabía que si seguía adelante pondría en riesgo todo lo que tenía. Pero si callaba, aquella mujer moriría allí abajo. Se levantó limpiándose el rostro con el dorso de la mano y juró que al día siguiente encontraría otra forma de entrar, aunque tuviera que enfrentarse a la furia de Verónica.

El fuego de la vela seguía ardiendo frente al retrato cubierto y mientras la cera caía lentamente sobre el marco, Clara sintió que algo invisible la observaba desde la oscuridad, como si la casa misma guardara su secreto. La puerta del sótano crujió una vez más y en ese silencio espeso, una promesa tomó forma. Esa voz no quedaría sin respuesta. El amanecer cayó sobre la mansión del monte con un silencio más denso de lo habitual. Clara despertó antes del alba con la sensación de que algo terrible estaba a punto de suceder.

Desde la noche anterior, cuando aquella voz débil la llamó hija desde el sótano, el sueño la había abandonado. No podía apartar de su mente el eco de esa palabra. No era una ilusión. Lo había oído con claridad, como si aquella mujer la conociera desde siempre. Bajó a la cocina aún con la mirada perdida, encendió la estufa, preparó café y comenzó sus tareas en automático. El aire se sentía más pesado. Los empleados hablaban en susurros, temerosos de algo que nadie se atrevía a nombrar.

El reloj del comedor marcó las seis con un sonido seco que la hizo sobresaltarse. Se apuró a limpiar las tazas, pero el temblor de sus manos la delataba. Verónica apareció de repente como un espectro vestido de seda. Su perfume invadió el ambiente antes que su voz. “Te vi anoche, Clara”, dijo sin rodeos. Clara levantó la vista con un hilo de voz. ¿A qué se refiere, señora? No te hagas la inocente frente al retrato con una vela. ¿Te crees que no lo sé?

Sus palabras eran cuchillos envueltos en dulzura venenosa. Solo estaba limpiando, señora, murmuró ella. Verónica se acercó tanto que Clara pudo sentir el calor de su respiración. Te advertí que no te metieras donde no te llaman. Aquí las sirvientas limpian, no usmean. Si te vuelvo a ver cerca de esa puerta o de ese cuadro, te haré arrepentirte de haber nacido. Clara bajó la cabeza. El miedo la oprimía, pero algo dentro de ella empezaba a encenderse. Una llama que la humillación no podía apagar.

“Sí, señora”, respondió en un susurro. Verónica sonrió con frialdad, satisfecha, y salió dejando tras de sí un silencio insoportable. El resto del día transcurrió con lentitud cruel. Clara intentó concentrarse en el trabajo, pero su mente volvía una y otra vez a la voz del sótano. “Hija,”a palabra la perseguía como una plegaria. Si doña Leonor estaba viva allí abajo, no podía abandonarla. tenía que hacer algo. Por la tarde, cuando escuchó el motor del auto del señor Ricardo, su corazón se aceleró.

Quizás él podía ayudarla. Esperó a que Verónica se distrajera y fue al despacho. Tocó la puerta con cuidado. “Sí”, respondió la voz del millonario desde dentro. “Soy yo, señor”, Clara. Ricardo levantó la vista de sus papeles. Amable como siempre. Adelante. ¿Qué ocurre? Quería hablarle. Comenzó. Pero antes de poder continuar, la puerta se abrió bruscamente. Verónica entró sonriendo, fingiendo sorpresa. Ah, aquí estabas, amor mío. ¿Ya te preparas para la cena con los socios? Ricardo sonríó distraído. Sí, ya casi.

Clara, lo que necesites lo hablamos mañana. ¿De acuerdo? Sí, señor”, murmuró ella bajando la mirada. El matrimonio salió del despacho, dejando tras ellos el eco de risas vacías. Clara se quedó sola con el corazón ardiendo. Sentía impotencia, rabia y, sobre todo, una certeza. Verónica controlaba todo. Nadie sospechaba de su crueldad. Esa noche, cuando el reloj marcó las 11 y el silencio se apoderó de la casa, Clara se levantó de su cama y salió al pasillo. Caminó descalza con la linterna temblando en su mano.

Bajó las escaleras con el alma en vilo. Se detuvo frente a la puerta del sótano y se arrodilló. “Está ahí, señora”, susurró. Un gemido débil respondió del otro lado. Aquí, aquí estoy. La voz se quebró, pero aún tenía esperanza. No se preocupe, voy a sacarla. Se lo prometo. De pronto, un crujido la hizo girar. En la penumbra del pasillo, una sombra se movió. Verónica estaba allí observándola. Clara se levantó de golpe, el miedo pintado en su rostro.

Otra vez tú. La voz de Verónica sonó como un látigo. No entiendes, ¿verdad? Yo yo solo escuché algo, señora. Pensé que cállate, gritó ella, acercándose con furia. No quiero excusas. Si vuelves a acercarte a esta puerta, juro que desaparecerás. Nadie te buscará. ¿Me oíste? Nadie. Clara retrocedió sin poder contener las lágrimas. No le tengo miedo”, murmuró con voz temblorosa, “mas para sí misma que para su verd. Verónica rió con desprecio. No deberías tenerlo. Deberías tener terror. Dio media vuelta y subió las escaleras, dejando el sonido de sus tacones retumbando en la oscuridad.

Clara se quedó inmóvil. Su corazón golpeaba con tanta fuerza que le dolía respirar. Sabía que Verónica era capaz de todo. A la mañana siguiente notó que la puerta del sótano tenía una nueva cerradura, más gruesa, más impenetrable. También había una cadena que no estaba antes. El mensaje era claro. Estaba sellado el acceso. Durante el desayuno, Ricardo la saludó con cortesía, pero no notó las ojeras bajo sus ojos. “Todo bien, Clara”, preguntó. sonrió débilmente. Sí, señor, todo bien.

