Te doy estos $1,000 ahora mismo en efectivo, sin preguntas. Si logras entender lo que piden y me atiendes en japonés. El silencio volvió a caer sobre la sala, pero esta vez era diferente. Era un silencio pesado, denso, cargado de expectación morbosa. Todos esperaban el desenlace de la broma. Nadie esperaba que ella aceptara. Era imposible. Una chica de la limpieza con las manos ásperas y la mirada asustada. Hablando el idioma más complejo de Oriente. La propuesta era absurda, un insulto disfrazado de oportunidad.
Ana miró los billetes. 000. En su mente, esa cifra no significaba lujo ni caprichos, significaba medicinas, significaba el tratamiento que su abuelo necesitaba desesperadamente y que llevaban meses postergando. Significaba pagar el alquiler atrasado de la pequeña habitación donde vivían. Su corazón se aceleró no por la avaricia, sino por la necesidad pura y dura que le mordía el estómago todos los días. Rodrigo interpretó su silencio como estupidez. ¿Qué pasa? ¿Te comieron la lengua los ratones?”, se burló golpeando suavemente la mejilla de Ana con el fajo de billetes.
Un gesto tan humillante que hizo que el señor Tanca cerrara los ojos momentáneamente, “Ofendido por la falta de dignidad. Vamos, inténtalo. Di algo, Arigato, Sushi, Sayonara, haznos reír un poco y tal vez te dé una propina para que te compres un jabón decente.” La humillación ardía en la piel de Ana. podía sentir las lágrimas acumulándose detrás de sus ojos, picando, amenazando con desbordarse, pero no lloró. Apretó las manos dentro de los bolsillos de su delantal hasta que los nudillos se pusieron blancos.
“No vas a hablar”, insistió Rodrigo, su sonrisa torciéndose en una mueca de desprecio. “Lo sabía. Eres muda o simplemente inútil. Mira estos hombres, niña. Vienen desde el otro lado del mundo para hacer negocios con gente de nivel. No para ver como una criada tiembla de miedo. Se giró hacia sus socios abriendo los brazos. Esto es lo que pasa en este país dijo en voz alta pontificando. No hay ambición. Le ofreces una fortuna a alguien que no gana eso ni en tres meses y se queda paralizada.
No tienen hambre de éxito, solo de lástima. Ana seguía inmóvil. La vergüenza era un manto pesado que la cubría por completo, pero bajo esa vergüenza, algo comenzaba a moverse. Una chispa, un recuerdo de tardes lluviosas, de té verde servido con ceremonia, de lecciones pacientes impartidas por una voz anciana y cariñosa. Recordó las palabras de Tadashi. El verdadero honor es invisible a los ojos de los necios. Ana Chan, nunca bajes la cabeza ante quien no conoce el valor del respeto.
Rodrigo volvió a agitar el dinero, esta vez con impaciencia. Última oportunidad. O este hablas ahora y nos demuestras que sirves para algo más que fregar pisos. O te largas de mi vista y te aseguras de que no te vuelva a ver en toda la noche. Vamos, te doy $1,000. ¿No tienes orgullo, no tienes hambre? El grito resonó vulgar y estridente. Los comensales de las otras mesas dejaron de comer. Los meseros se detuvieron en seco. Todo el restaurante Sakura Fusion contenía el aliento.
Esperando ver como la pequeña empleada de limpieza se desmoronaba y huía llorando, confirmando la superioridad del millonario. Pero Ana no se movió, no huyó. levantó la vista lentamente, dejando de mirar sus zapatos para encontrarse directamente con los ojos burlones de Rodrigo. Había miedo en su mirada, sí, pero también había algo más, algo que Rodrigo, en su ceguera de poder, no supo identificar. Era la calma antes de la tormenta. Los billetes seguían bailando frente a su nariz. Una promesa y un insulto al mismo tiempo.
$,000 el precio de su dignidad, según este hombre. Y bien”, insistió Rodrigo chasqueando la lengua con impaciencia. “¿Te vas a quedar ahí parada como una estatua de sal o vas a intentar ganarte el pan?” Ana abrió la boca, pero las palabras se le atascaron en la garganta. No era miedo escénico, o al menos no solo eso, era la conciencia brutal de lo que esos billetes significaban. En su mente, la imagen del lujoso restaurante se desvaneció por un segundo, reemplazada por la penumbra de la pequeña habitación que compartía con Tadashi.
Lo vio sentado en su viejo sillón con esa tos seca y persistente que le sacudía el pecho cada noche como un terremoto en un cuerpo frágil. recordó la visita al especialista la semana anterior, el rostro serio del doctor mientras le entregaba una receta que costaba una fortuna, una cifra imposible para alguien que contaba las monedas para comprar arroz y verduras. Sin este tratamiento, sus pulmones no aguantarán el invierno, había dicho el médico. Y desde entonces esa frase resonaba en la cabeza de Ana como una cuenta regresiva.
$1,000. Con ese dinero podría comprar los medicamentos para tr meses. Podría comprarle una manta eléctrica para que no pasara frío. Podría quizás comprarle un poco de tiempo. Su mano derecha se movió involuntariamente. Un espasmo nacido de la necesidad pura. Rodrigo lo notó y soltó una carcajada cruel, interpretando el gesto como avaricia simple y llana. “Aja!”, exclamó girándose hacia sus socios con una sonrisa triunfal. ¿Lo vieron? Le brillaron los ojos. Al final todos tienen un precio, incluso la servidumbre.
Ana bajó la mano rápidamente avergonzada, sintiendo como el calor le subía por el cuello hasta las orejas. Rodrigo, envalentonado por su propia audiencia, decidió que el espectáculo necesitaba más drama. se volvió hacia los inversionistas japoneses, quienes permanecían en un silencio sepulcral, observando la escena con rostros inescrutables. “¡Miren a estos tipos”, dijo Rodrigo en español con voz fuerte y clara, asumiendo con total arrogancia que la barrera del idioma era un muro impenetrable. “Están ahí sentados, rígidos como muñecos de madera.
Se creen muy listos con sus trajes y sus reverencias, pero no tienen ni idea de dónde se han metido. Caminó alrededor de la mesa, posando una mano sobre el respaldo de la silla del señor Tanaka, quien se tensó visiblemente ante el contacto no solicitado. “Son unos ingenuos”, continuó Rodrigo guiñándole un ojo a uno de sus socios mexicanos. ¿Creen que van a firmar el negocio del siglo? Se van a llevar contenedores llenos de pescado de segunda congelado hace meses y me lo van a pagar como si fuera atún recién pescado en las costas de Japón.
Y lo mejor de todo es que me van a dar las gracias con una reverencia. Ana sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Entendía perfectamente lo que Rodrigo estaba diciendo. No solo la estaba humillando a ella, estaba insultando a sus invitados, planeando estafarlos en su propia cara, confiado en su ignorancia del idioma. La indignación comenzó a burbujear en su estómago, mezclándose con la vergüenza. Tadashi le había enseñado que la honestidad era el pilar de la vida. Escuchar a este hombre hablar con tanto descaro sobre engañar a otros le revolvía las entrañas.
Pero volvamos a lo importante, dijo Rodrigo, regresando su atención a Ana como un depredador que vuelve a jugar con su presa. Tú, la chica del trapo. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, hasta que Ana pudo oler el rastro agrio del alcohol en su aliento mezclado con la menta. “Te estoy ofreciendo la oportunidad de tu vida”, susurró bajando el tono a una falsa confidencia. “¿Sabes lo que podrías hacer con este dinero? Podrías comprarte ropa que no parezca sacada de la basura.
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