Verónica apareció segundos después con una sonrisa falsa. Mi amor, dile a Clara que no se acerque a los pasillos del fondo. Vamos a remodelar esa zona. No quiero accidentes. Ricardo asintió sin sospechar nada. Claro, querida. Clara, “Obedece a mi esposa.” “Sí, por supuesto, Señor”, respondió, sintiendo como las palabras le quemaban la garganta. Más tarde, mientras regaba las flores del jardín, el viejo jardinero se acercó sigilosamente. “Señorita Clara”, susurró. “Anoche vi algo.” Ella lo miró con preocupación. “¿Qué cosa?” La señora bajó al sótano con una bandeja de comida, pero cuando subió la bandeja seguía igual.

No tocó nada. Clara sintió un escalofrío. ¿Estás seguro? Tan seguro como que estoy vivo. Aquí abajo pasa algo, niña, algo que da miedo. Esa noche, incapaz de soportar más la incertidumbre, Clara entró en el corredor prohibido, encendió su linterna y se detuvo frente al retrato cubierto. Retiró la tela lentamente. Los ojos pintados de doña Leonor parecían brillar con una tristeza viva. “Ayúdeme”, susurró. “No sé qué hacer.” De repente, un golpe de viento apagó las luces del pasillo.

La oscuridad la envolvió. Entonces escuchó un sonido que el heló su sangre, un clic metálico, profundo. La puerta del sótano acababa de moverse. El candado nuevo se partió con un chirrido lento, casi humano. Clara dio un paso atrás, asustada, mientras el aire se llenaba de un olor antiguo y húmedo. La madera crujió. Desde la rendija, una voz quebrada la llamó otra vez. Clara, hija. Ella cayó de rodillas temblando. No sabía si llorar o gritar, pero algo dentro de ella cambió para siempre.

Ya no podía huir. El miedo se transformó en fuerza. Se levantó limpiándose las lágrimas y apoyó la mano sobre la puerta. No está sola, señora. Le juro que la sacaré de aquí. pase lo que pase. Y mientras sus palabras se perdían en la oscuridad del sótano, la mansión pareció estremecerse, como si los muros respiraran por primera vez en años. La noche cubría la mansión con un silencio que dolía. Clara no había dormido. Había pasado horas observando la puerta del sótano desde su pequeño cuarto, escuchando cada crujido, cada golpe del viento que parecía colarse por las rendijas.

Sabía que algo cambiaría esa madrugada. Sentía que la verdad respiraba muy cerca esperando ser descubierta. Cuando el reloj marcó las tres, se levantó, tomó la linterna, se cubrió con un chal viejo y salió descalza al pasillo. El aire estaba helado, cargado de humedad. Cada paso resonaba en el mármol como una advertencia, pero ya no podía detenerse. Si esa voz seguía viva, merecía ser escuchada. Bajó las escaleras con el corazón latiendo como un tambor. Al llegar frente a la puerta, vio que el candado nuevo, aquel que Verónica había colocado, seguía roto desde la noche anterior.

El metal colgaba retorcido, como si algo o alguien lo hubiese forzado desde dentro. Tragó saliva, tomó aire y empujó la puerta. El olor a encierro la golpeó. Era una mezcla de polvo, humedad y soledad. La linterna iluminó un pasillo estrecho con paredes de piedra vieja. Bajó los escalones de madera uno por uno, mientras el eco de su respiración llenaba el lugar. Al fondo escuchó el murmullo de una voz. ¿Quién está ahí?, preguntó con un hilo de voz.

Un gemido respondió. Luego un susurro. Clara, eres tú. El corazón de la joven se apretó, apuntó la linterna hacia la esquina y entonces la vio. Una mujer anciana, delgada, de cabello completamente blanco, estaba sentada sobre un colchón viejo. Sus muñecas estaban marcadas por los años de encierro y su rostro, aunque agotado, conservaba una dulzura que conmovía. Clara cayó de rodillas sin poder contener las lágrimas. Dios mío, ¿qué le han hecho? La mujer levantó la mirada. ¿Eres tú la nueva empleada?

Susurró con voz quebrada. Sí, me llamo Clara. Los ojos de la anciana se iluminaron. Tienes la misma mirada que mi hijo, Ricardo. Clara sintió un nudo en la garganta. ustedes, doña Leonor. Ella asintió lentamente. Sí, hija, soy su madre, pero para ellos estoy muerta. Clara cubrió su boca para no gritar. No, no puede ser. Hace años mi nuera me encerró aquí. Me dijo que Ricardo no quería verme más, que yo era una carga, una vergüenza para su familia.

Al principio le creí, luego entendí que todo era mentira. La voz de la anciana se quebró. Clara tomó su mano helada y temblorosa. Su hijo la cree en Europa, señora. Doña Leonor cerró los ojos y una lágrima rodó por su mejilla. Eso le dijo ella, Verónica, esa mujer tiene el corazón más oscuro que la noche. Clara miró alrededor. Había una pequeña mesa con una vela apagada, una taza vacía y una manta rota. Todo en ese lugar hablaba de abandono.

No se preocupe, la sacaré de aquí, lo juro. No, Clara, susurró la anciana. Si ella te descubre, te hará daño. Ya ha destruido demasiadas vidas. La joven apretó la mano de doña Leonor. No me importa. Nadie merece vivir así. En ese momento, un ruido las interrumpió. Pasos. Alguien bajaba por las escaleras. Clara apagó la linterna y se escondió detrás de unas cajas. El corazón le golpeaba el pecho. La puerta del sótano se abrió con un chirrido. Una luz se encendió.

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